Por si alguien tenía alguna duda, la campaña y los resultados electorales del 28 de abril insisten en recordarnos que el contencioso territorial –con el proceso independentista de Catalunya en su epicentro– sigue siendo el problema más importante que tiene España. Y el más complejo a la hora de hallar una solución. Además, las urnas han evidenciado una profunda división de la sociedad catalana y de la española a la hora de abordar el litigio.

En Catalunya, el independentismo crece en votos pero, aún lejos de la mayoría, sigue reflejando la fragmentación de la sociedad. Por otra parte, los que para acabar con el pleito catalán propugnaban como primera medida la aplicación continuada del 155 deben conformarse con pleitear entre ellos para sentenciar el liderazgo de la derecha. El material pirotécnico que han utilizado para ganar votos los ha dejado insignificantes en Catalunya, sin que ello les haya permitido ganar en España. En el conjunto del Estado, la victoria de Pedro Sánchez, aunque inapelable, actualiza las dos Españas de Machado (sólo por unos miles de votos el sistema electoral permite que se imponga una sobre la otra).

El procés ha condicionado y seguirá condicionando la estabilidad y la gobernabilidad, con las negativas consecuencias políticas y económicas que de ello se derivan. El independentismo plantea un pulso permanente al Estado –del que no saldrá sin secuelas–, pero los perniciosos efectos que provocan la parálisis institucional y la división de la sociedad son un lastre todavía mayor para Catalunya. España se desgasta, pero Catalunya corre el riesgo de desmoronarse. Para unos y para otros ha llegado la hora de la verdad, la hora de la razón que, de acuerdo con Habermas, está en el diálogo: en el acercarse y comprenderse.

Efectivamente, ha llegado el momento de normalizar en público lo que en privado sustentan la mayoría de dirigentes políticos. Porque en público, y con el reojo electoral, se exaltan las diferencias, pero en privado se sabe y se reconoce que la solución que a todos conviene pasa por dialogar, transaccionar, concertar y pactar. Los resultados electorales abren la puerta a este diálogo. José Juan Toharia, decano de los demoscópicos españoles, en una entrevista en La Contra de este diario, afirmaba que “la democracia funciona sólo si todos ceden, se frustran y pactan”. Esta es la vía y no hay otra. Llevamos siete años acumulando vivencias suficientes para concluir que en este caso los atajos no sólo no sirven para llegar antes, sino que conducen irreversiblemente a la nada.

Ni el irredentismo que practica cierto independentismo ni la destrucción del adversario como deseo de venganza instalado en una parte de la sociedad española tienen utilidad alguna. Unos y otros deben dejar de confundir el deseo con la realidad. Todos deberán empezar a tomar ­decisiones aunque resulten difíciles de entender en sus respectivas parroquias, debido a la inflamación a la que tan irresponsablemente han contribuido. Es hora de interiorizar las dificultades que existen para que se llegue a producir una secesión en una democracia desarrollada, tal como señala el canadiense Stéphane Dion. Y España lo es. Pero ya es hora también de que se asuma que mantener abierto en canal el conflicto territorial (del que el pleito catalán es su más importante manifestación) está resultando dañino para la salud de la democracia española. Y especialmente para su proyección exterior.

Enric Juliana recordaba que, como toda crisis, la catalana necesita decantarse y que el decantamiento no llegaría a su final antes de la gestión política del fallo del ­juicio del Tribunal Supremo. Esta evo­cación a la sentencia obliga a ser conscientes de que no existe posibilidad alguna de que se materialice públicamente el ne­cesario diálogo antes de que la Sala que preside Marchena dé a conocer su ve­redicto. Pero aun siendo consciente de esta limitación, a falta de escenario público en el que practicar el diálogo, nada ni nadie impide que un grupo de sherpas abra el camino de las reflexiones y propuestas que permitan después hallar un amplio y necesario consenso. Se ha perdido tanto el tiempo que puede que al final nos falte.

Mientras tanto, sería bueno que los responsables políticos de las plurales sociedades catalana y española entendieran que seguir asediando el diálogo –Cayetana Álvarez de Toledo ha llegado a considerarlo “un vicio”– no aportará nunca la solución. Habrá que sentarse y escuchar, ponerse en la piel del otro y conocer las líneas rojas que nunca se podrán franquear. No parece sostenible que la autodeter­minación pueda ser admitida por unos, como tampoco lo será para los otros negar o excluir a quienes la defienden. Parece necesario, en consecuencia, profundizar en el reconocimiento cons­titucional de la pluralidad nacional de España sin menoscabo del re­conocimiento de esta como nación.

Como señalaba Toharia en la citada entrevista, pactar no sólo es de valientes, sino también de gobernantes responsables capaces de poner el interés de todos por encima del partido. ¿Los hay? Seguro que sí. Sólo cabe pedirles que de una vez por todas salgan del armario.




Fuente: LA Vanguardia

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