Picasso siempre es Picasso. Es Picasso con Olga, con Marie-Thérèse Walter, con Dora Maar, con Francoise Gilot, con Jacqueline Roque… Ama a las mujeres con las que convive pero lo más importante en su vida es su arte. ¿Él fue un verdugo y ellas sus víctimas? No sé, todas conocían los riesgos. Creo que ninguna persona razonable habría aceptado vivir con él”, dice Bernard-Ruiz Picasso (Bayona, 1959), nieto del artista y de su primera esposa, la hermosa bailarina rusa Olga Khokhlova, una abuela “misteriosa” a la que no llegó a conocer y de la que su padre, Paulo, rara vez hablaba. “Hay cosas que los niños no preguntan: es una historia triste que dañó psicológicamente a mi padre, pero al fin es una historia de vida”, cuenta, mientras recorre con su mirada algunos de los retratos de Olga que a partir del lunes se mostrarán en el Museo Picasso Málaga.





Es la primera muestra dedicada a Madame Picasso, heredera de la que se presentó en el 2017 en el Picasso de París y, más allá del retrato psicológico de un matrimonio que se convirtió en un infierno con la aparición de una joven amante de 17 años, Marie-Thérèse Walter (amor, rabia, miedo, crueldad), pinta un nuevo cuadro de Olga que da un vuelco a la imagen perezosa que se tenía de ella: una burguesa de mente estrecha con un deseo irrefrenable de fama y dinero, celosa enfermiza e incapaz de reconocer el genio de su marido, al que aparta de las vanguardias.

Bernard-Ruiz Picasso, principal impulsor del Picasso Málaga junto a su madre, Christine, ha abierto el baúl de viaje en el que Olga guardó todos sus enseres personales cuando se separó de Picasso en 1935. Nunca se apartó de él. Pasó sus últimos días revisándolos frenéticamente en su habitación de la clínica de Cannes donde murió a los 63 años. Bernard lo había visto siempre en el castillo de Boisgeloup, la propiedad familiar que Picasso compró en Normandía en 1930. Pero no fue hasta mucho después que lo puso en manos de los historiadores. En su interior había trajes viejos, botellas de perfume vacías, un crucifijo, fotografías y películas familiares fascinantes… y más de seiscientas cartas de su familia rusa, la mayoría de la madre y de la hermana, que permiten en parte completar su historia.





Pablo Picasso y Olga Khokhlova en la terraza del hotel Minerva, Roma, 1917
(© Archivos Olga Ruiz-Picasso, Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso para el Arte)

“Olga es una mujer muy moderna que se enrola como bailarina en los Ballets Rusos de Diaghilev y se mueve en los círculos de la vanguardia artística”, precisa Bernard-Ruiz Picasso, para quien de las compañeras de Picasso su abuela es la que ha corrido peor suerte crítica por parte de los biógrafos del artista, acomodados en el tópico de la mujer burguesa y conservadora que arrastra al pintor a caer en todas las trampas del dinero y la fama; de arrancarlo del cubismo para dejarlo varado en un neoclasicismo que para él no es tal, sino la consecuencia de una mirada miope por parte de cierta crítica. “¿De verdad se puede creer que alguien podía cambiarlo de ese modo?”, se pregunta. “Cuando Picasso compra el castillo no es para hacerse el burgués sino para mostrar que un artista puede comprarse un castillo, intenta ajustarse a su idea de cómo debería vivir alguien como él”.





Olga y Pablo Picasso se conocieron en 1917. Él tiene 36 años, diez más que ella, y está ansioso por establecerse y tener un hijo después de ser abandonado por Irène Lagut. Antes de su boda, en 1918, durante una visita a Barcelona, la madre de Picasso se compadece de ella: “Pobre niña, no sabes dónde te estás metiendo”, le dijo, según el gran biógrafo y amigo del artista John Richardson. “Si fuera un amigo, te diría que no lo hagas bajo ninguna condición. No creo que ninguna mujer sea feliz con mi hijo. Está disponible para sí mismo, pero para nadie más”, le advierte.

Gran desnudo en un sillón rojo París, 5 mayo 1929
Gran desnudo en un sillón rojo París, 5 mayo 1929
(© RMN-Grand Palais (Musée national Picasso-Paris)/Mathieu Rabeau © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2019)

En la exposición Olga Picasso, de la que su nieto es cocomisario, la vida de la pareja puede rastrearse cuadro a cuadro. “Picasso fue un artista pop antes de Warhol; habla de su vida cotidiana”, dice Bernard. “Habla de su alma y se muestra siempre desnudo”. Los primeros retratos de Olga la muestran sentada, leyendo, pensativa, sumida en la melancolía, como un pájaro herido (una misteriosa lesión el día anterior a su boda le había apartado del baile) y algo atormentada, impotente ante las noticias de su familia rusa, que pierde por culpa de la revolución y la guerra. Seguirá siendo hermosa bajo sus ojos tras el nacimiento de su hijo Paulo, en 1921, a quien retrata amorosamente en sus brazos, montado en un burro, disfrazado de arlequín, escribiendo a sus primos rusos… Pero con la entrada en escena de la adolescente rubia Marie-Thérèse Walter, el amour fou que encontró en 1927 frente a las galerías Lafayette cuando tenía 45 años, el afecto es reemplazado por el rencor y la rabia y toda esa felicidad pintada se derrumba. Los rasgos de Olga se dislocan hasta convertirse en un ser doliente, una vagina de dientes afilados como en el aterrador Gran desnudo en sillón rojo, de 1929. La pintó chillando, aullando, apuñalando a Marie-Thérèse en un cuadro pintado el día de Navidad de 1931, horas antes o después de un retrato de su amante con la cara emborronada y sustituida por un corazón.





A medida que la salud de la bailarina empeora (sufre problemas ginecológicos) las imágenes se vuelven más crueles, pero la pareja no se separa hasta 1935 cuando Marie-Thérèse da a luz a su hija Maya. Picasso nunca quiso divorciarse para no tener que repartir con ella la mitad de sus vienes. El pintor lleva entonces una doble vida: como un padre de familia convencional que pasa los fines de semana con su mujer y su hijo en la Normandía (vemos a Olga jugando, aparentemente feliz ante las cámaras de la Super 8 familiar) y un bohemio secreto que esconde a su amante. Richardson habló de “la misoginia atávica que supuestamente se esconde en la psique de todo hombre andaluz de pura sangre”. Bernard-Ruiz Picasso no lo juzga. “Es un gran feminista que hizo de las mujeres el centro de su obra”, dice. Françoise Gilot, otra de las mujeres de Picasso, no pensaba lo mismo. Contó que el pintor habría llegado a arrastrar a Olga por el piso agarrándola del pelo y que se había visto obligado a darle sedantes para calmarla. “No cabe dudad de que disfrutaba haciéndola sufrir a causa de los celos, un sentimiento que él también conocía bien, pero no, o ya no, respecto a ella”, escribió.





Bernard Ruiz-Picasso, nieto de Pablo Ruiz Picasso, Presidente del Consejo ejecutivo del Patronato del Museo Picasso de Málaga en el patio del citado museo
Bernard Ruiz-Picasso, nieto de Pablo Ruiz Picasso, Presidente del Consejo ejecutivo del Patronato del Museo Picasso de Málaga en el patio del citado museo
(MIGUE FERNÁNDEZ)


Bernard-Ruiz Picasso

Creo que ninguna persona razonable habría aceptado vivir con él, todas conocían los riesgos”



Picasso ama a las personas con las que convive, pero lo más importante en su vida siempre es su arte”



No se compra un castillo para hacerse el burgués, sino para mostrar que un artista puede comprarse un castillo”



Fue un gran feminista y un artista pop antes de Warhol; habla de su vida cotidiana y se muestra siempre desnudo”










Fuente: LA Vanguardia

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