Sólo hay héroes en la infancia y ni siquiera Rafa Nadal, ya es decir, podría suplantar la admiración por los viejos rockeros. Manolo Orantes es uno de ellos y mañana no sé lo que piensa hacer él pero yo sí: aplaudir, agradecer y –según se tercie– emocionarse cuando reciba el homenaje en el RCT Barcelona con motivo de su primera victoria en el Godó, hace medio siglo.

Ayer vi a Orantes y a Nadal. Uno estaba de charla con Antonio Muñoz –otro rockero de los tiempos heroicos de Copa Davis y gran tipo– y el otro se empleó por levantar un partido ante al argentino Mayer que el 99% de jugadores hubiesen dejado transcurrir. Dentro de medio siglo, algún chaval se dirá: no hubo otro como él. Y los habrá.

Nadal es de todos, Orantes es de algunos. De los chavales que seguimos sus gestas, algunas sin televisión, como la victoria sobre Jimmy Connors en el US Open de 1975, y también sus fracasos, como la derrota ante un adolescente sueco, Björn Borg, en la final de Roland Garros.

La carrera de Manuel Orantes sufrió de un tic español y avinagrado: ensalzar a alguien a base de rebajar los méritos de quienes le siguen. Uno de los grandes jugadores del Barça, Luisito Suárez, el único futbolista español Balón de Oro, se fue al Inter harto de que los fans de Kubala le achacasen el declive de su ídolo. A Orantes, Manolito, le pasó con Santana, Supermanuel, pese a que fue un relevo no sólo digno sino milagroso.

Aquel tenis de los Manolos tenía algo de sobrenatural porque los dos, recogepelotas en la niñez, no eran precisamente un portento físico: se comía en España y gracias. Su tenis era muñeca y estrategia. Sus rivales venían de países donde conocían el significado de la palabra dieta y el sabor y las vitaminas de los solomillos de buey. Lo nuestro eran esos dos versos libres.

El homenaje a Manuel Orantes en esta edición del Conde de Godó es uno de los acontecimientos de mi semana deportiva. La oportunidad de devolver, aunque sea por cinco minutos, la alegría que proporcionaban sus gestas, que eran colectivas (las derrotas, no tanto, España y yo somos así, señora).

Un lunes, era lunes, salimos cuatro chavales del cole al bar más cercano para ver el quinto y decisivo partido de un España-Gran Bretaña en la pista talismán. Roger Taylor ganaba 4-1 en la quinta manga y…0-40 con servicio de Orantes. Pasamos al 5-3 y match point para el británico. No lo veo, aún lo siento: un revés paralelo desde el fondo de la pista dio el punto a Orantes. Se llevó el set (7-5).

Y otra hazaña: ¡fue el paciente compañero de dobles del inigualable Juan Gisbert! Tela.




Fuente: LA Vanguardia

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