– ¡Hay okupas en el edificio!

– Pero, ¿de qué tipo? – pregunté yo.

– Mmmm… ¿No son todos iguales?

En la mente del ciudadano de a pie, y tal vez por culpa de los medios de comunicación, no distinguimos entre las diferentes vertientes de la gente que se mete en las casas. El movimiento okupa (con k, debido a su herencia contracultural) lleva varias décadas utilizando inmuebles abandonados y objeto de especulación para recuperar espacios para la ciudadanía y montar centros sociales. En esta tradición hemos tenido en Madrid experiencias como el centro social Minuesa, los Laboratorios de Lavapiés, el Patio Maravillas, o más recientemente, La Ingobernable, entre otros. Lugares donde se realizan actividades culturales o sociopolíticas, en lucha por el derecho a la ciudad, contra la mercantilización de la urbe y cosas así.

Ocupas (con c) son familias que, sin ningún tipo de ideología, víctimas de desahucios, actúan por mera supervivencia. Sin ánimo de ser exhaustivos, hay otros ocupas (también con c) que allanan moradas para consumir drogas. Este fue el caso de mis adorables vecinos, que no tardaron en irse, policía mediante. No los hay mejores ni peores: cada uno tiene sus motivos para okupar u ocupar. Nuestros gobernantes, sin embargo, ni distinguen ni quieren hacerlo, y la tónica habitual es la expulsión violenta. Es política miope y cortoplacista, porque ataca al síntoma y no a la raíz.

Con los okupas (con k) se puede llegar a acuerdos de cesión de los espacios, como se hace en muchos países centroeuropeos. En Berlín los centros okupados son hasta un reclamo turístico, eso que tanto gusta al Ayuntamiento. En Madrid, La Tabakalera, en Lavapiés, es un espacio cedido a la autogestión vecinal, con éxito. Pero la pseudopolítica prefiere el desalojo a toda costa. A los okupas se les puede que ceder espacios. A las familias ocupas darles una alternativa habitacional. A los toxicómanos ocupas una solución a su adicción. Podríamos seguir: más que espantar a los manteros o a las prostitutas del centro de la ciudad, como si fueran palomas, habría que ofrecerles otra opción vital. El resto es política cosmética, banal, superflua, casi no es política, es barrer lo social debajo de la alfombra. Que no haga feo.

El otro día, un día gris y tristón, desalojaron La Ingobernable, edificio de dudosa peripecia. El Paseo del Prado quiere ser alabado por la Unesco y hubo quien dijo que, además del Prado y el Thyssen, el centro social también debería ser considerado patrimonio: hubiera sido una jugada maestra. Con La Ingobernable pasó igual con la prometedora radio M21: la acción cultural y social parece solo interesar en cuanto atractora del turismo, el capital, el mamoneo y no como forma de enriquecer la vida ciudadana.

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Fuente: El Pais

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