El policía nacional E., en el número 50 de la calle de Francisco Navacerrada, donde detuvieron al supuesto caníbal. En vídeo, uno de los agentes que participaron en el arresto habla por primera vez. VÍCTOR SAINZ / VÍDEO: ATLAS

Eran las tres de la tarde y los agentes del indicativo Salamanca 23 empezaban su trabajo diario de paisano y en un coche camuflado. En principio, era un día más, una jornada tranquila de un jueves cualquiera. Lo que no sabían es que minutos después iban a ver imágenes unas espeluznantes que ya no olvidarán en sus vidas. Una mujer había sido descuartizada por su hijo y los restos estaban repartidos por la vivienda. Algunas partes se las había comido ya el asesino, y le había dado también a su perro, según confesó el autor. Otras las estaba guisando en la cocina. Ha tenido que pasar un año para que estos agentes del Grupo Operativo de Respuesta (GOR) de la Policía Nacional puedan relatar esta macabra escena.

Justo cuando empezaron su jornada de trabajo, aquel 21 de febrero de 2019, el jefe de la oficina de denuncias y de atención al ciudadano (ODAC) ordenó a los policías E. y F. —prefieren no dar sus nombres— que se dirigieran al número 50 de la calle de Francisco Navacerrada, a unos 300 metros de la plaza de toros de Las Ventas. Hipólita, una amiga de la dueña de un piso en ese inmueble, había acudido a la comisaría para denunciar que llevaba días llamándola por teléfono y que no contestaba. Tampoco la había visto en el supermercado en el que realizaba las compras. Eso hizo sospechar a la mujer que algo raro estaba sucediendo.

Los agentes se montaron en el coche camuflado y fueron a ese piso. “Ya sabíamos qué es lo que pasaba. El hijo es un viejo conocido nuestro. Estaba habitualmente en el parque de Eva Perón [junto a la plaza de Manuel Becerra] fumando algún porro, pero no era ni conflictivo ni violento. Eso sí, tenía una orden de alejamiento de la madre”, recuerda E. Por el contrario, F. nunca había tenido contacto con este joven, por lo que su compañero le puso en antecedentes cuando iban de camino.

Cuando llegaron a la vivienda, llamaron al portero automático. Les contestó el hijo, Alberto Sánchez García, de 26 años y con 12 detenciones, en su mayoría por quebrantar la orden de alejamiento. “Oye, Alberto, ábrenos la puerta, que somos la policía”, le dijo E. Pero colgó el telefonillo. Los agentes llamaron de nuevo, y no tuvieron respuesta. Sin éxito. Tocaron a otra vecina de esa misma planta, que les abrió. Subieron al primero C y comenzaron a llamar al timbre de manera insistente. “Alberto, venga, abre, que sabemos que estás ahí dentro”, le dijeron al hijo en varias ocasiones. Les costó convencerle. De hecho, tuvieron que esperar varios minutos.

Alberto Sánchez García, rodeado con un círculo, junto a sus amigos en una imagen de Facebook.

Primero les abrió con el gancho de seguridad de la puerta. Metió la cabeza y vio que realmente se trataba de la policía. “Venga, abre, que queremos hablar contigo”, le dijo F., mientras Alberto quitaba el gancho. Fue el momento que aprovechó para salir corriendo hacia la cocina.

“Sabíamos que algo malo estaba pasando. Sacamos nuestras armas reglamentarias, pero no entramos en la casa porque no veíamos nada. No sabíamos lo que iba a hacer, si iba a salir con algún cuchillo o algo parecido”, recuerda E. Le empezaron a gritar “¡sal, sal!” hasta que Alberto se puso en medio del pasillo con las manos en alto. “Venga, Alberto, sal, que no pasa nada”. El joven dio unos pasos y se acercó a la puerta de entrada de la casa mientras no paraba de decir: “Yo no he hecho nada, yo no he hecho nada”. “No paraba de dar manotazos con las manos, pero sin intentar pegarnos ni nada. Eso sí, muy agitado y muy nervioso”, añade F.

