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No es algo personal, por Joaquín Luna


El día amaneció histórico en Madrid. Tenso de buena mañana. Cuando el automóvil del presidente de la Generalitat, Quim Torra, se detuvo ante la sede del Tribunal Supremo a las nueve y cuarto, por cuya entrada lateral iban accediendo familiares y abogados de los doce procesados, una voz de mujer le dio la bienvenida a ­Madrid.

–¡Fascista!

Torra escuchó el insulto y se giró: empezamos mal.

Empezamos mal, pero terminamos bien a las siete menos veinte porque la liturgia del primer día del juicio al procés fue ayer cortés, y si nos atuviésemos a las formas alguien habría podido incluso gritar a la salida:





–¡Todos queremos más y más, y mucho más!

Los abogados hablaron y mucho, pero la sala de plenos del Tribunal Supremo fue todo lo contrario a un plató de televisión.

Es una tragedia haber termi­nado aquí y así, pero, al menos ayer, los letrados de todos y cada uno de los acusados se despacharon a gusto, pero conforme al tópico de mano de hierro, guantes de seda:

–No es algo personal.

La frase de la abogada Ana Bernaola, que defiende a Josep Rull, fue una de entre las muchas dedicadas al tribunal, cuyo presidente, Manuel Marchena, presidió discreto, cuidándose muy mucho de escatimar tiempo para las intervenciones o cortar algunas frases de sesgo político. Se diría que estuvo muy comprensivo. También él podría haber hecho suya la frase de los letrados:

–Entre ustedes y yo no hay nada personal.

De eso va la liturgia del Derecho y los ritos del juicio, de este y de ­todos.


La liturgia del derecho

“No es algo personal”, dijo la abogada de Rull como lo podía haber dicho el juez Marchena

La vista, fijada para las diez, empezó con un cuarto de hora de retraso y un protocolo muy español: acelerón final para el acceso a la sala a pesar de que el arco de metal no funcionaba y mucha amabilidad del funcionariado.

Los doce acusados ya estaban en la sala cuando accedieron sus familiares y el president Torra acompañado y los consellers Ester Capella y Damià Calvet, en un banco de primera fila. Hicieron suya la atmósfera de una sala. Los encarcelados tenían un buen aspecto, encorbatados –todos menos Junqueras, Sánchez y Cuixart–, y sus gestos hacia los familiares relajaban la gravedad del día grande. Histórico y aburrido porque fue el turno de las defensas, que piden siempre más que un niño, recuerdan a la que te descuidas a algún gran profesor de la facultad y citan sus lecturas, que nunca son novelas sino ensayos imperecederos. ¡Y con qué autoridad se llevan una vaso de agua a la boca antes de perorar!





Yo diría que Andreu Van den Eynde, el letrado de Oriol Junqueras y Raúl Romeva, fue el más ”ideológico” y enjundioso. Han tratado a sus defendidos peor que a terroristas, la instrucción del juez Llarena ha sido sesgada e irregular y les han negado la presunción de inocencia. Por si quedaban dudas, “al señor Junqueras incluso no le dejaban ni ir a misa en prisión”.

–La autodeterminación es sinónimo de paz y no de guerra.

Aun así, deslizó un guiño a la presidencia:

–No vamos a hacer una defensa política.

Así se sentaron los 12 acusados
(Emilio Naranjo / AFP)

Van den Eynde solicitó de nuevo que Carles Puigdemont preste testimonio, petición ya rechazada. Uno ignora si es para hacer un favor a Oriol Junqueras o para re tratar al expresidente. Cuando terminó la sesión matinal, pasadas las dos, el tribunal hizo la vista –la vista gorda– y todos los procesados pudieron saludar y abrazar fugazmente a los familiares y al president Torra. No se puede describir el saludo de Oriol Junqueras a Torra como de “muy efusivo”, a diferencia, por ejemplo, del sentido abrazo de Jordi Sánchez al president.





El abogado Melero, defensor de Meritxell Borràs, es de los que uno ficharía para llevarse los tres puntos en el campo del Eibar. Después, el turno de Jordi Pina, abogado de Jordi Sànchez: le pegó ­varios viajes a la justicia española con sumo respeto a las formas. Los clientes pasan, el Supremo per­manece. Ya se sabe: arrieros somos y en el camino nos encon­traremos…

La pausa para el almuerzo fue acogida con alegría. El único que parecía divertirse en la solemne sala de plenos era Jordi Cuixart, venga girarse para sonreír a los ­suyos.

Jordi Cuixart se giró en repetidas ocasiones para dedicarle sonrisas a los suyos
Jordi Cuixart se giró en repetidas ocasiones para dedicarle sonrisas a los suyos
(J.j. Guillén / EFE)

La tarde fue anodina y con algunos asientos vacíos. Gané por goleada al president Torra: yo dí media docena de cabezadas y él un par (en contrapartida, le hizo muchos comentarios a Damià Calvet y se mordió las uñas). Cuixart seguía girándose de tanto en tanto, todo sonrisas.

El almuerzo le sentó mal a Carles Mundó. Hizo un gesto a su abogado, Josep Riba, y este pidió permiso al presidente Manuel Marchena que, a su vez, autorizó la salida, flanqueado por un señor con aires de funcionario muy bregado que escoltó al baño a Mundó. Una, dos, tres veces se repitió la escena. El marido de Carme Forcadell también solicitó la venia para abandonar la sala pasadas las seis, hora programada para el final de la jornada. Me recordó al catalán de toda la vida, al Sazatornil de La escopeta nacional: este quería vender porteros automáticos, y el señor Forcadell tenía pinta de perder el tren.






Junqueras

No puede decirse que dispensara un saludo “muy efusivo” al presidente Torra

El tribunal tiene ahora mucho trabajo a corto plazo: aceptar o rechazar todos los recursos y peticiones de las defensas. Manuel Marchena dejó jugar y extremó las deferencias con el tiempo de palabra de las defensas. Se hizo el dentista: ¡es menos de lo que te crees! Eso dicen siempre y, a veces, incluso tienen razón.

Los acusados y sus defensas no son mancos. Tienen la moral alta y amagaron a menudo con su arma secreta: Estrasburgo, nos veremos en Estrasburgo. Pleitos tengas y los ganes, dicen.

Ha empezado un juicio inverosímil, atípico y extraño. ¿Qué hacen tantos catalanes juntos en Madrid? Nadie dijo ayer una palabra en catalán. El Estado –el español, el francés o el ruso– confirmó ayer algo que es mejor no saber: parece invisible o dormido o incluso amable, pero es un engranaje acostumbrado a que no le lleven la contraria.

Tampoco abrieron la boca los dos letrados de Vox, la acusación particular. Ni las dos abogadas del Estado, que rejuvenecían el cuadro escénico de la justicia española. O la pareja de policías nacionales, chico, chica, flanqueando las dos puertas por las que, en unos meses, los doce procesados saldrán con o sin porvenir político por delante.








Fuente: LA Vanguardia

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