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No exageremos los costes de una guerra comercial | Economía


La Iniciativa de los Mercados Globales (IGM, en sus siglas en inglés) es un foro que plantea cuestiones sobre política a un grupo representativo de economistas. El objetivo es proporcionar una instantánea del consenso profesional sobre diversos temas, lo cual es importante porque los grupos de presión —principalmente de la derecha— unidos al “equilibrio” de los medios de comunicación transmiten a menudo la impresión de que existe división donde realmente no la hay. Por ejemplo, básicamente ningún experto cree que las rebajas de impuestos se paguen solas, aunque haya por ahí algunos como Stephen Moore a los que les pagan por insistir en que sí la hay.

Por eso, el mes pasado, IGM sopesó el asunto de las cadenas de suministro y la guerra comercial, el tema de que, a diferencia de otros conflictos anteriores, la actual guerra comercial tiene lugar en un mundo en el que buena parte de las mercancías exportadas e importadas no son bienes de consumo sino materiales intermedios, utilizados en la producción. Los participantes coincidieron de manera prácticamente unánime en que la preponderancia de las cadenas de suministros globales aumenta el coste de la guerra comercial. ¿Pero tiene razón el consenso?

Pues bien, aunque condeno como el que más la estupidez y la corrupción que sostienen la política comercial de Trump, soy un poco escéptico respecto a la preocupación por las cadenas de suministro. O quizá la mejor manera de decir esto sea que hay tres explicaciones posibles acerca de cómo podrían aumentar los costes de la guerra comercial, y aunque dos de ellas son correctas, sospecho que muchos economistas están tragándose la tercera, que no lo es.

¿Qué diferencia supone un sistema comercial basado en las cadenas de suministro? Una cosa que sí hace es crear la posibilidad de que el proteccionismo se convierta en mercantilismo malo, que hasta en sus primeras consecuencias destruya de hecho más puestos de trabajo en el propio país de los que crea, porque establece una desventaja competitiva para los productores nacionales finales. Dado que los aranceles de Trump gravan fuertemente las mercancías intermedias, ese argumento parece acertado.

Otra cosa que ha hecho el auge de las cadenas de suministro globales es aumentar tanto el comercio total como los beneficios generados por dicho comercio. En consecuencia, ahora la guerra comercial puede generar más pérdidas que hace una generación.

Pero lo que yo creo que muchos economistas tienen en mente es más que eso. La teoría comercial convencional nos dice que los costes de un arancel –la reducción de la renta real– pueden calcularse aproximadamente del siguiente modo:

pérdida de renta real = 0,5 x tasa arancelaria x reducción de las importaciones.

Esta fórmula implica que incluso una gran guerra comercial provocaría efectos moderados. Supongamos que el arancel mundial subiese al 40% y el comercio mundial se redujese en un 15% del PIB mundial, una caída del 50%. Aun así, la renta real mundial solo disminuiría un 3%.

Ahora bien, lo que yo creo que muchos economistas insinúan es que este tipo de análisis infravalora las pérdidas ocasionadas cuando buena parte de dicho comercio corresponde a mercancías intermedias. Pero estoy bastante seguro de que se equivocan, al menos a medio y largo plazo.

Permítanme esbozar aquí un modelo. Imaginen dos países, Nacional y Extranjero (se notan mis viejas raíces de profesor de teoría comercial), que producen una mercancía final usando una gran cantidad de mercancías intermedias que podemos representar como un continuo al estilo Dornbush, Fischer y Samuelson (1977) que, a su vez, se fabrican empleando un único factor de producción, la mano de obra. Al organizar las cosas de este modo estoy eliminando las cuestiones distributivas para centrarme en la eficiencia.

Supongamos también por razones de sencillez que los insumos intermedios se usan en proporciones fijas. Sin embargo, en algún subconjunto de mercancías intermedias cada país puede optar entre emplear producción nacional o importaciones; las demás no son comerciables.

Podemos clasificar las mercancías según el orden de la relación entre productividad de Nacional y productividad Extranjera en su producción. Llamemos a esta ratio A(z) para cualquier mercancía z. Y hagamos otra simplificación y supongamos que los países son simétricos, de modo que la situación subyacente parezca la misma si invertimos la identidad de los países. En ese caso los salarios serán los mismos y, en condiciones de libre comercio, Nacional producirá (y Extranjero importará) todas las mercancías para las que A(z)>1; Extranjero producirá y Nacional importará todas las mercancías para las que A(z)<1.

Introduzcamos ahora una guerra comercial que lleva a ambos países a imponer un arancel t. ¿Qué sucede? La respuesta es que cada país empieza a producir algunas de las mercancías intermedias que antes importaba. Nacional empieza a ser autosuficiente en mercancías para las que 1 > A(z) > 1/(1+t), Extranjero empieza a ser autosuficiente en las mercancías para las que 1+t > A(z) > 1. En ambos casos la eficiencia disminuye, porque hace falta más mano de obra para producir estas mercancías del que antes se necesitaba para exportar cosas e importar a cambio las mercancías.

¿Qué nos dice esto de la renta real? La pérdida que Nacional experimenta debido a la mercancía marginal que ya no importa es el exceso de recursos requerido para la producción interna frente al exigido por las importaciones, es decir, la tasa arancelaria. El coste de todas las mercancías inframarginales es inferior, hasta llegar a cero en la última mercancía que habría importado en condiciones de libre comercio. Esto mismo es válido para Extranjero.

Pero esto se parece mucho a la lógica de los cálculos habituales sobre el coste de la protección: el coste medio de una importación perdida es aproximadamente la mitad de la tasa arancelaria. De modo que un análisis de los costes de una guerra comercial en un mundo basado en cadenas de suministros no se diferencia en nada de un análisis de una guerra comercial convencional.

¿A qué se debe entonces la percepción de que los costes de la guerra comercial tienen que ser mayores en el mundo actual? Creo que procede de la combinación de dos cosas. En primer lugar, imaginar una interrupción literal de las importaciones en lugar de un mero aumento de su precio; y en segundo lugar, imaginar un corto plazo en el que es imposible desarrollar producción interna para reemplazar insumos esenciales.

Una combinación parecida ha ocurrido ya en el pasado, principalmente en las economías excomunistas tras la caída de la Unión Soviética. Pero no parece que sea ahí donde nos dirigimos en este momento.

Dicho esto, una guerra comercial en un mundo basado en cadenas de suministro causaría mucho trastorno, porque con el tiempo conduciría a una gran restructuración de la industria. Esto crearía muchos perdedores, así como algunos ganadores, quizá más de los que habría producido una guerra comercial en el pasado. Pero no creo que se sostenga la idea de que la pérdida total de renta real sería mayor de lo que da a entender el análisis convencional. Las medidas políticas de Trump son destructivas, basadas en la ignorancia, pero no deberíamos sobrevalorar su coste.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.
© The New York Times Company, 2018.
Traducción de News Clips.




Fuente: El país

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