Este agente le ordenó que se tumbara boca abajo, a lo que accedió sin poner resistencia. Ya en el suelo, le puso los grilletes. Después le cacheó de arriba abajo para comprobar que no estaba armado. Le preguntaron dónde estaba su madre y el joven les dijo que estaba “muerta”. Ambos pensaron que María Soledad Gómez, de 66 años, había fallecido por causas naturales y que el chaval no había sabido cómo afrontar su pérdida. “Lo primero que se nos vino a la cabeza es que la mujer estaría muerta tumbada en la cama. Sin más, como ocurre otras veces, que es a lo que estamos acostumbrado”, confirman ambos policías. Nada más lejos de la realidad, esa que se ocultaba a pocos metros del descansillo.

E. enfundó su pistola y entró en la casa. Allí se topó con una imagen propia de una película de terror o de cine gore. En la habitación principal, estaba la cabeza de la madre sobre la cama. Unas bolsas blancas rotas y desplegadas sobre el edredón hacían una especie de colcha improvisada. Al lado estaba parte del cuero cabelludo. Junto a la cama y la caseta del perro se hallaban las manos y parte de los brazos seccionados hasta el codo. Gran parte del tronco se encontraba dentro de la caseta. “Lo que jamás se me olvidará son las manos. Estaban intactas. La mujer llevaba las uñas pintadas con esmalte rosa”, describe E. El agente no daba crédito de lo que estaba viendo. Aguantó la respiración, con la intención de reaccionar a lo que había delante de él. “Llevo nueve años en la policía y jamás había visto nada igual. No sabía ni qué hacer”.

El acto máximo de dominación y desprecio

En la historia criminológica española no hay ningún caso de canibalismo. Al menos reciente. Este tipo de crímenes responde a tres posibles causas, según el psicólogo y criminólogo, Vicente Garrido. Una de ellas se da en rituales de sectas satánicas y de vampirismo, donde comerse al otro tiene fines sagrados. Otra posibilidad es que lo ejecute alguien con problemas mentales que creen dentro de su delirio que al ingerir a un congénere están cumpliendo una misión. La última es una muestra de castigo y de acción extrema como final a una vida llena de violencia y de desprecio.

Garrido cree que esta última es la que más se encuadra dentro del caso de Alberto Sánchez Gómez, sin descartar que un estudio psiquiátrico del parricida confesa revele una enfermedad mental grave. “Puede resultar muy duro de comprender pero hay gente que puede actuar así”, reconoce el especialista. “Es el sumun de la dominación más absoluta una vez que ya la ha utilizado para que le diera casa, comida, que le quitara todas las pertenencias para conseguir drogas o alcohol”, detalla Garrido.

El hecho de que también diera de comer al perro resulta “muy significativo” para el criminólogo. “Es una muestra más del desprecio que sentía por su madre y de la comunión que tiene con su mascota”, añade el psicólogo.

El funcionario volvió sobre sus pasos y empezó a rastrear el resto de la vivienda. En el baño, había restos de la mujer —supuestamente, los brazos—, restos de sangre y un cuchillo de cocina, todo dentro del plato de ducha. También se topó con un tupper abierto con un tenedor dentro y unos guantes de fregar amarillos, junto con manchas de sangre. En la cocina, que está abierta al salón, había un plato y varios tuppers con restos humanos —las piernas— y varias cazuelas con bolsas y más trozos en su interior. En la mesita baja del centro del salón, todavía estaba una tabla blanca de cortar manchada de sangre y una especie de serrucho de carpintero junto a más fragmentos de carne. Mientras, Coque, el perro de la familia, no paraba de ir de un lado a otro de la casa.

“El cerebro se me quedó paralizado. No paraba de preguntarme qué es lo que estaba pasando allí. He vivido cosas duras, como personas muertas en soledad que estaban en avanzado estado de descomposición, pero todo aquello lo superaba. Era indescriptible”, confiesa E. Pese a estar el cuerpo descuartizado, no había mal olor en la casa. “Debía llevar muerta ya unos días porque la sangre estaba coagulada y de color oscuro, pero el ambiente era normal y no había restos podridos. Quizás la había conservado en el frigorífico”, añade.

Como pudo, el agente salió al rellano. Despacio. Intentando asimilar todo lo que aquella casa encerraba. Miró a su compañero, que también en el rellano, con Alberto: “Pide apoyo, que la madre está muerta. La ha descuartizado”. F. no daba crédito a lo que acaba de oír. “¿Qué me estás contando? ¿Estás seguro de lo que dices?”, le respondió, mientras vio a su compañero pálido, con la cara desencajada. E. le dijo que llamara al Grupo de Homicidios y a la Policía Científica, y sacó al perro a la terraza. “Fueron momentos de mucho estrés, de muchos nervios, por todo lo que había pasado allí. Teníamos que asegurar la zona y que no se destruyera ninguna prueba”, comenta.

E. fue el encargado de llamar a su jefe que les mandó al número 50 de la calle de Francisco Navacerrada. Al otro lado del teléfono móvil, el mando no podía creer lo que estaba oyendo. “¿Pero estás hablando en serio? ¿Lo habéis verificado bien?”, le preguntó con voz incrédula. “Está muy mal. La historia parece de película, pero es real, jefe. Se lo aseguró. Que vengan Homicidios y Científica, que esto es muy grave”, le contestó el agente. Su compañero estaba pidiendo los refuerzos por la emisora, pero sin dar un solo detalle del descuartizamiento y del canibalismo. Como iban en un coche camuflado, pidieron un radio patrulla con mampara para detenidos para trasladar al hijo a la comisaría.

Alberto estuvo en todo momento inmóvil, sin abrir la boca, aparentaba estar ajeno a todo lo que pasaba. “Estaba frío como el hielo y en silencio. Parecía muy calmado. Ni siquiera le cambió la respiración cuando hablé con mi compañero. Había pasado de la euforia a una calma total”, recuerda E. La calma de quien confiesa, de quien se ve liberado. “De hecho, a nosotros ni nos dijo que se había comido parte de su madre. Lo hizo a otros compañeros”, apostilla F, un cordobés de 38 años, con ocho años y medio en la Policía Nacional.

Los primeros compañeros en llegar tardaron unos minutos. Minutos eternos en los que se mezclaron nervios y mucha angustia: “No entendíamos la situación y no encontrábamos una explicación para lo que había ocurrido. No nos entrenan para esto. Estábamos en una nube de tensión en la que intentamos controlarnos lo mejor que pudimos”, reconoce E, de 32 años y oriundo de Las Palmas de Gran Canaria.

Puerta de entrada del piso precintada.
Puerta de entrada del piso precintada. F. J. B,

Los dos policías hablaron con una vecina, que les dijo que por la mañana había visto a Alberto bajar una bolsa de basura. De inmediato, se fueron al contenedor más cercano para recuperarla, pero estaba vacío. Luego se enteraron de que el edificio tiene cuarto de basuras. Pidieron la llave a la presidenta de la comunidad y bajaron a comprobarlo. En el fondo de uno de los contenedores había una bolsa negra. Cuando la abrieron, se toparon con vísceras y con más restos humanos. La dejaron sin manipular a disposición del forense y de la Policía Científica.

A los pocos minutos, ambos terminaron su trabajo en la casa y se dirigieron al Grupo de Homicidios, en la sede de la Jefatura Superior de Policía de Madrid, cerca de Cuatro Caminos. La vuelta al coche camuflado fue de silencio total. Ambos compañeros intentaban digerir todo lo que acababan de ver. No había ganas de hablar. De exteriorizarlo. “Al principio, ni hablamos entre nosotros. Luego empezamos a comentar cómo alguien puede hacer algo así. Buscábamos una explicación para algo que quizás no la tiene”, explica F. Muchas preguntas y ninguna respuesta. “Cuando salió la noticia, se dijo que salimos a la calle a vomitar por la escena que vimos. Nosotros desde luego no fuimos. Aguantamos hasta que vinieron los refuerzos y nos marchamos a Homicidios”, añade E.

