José Luis Cuerda fue un auténtico premio Goya. Que alguien te llame a tu casa de la forma que era él, tan llana, tan de Albacete, y te invite a que lo visites en un rodaje fue para mí como si me hubiera venido Dios a ver. Había visto mi corto Himenóptero (1992) y nos sentamos a hablar de forma clara y sincera. Fue José Luis quien me empujó a escribir un largometraje, algo que a mis veinte años y con tan solo un par de cortos ni se me habría pasado por la cabeza. Después, sin haber leído ese guion, me recomendó enviarlo a una productora. Y cuando se me cerraron las puertas y ya estaba a punto de abandonarlo en un cajón, tras soltarme un “No me des la lata, ya lo leeré”, me sorprendió un día con una propuesta: la intentaría producir él mismo. Hubo algo de improvisación en esa extraña relación que se forjó entre los dos. Creo que cuando José Luis me invitó al rodaje ni por asomo se pudo imaginar que acabaría convertido en productor de Tesis (1996). Ni yo que me cambiaría la vida.

Porque además su cine nada tiene que ver con mi cine, y eso provocó una sinergia perfecta: jamás me dijo cómo rodar una secuencia, como a mí jamás se me ocurriría insinuarle un cambio en sus maravillosas comedias, pero estábamos de acuerdo en lo básico: ser honestos con el público. Y a nivel humano lo mejor que hice fue escucharle y dejar que me guiara. José Luis tenía una pavorosa habilidad para señalar y separar lo que era verdaderamente importante en la vida y reírse como nadie de todo lo demás.

De él me quedará un recuerdo muy cercano a lo que sentí la última vez que nos vimos, una comida hace dos semanas: su inquebrantable sentido del humor. Dentro de su enfermedad era capaz no solo de tener momentos de lucidez sino también arranques brillantes. “Hazme preguntas hoy, que estoy en mi mejor momento”, soltó con una media sonrisa. Quiero quedarme con eso.




Fuente: El país

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