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«Para encontrar el amor hay que poner un GPS»


Le han echado de menos todo este tiempo, pensando en su sonrisa y en su forma de cantar, pero ha vuelto con «Prometo», su cuarto trabajo de estudio, su obra más íntima y personal. Un repertorio que muestra la madurez y evolución del malagueño. Se trata de un disco libre, que explora múltiples géneros musicales. Un álbum de puertas abiertas, sin etiquetas ni amarres.

–¿Vuelve o en realidad nunca se ha ido?

–(Piensa) Vuelvo. He necesitado desconectar y renovar ilusiones para contar cosas nuevas y de manera diferente. Si no hubiera parado no hubiese podido cargar las pilas.

A Pablo Alborán, más que cuando se le entrevista, se le conoce cuando se le ve sobre el escenario. «Ahí es donde más desnudo estoy», asegura un joven que hace dos años decidió perderse para encontrarse.

–¿Una huida o una búsqueda?

–Una búsqueda. Simplemente necesitaba respirar.

–¿Qué ha aprendido en el parón?

–A quererme un poco más y a soltarme la melena conmigo mismo. A que las cosas no me afecten tanto, sean buenas o malas. A no dar el 100% a todo el mundo, porque no todo el mundo te lo da. Yo me fustigo. Soy muy perfeccionista. Te puedes perder sin saber que te has perdido. Y hay que buscar la brújula.

Jalean su nombre. Lloran, se derriten por él. Ha logrado 42 discos de platino, ha vendido dos millones y medio de discos, pero apenas tiene 28 años. Un chaval al que le encanta la cotidianeidad, salir de fiesta con sus amigos y disfrutar de su familia, a la que no deja de nombrar. «Me gusta mucho, mucho, esa vida y esa normalidad. A mí me hace feliz llegar a casa y que haya alguien esperándome. Prefiero un lugar donde me quieran bien que otro en el que me quieran muchos».

–¿Qué promete?

–Dedicarme a la música toda la vida. Me encantaría morir ejerciendo de músico. Este disco se ha compuesto porque he vivido y sigo queriendo vivir porque tengo que componer. No concibo mi vida sin esta vía de escape. A mí mismo me prometo tener el cuerpo donde tenga la cabeza.

La canción que da nombre al disco refleja su libertad. Le provoca un choque de sentimientos por el que le entran ganas de reír y llorar. Y eso le descontrola. A él, tan controlador. «He creado a mi peor enemigo», confiesa.

–¿Ha vuelto a ser quien quería?

–Nunca he dejado de ser quien soy, aunque es cierto que, sin querer, se me pasaron algunas cosas de mi familia, de mis hermanos. Eso, en cierto modo, es olvidarse de quién eres. Un horror, del que no te das cuenta hasta que paras. A lo mejor llegaba de una gira de Latinoamérica en la que todo había ido bien y hablaba todo el rato de mí.

Y tú, y tú, y tú, y solamente tú…

–¿Alguna vez fue quien nunca quiso?

–No, eso no.

–Las canciones del disco están cocinadas a fuego lento, pero ¿cómo elige los ingredientes?

–Hay amor, desgarro, ganas de bailar, de vivir… El disco es una oda a la vida. Pero la cantidad de cada ingrediente no hay que pensarla. A nivel composición me he vaciado, me he desahogado, me he desfogado… He hecho terapia con mis propias canciones. En ocasiones, lo dulce es más amargo de lo que uno se piensa.

–¿El amor se busca o llega?

–A veces, para encontrar el amor hay que poner un GPS. Pero yo prefiero los que llegan sin avisar.

–¿No hay reglas para amar?

–No. Bueno, las que cada uno se ponga.

–¿Y formas de acertar?

–Sí (risas). Y de equivocarse.

–¿Es usted tan romántico como lo son sus canciones?

–No. No soy muy detallista. Concibo el romanticismo como la forma de mirarse cara a cara y encontrarse todos los días.




Fuente: La razon

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