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Pactar no se improvisa, por Miquel Roca Junyent

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Elecciones, ¿para qué? En principio, para definir un nuevo escenario político, con objetivos diferentes, con programas coherentes, con la finalidad de servir a una política de progreso y de bienestar; políticas inclusivas, de cohesión, con futuro. Esta es la teoría, ¿la práctica se acercará? De momento, lo que tenemos claro es lo que no se quiere ni en quién se quiere confiar. Esto todo el mundo lo ha dejado muy claro. Lo que sigue escondido –¡quizás de momento!– es con qué programa se quiere ir a las elecciones, cuáles son las propuestas con­cretas que se ofrecen, hacia dónde se quiere conducir, sea a España, Europa o los municipios. Un silencio agobiante en medio de un griterío de descalificaciones que hacen temblar la tierra.

En principio, llegamos a unas elecciones generales ante la imposibilidad de llevar a cabo una acción de gobierno descansada en una mayoría parlamentaria suficiente y coherente. ¿En esta dirección las elecciones apuntan a un escenario diferente? Podría resultar que se definiera una nueva composición del Parlamento español, pero necesitada igualmente de una mayoría capaz de dar soporte a un gobierno coherente que no parece fácil. Coaliciones diferentes por su heterogeneidad y en las que sus propios participantes parecen más interesados en definir las razones por las que no se coaligarán que decididos a buscar puntos de entendimiento y acuerdo. Necesitan pactar, pero no quieren pactar. O, lo que es lo mismo, adelantan condiciones que resultan inadmisibles para unos o para otros.

Difícil de gobernar y además sin ver hacia dónde. Pero ¿qué hacer? A menudo, en las democracias de nuestro entorno, las coaliciones se constituyen más a partir de programas sobre medidas concretas que sobre afinidades personales o ideológicas. Pero, para hacerlo posible, hay que tener programas concretos que permitan la coincidencia, que señalen objetivos compartidos, medidas compatibles. Hoy, en este momento, estos programas no existen, no son conocidos. Nadie quiere responsabilizarse de concreciones que hagan posible la coincidencia. Todo lo que se anuncia se quiere diferente de cualquier propuesta de otro partido. Si todo es diferente –parece decirse–, existo; soy el único capaz de resolver el problema. La soledad identifica.

Obviamente, esto favorece a las fuerzas que hagan o estén demostrando más capacidad y más voluntad de pacto. A veces ni que sea más aparente que real. Pero el lenguaje es más amable, los gestos más próximos, la dinámica electoral singulariza este estilo como generador de una mejor confianza. En definitiva, muchos electores están buscando esto: confianza. La moderación del gesto, el tono respetuoso, la capacidad de estar cerca sin insultar, sumando más que excluyendo, puede tener premio. ¡Y ojalá sea así!

Nadie ganará con capacidad para gobernar desde su propia y exclusiva fuerza. Gobernar con otros es un ejercicio difícil que no se improvisa. Ha de aprenderse y el primer momento para hacerlo es en la propia campaña electoral, abriendo el horizonte del entendimiento futuro. El pacto –y una coalición lo es– viene precedido de una actitud, de unos estilos, de una forma de hacer y de producirse en relación con los demás. Una coalición no se improvisa; ha de hacerse posible desde ahora.




Fuente: LA Vanguardia

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