Tres horas antes de que comiencen a servir la cena ya hay dos personas haciendo cola bajo la lluvia en el comedor social La hermandad del Refugio, uno de los más antiguos de Madrid, en la Corredera baja de San Pablo. “La comida aquí es exquisita y los hermanos muy agradables, sobre todo el que lleva bigote”, dice uno de ellos mientras el otro asiente. La pesada puerta se abre y aparece el del bigote: Juan Ignacio Gullón y de Oñate (Madrid, 67 años) que les abraza, les besa, les desea felicidad, les da la bienvenida a su casa. Y, si se tercia, regala su peculiar tarjeta de presentación donde se lee “Hago visitas. Doy conversación. También escucho”. 

¿Qué fue antes: la tarjeta o trabajar en este comedor social?

Nada que ver una cosa con la otra. La tarjeta la hice hace 30 años como una forma distinta de presentarme, de ser original y de motivar a la gente. Son rarezas, manías que tenemos todos. Estamos en una sociedad en la que nos cuesta abrirnos a los demás, dar un abrazo, decir gracias y te quiero. Y eso hay que hacerlo y decirlo. Yo soy un poco peculiar, así que me dije, voy a hacerme una tarjeta diferente para poder tener un motivo para hablar con las personas que tengo al lado, desconocidos y conocidos. 

¿Es más fácil hablar con los que vienen a comer aquí?

Voy a revelar un secreto: sonríe. Regala una sonrisa a alguien y se va a abrir de arriba abajo, sea quien sea. 

¿Cuánto lleva como voluntario aquí?

Llevo metido en la Hermandad del Refugio casi treinta años o más, aunque desde hace cuatro, cuando me jubilé, le estoy dedicando más tiempo. Además, no estoy casado ni tengo hijos. Me he involucrado mucho porque creo que recibo mucho más de lo que doy, tengo una relación muy personal con la gente que viene aquí.

¿Cómo empezó?

Mi padre venía aquí a ayudar y nos metió a los hijos, hemos seguido la tradición y hemos tenido el mismo sentimiento para querer ayudar a los demás. 

¿Se pasa hambre en Madrid?

No, en esta ciudad hay muchísimos comedores sociales que empiezan desde las 10 de la mañana en la calle Monte Esquinza hasta las 10 de la noche en Tirso de Molina, incluso a las 12 de la noche en la Plaza Mayor. La gente lo que busca es cariño, compañía y que les traten como a una persona.

¿Es lo que más les falta?

Cuando vamos por la calle y vemos a un pobre que pide no lo miramos, no le sonreímos, no le decimos lo siento. Es un fantasma, es un ente que no nos afecta. Cuando llegan aquí a cenar y les conoces, entiendes sus problemas de depresión, de alcoholismo, de drogas… hay cientos de problemas, porque cada uno de ellos es un mundo. 

¿Qué ha aprendido de todos ellos?

Todo. Yo lo que doy aquí es cariño, me aprendo el nombre de cada uno de ellos, sus historias, les visito en sus casas para compartir unos chicharrones dominicanos, un ceviche ecuatoriano o un ají de gallina peruano… No es solo darles de comer, hay que darles algo más.  

¿En qué está fallando el sistema para que haya tantas personas viviendo en la calle?

Hay tantas causas para que una persona se hunda… Creo que las ayudas no están bien dirigidas, porque la gente se acostumbra a eso, y en mi opinión se les debería exigir algo a cambio. 

¿Cree que la gente viene aquí a cenar solo por el buen trato?

Estoy convencido de que sí. De hecho, mucha gente viene porque damos un postre exquisito: tartas de la pastelería Embassy, que es la mejor de Madrid. El cariño que les damos aquí no se lo damos en otros comedores.   

Tiene usted un toque especial

Yo les invito a mi casa a comer, es tan sencillo como eso. Me pongo mis mejores galas, saco lo mejor, les abro la puerta con una sonrisa, les doy un abrazo increíble. Les coloco en el mejor sillón e intento ser el mejor anfitrión del mundo. ¡Son mis invitados! ¿Cómo no me voy a portar bien con ellos? No son pobres que vienen a comer, son mis invitados.

¿Son los madrileños gente solidaria?

Hay muchísima gente que quiere ayudar, pero hay que encauzarlo bien. Lo que me pone más nervioso es la politización de la solidaridad. Me parece una aberración, una blasfemia y un pecado mortal. 

Ronda de pan y huevo

La Hermandad la fundó en 1615 un cura y dos seglares que inauguraron la ronda de pan y huevo: repartían dos huevos y un trozo de pan a los que vivían en los arrabales de Madrid. Recogían a los enfermos para llevarlos a los hospitales y, si se encontraban con un muerto, lo enterraban.

Un siglo después, en 1702, instalaron su sede en la iglesia San Antonio de los Alemanes donde hoy se encuentra el comedor social donde reparten cenas calientes a 90 personas y frías a otras 200 de lunes a sábado, la iglesia —una joya del Barroco considerada como la Capilla Sixtina madrileña, y un colegio concertado donde «hay alumnos de 30 nacionalidades», cuenta Gullón. 

Sigue con nosotros la actualidad de Madrid en Facebook, en Twitter y en nuestro Patio de Vecinos en Instagram




Fuente: El Pais

A %d blogueros les gusta esto: