Por el asiento de la senadora Liliana Segre, amenazada por insultos antisemitas, iban pasando los asistentes como si acudieran a sus escaños. «Gracias, muchas gracias», le decían, simplemente, en la mayoría de los casos, a una señora judía que sobrevivió al Holocausto y a sus 89 años había acudido a la ópera con escolta. Hacían tiempo para que llegara el presidente de la República, Sergio Mattarella, al que no le faltó su buena ovación. El 7 de diciembre es el día en el que la Italia más noble se envuelve en sus instituciones, se viste de gala y representa una defensa de clase. El año pasado fue más acentuada, con el ultraderechista Matteo Salvini haciendo ruido desde el Gobierno, pero en esta ocasión sobraban motivos artísticos para salir del teatro con la moral más elevada.

Resulta sorprendente que «Tosca», una de las obras más representadas de la historia, no hubiera abierto nunca en La Scala. Y para tal ocasión no servía otra soprano sino Anna Netrebko, la estrella más afamada, la Callas de nuestros días. El público tenía ganas de aclamar a la diva antes incluso de comenzar y así lo demostró con 15 minutos de aplausos, decenas de flores y confeti cuando tocaba bajar el telón. La cantante dio motivos para ello. En el primer acto, con su carisma sustentado en un melodioso timbre que ninguna otra puede exhibir en la actualidad y un paso presumido por las tablas. Y en el segundo, con el desbordamiento del torrente ruso.

Sed de venganza

Sugestionó con el «Vissi d’arte», el aria más famosa, que terminó con los aplausos desde la platea; y desató la sed de venganza de Tosca con el asesinato de Scarpia. El jefe de la policía intenta abusar de la actriz en una escena llena de arrebato, incluso explícito, y ella responde clavándole un puñal. «Éste es el beso de Tosca», recitó Netrebko, cautivadora, con el rostro ebrio. «Sei troppo bella, Tosca», le había dicho antes su víctima. Y era cierto.

No fue esta Tosca tan puritana como otras, sino que estuvo más bien poseída por la arrolladora personalidad de la soprano que le ponía cara. A ello contribuyó la escenografía del director Davide Livermore, quien convirtió una vez más una obra clásica en una superproducción sin abandonar los cánones tradicionales. Solo un par de toques surrealistas con una doble de Tosca suspendida en el aire, representando su alma atormentada, sembraron alguna duda. Pero ni los más puristas se atrevieron a censurarlo en público. Un triunfo abrumador para él. También salieron ovacionados el tenor Francesco Meli, que bordó el aria «E lucevan le stelle» y mezcló a la perfección con Netrebko; el barítono Luca Salsi, imponente en su crueldad; y el director de orquesta Riccardo Chailly, que lleva años estudiando obsesivamente el repertorio de Puccini.

«Tosca» estaba predestinada para triunfar, pero a veces las grandes expectativas dejan secretas decepciones. No fue así este sábado en Milán, de donde los espectadores salieron con el pecho más hinchado de lo habitual. Quizá ayudó que a Netrebko ni siquiera se la vio despeñarse trágicamente por el Castel Sant’Angelo, sino que su alma se elevó al cielo, como la del resto de quienes lo presenciaron en directo.




Fuente: La razon

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