Ya en comisaría, Ángel, el inspector jefe de Seguridad Ciudadana, les dio la enhorabuena por la profesionalidad que mostraron en la intervención y por haber detenido a Alberto. También les ofreció ayuda psicológica, que hasta la fecha no han necesitado. Eso sí, no han recibido una felicitación pública ni una medalla.

Ambos reconocen que aquella noche no pudieron dormir y que durante la primera semana lo pasaron “muy mal”, en especial E. No se borraban de sus mentes lo que habían visto. Los dos agentes volvieron al servicio al día siguiente. También al turno de tarde. Ambos tenían dentro un cóctel de emociones, una mezcla de haber cumplido con su trabajo, nervios y cierta falta de ganas. El sábado siguiente, E. se presentó al examen para ascender a oficial. Lo suspendió, pese a que se lo había preparado durante meses. “¿Cómo iba a hacer un buen examen si tenía la cabeza en otro lado? Era imposible”, resume E., que este año se presentará de nuevo. Ahora ya sin tener tan reciente al caníbal que se comió a su madre.

Hipólita, la mujer que alertó del crimen: “La recuerdo muy a menudo”

Hipólita, una peluquera de 65 años que se jubilará el próximo diciembre, fue la persona que dio la voz de alarma. Gracias a ella se pudo descubrir uno de los crímenes más atroces que se recuerdan en la capital. “Ha sido un año fatal. La recuerdo muy a menudo y la echo de menos”, afirma al otro lado del teléfono.

Esta mujer con tono triste conoció a María Soledad en el colegio Natividad de Nuestra Señora. Llevaban a sus hijos a este centro situado en la calle de Martínez Izquierdo. De eso hace ya unos 25 años. Desde entonces se trabó una amistad, al igual que con el resto de madres. “Ella también venía a mi peluquería, que la tenía en la calle de Alonso Heredia. A veces solo se pasaba para saludarme y tomábamos un café”, recuerda Hipólita. Ya ha traspasado el negocio y ahora se dedica a limpieza hasta que se jubile.

Poco antes del asesinato, María Soledad la llamó por teléfono, pero Hipólita no pudo atenderla en ese momento. Le dijo que la devolvería la llamada más tarde. Sin embargo, nunca obtuvo respuesta. “No me cogía el teléfono por más que la llamaba. Tampoco la veía nunca. Yo sabía el cuadro que tenía con su hijo, pero pensé que estaba mala, que la habían ingresado en el hospital o a alguno de sus hijos”, recuerda. Hipólita comentó la ausencia con otra amiga común, que también le confirmó que llevaba días sin tener noticias de ella. 

Ante estos hechos, Hipólita decidió aquel 21 de febrero acudir a la comisaría y denunciar lo que estaba pasando. “Pensé que ellos sabrían lo que ocurría o, al menos, lo podrían averiguar. Lo que jamás se pasó por la cabeza es que la pobre mujer podría terminar así…”, se le quiebra la voz sin poder terminar la frase. No quiere hablar porque este año ha sido “muy duro”. “Ya he declarado ante la policía y ante el juez y creo que es un tema muy triste para la familia que es la que tiene que solucionarlo”, añade.

La peluquera describe a María Soledad como “una madre preocupada que siempre estaba pendiente de sus hijos”. Se quedó “solita” tras el fallecimiento de su marido hace unos 10 años. Sus hijos aun eran adolescentes y tuvo que hacer frente a su crianza y a su educación.

Alberto Sánchez Gómez se encuentra en prisión provisional desde que fue detenido el 21 de febrero. Está pendiente de que se fije una fecha para la celebración del juicio en la Audiencia Provincial por el procedimiento del jurado.

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Fuente: El Pais

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