Pablo del Castillo llevó durante casi toda su vida dos relojes en su muñeca, en uno marcaba la hora española, en el otro la mexicana. Eran las dos patrias del último de los Hermanos Mayo, la agencia que inmortalizó buena parte del siglo XX mexicano y retrató la Guerra Civil española. En la primera de sus patrias nació y de ella escapó durante la posguerra, y la segunda lo recibió y en ella murió este jueves, a los 97 años.

Los relojes permanecieron en su muñeca hasta hace una década, cuando le asaltaron “y le robaron dos, en vez de uno”, cuenta una de sus nietas, Mar Riveros, entre un sinfín de anécdotas de su abuelo. Pablo del Castillo fue el menor de los dos grupos de hermanos, los del Castillo y los Souza, que fundaron Hermanos Mayo. De hecho, él no retrató el conflicto bélico español. Pablo, que cuando comenzó la guerra tenía solo 13 años, permaneció en la España de la posguerra nueve años más, luchando contra la carestía con aquel estudio fotográfico que abrió cerca de la estación de Atocha, en el Paseo de las Delicias de Madrid, según recordaba con todo detalle en la última entrevista que realizó para EL PAÍS. El resto, perseguidos por el franquismo, huyeron a Francia, pasaron por campos de concentración hasta que lograron abordar el Sinaia, un barco que transportó a 1.600 refugiados a México.

En México se encontró con sus hermanos y continuó con una carrera profesional que nunca parecía querer que terminase. Había retratado los acontecimientos históricos más destacados del siglo XX mexicano, sus instantáneas habían acaparado la portadas de los periódicos de la época y él seguía siendo incapaz de desprenderse de la fotografía. No se jubiló hasta los 91 años, cuando era fotógrafo de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), y de hecho las cámaras que aún hoy guardaba en casa estaban escondidas desde hacía un tiempo ante la angustia que le producía verlas quietas, sin poder usarlas. “La fotografía fue su pasión, de hecho hasta hace poco preguntaba: ‘¿Por qué no voy a trabajar?”, recuerda Riveros.

Fotografió junto al resto de los miembros de la agencia la matanza de Tlatelolco en 1968, los Juegos Olímpicos de ese mismo año o el terremoto que sacudió Ciudad de México en 1985. “Éramos los más famosos”; contaba orgulloso. Sus imágenes, a veces amables, en otras ocasiones incómodas para el poder, tuvieron que sortear varias veces los intentos de la autoridad por eliminarlas. “Siempre llevaba en un bolsillo carretes sin usar, cuando me los pedían entregaba esos como si estuviese enfadado”, contaba entre risas.

La salud de Del Castillo había empeorado hacía unos meses, hasta que este jueves falleció en su casa mientras dormía. Sin embargo, en este tiempo todavía le quedaron fuerzas para sus partidas de dominó, que podían durar hasta cinco horas, y para emocionarse con el fútbol. Su corazón futbolero estaba dividido como su patria, entre el Real Madrid y sus queridos Pumas, a los que veía esperanzado de que se hicieran con la liga esta temporada. Pero los últimos minutos de televisión que dedicó a este deporte fueron para el Mundial femenino, que prefería ver antes que la Copa Oro en la que participa México, cuenta Riveros.

Con la muerte de Pablo del Castillo se marcha el último de una agencia, que inmortalizó aquella España que se partía en dos, que narró el frente, la retaguardia y los pueblos y ciudades que resistían a las tropas franquistas. “Mis hermanos, el único fusil que agarraron fue la cámara”, contaba Pablo recordando los años de la Guerra Civil española. Retrataron la historia de un país que tras la victoria de Franco requisó sus imágenes y acabó expulsándolos, pero que Pablo llevó en su muñeca durante más de 60 años.




Fuente: El Pais

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