Joao Gilberto, el padre y genio de la bossa nova, murió ayer a los 88 años por causas todavía no reveladas. Se marchó así un hombre que fundó y definió un género, la bossa nova, que sería bandera no solo suya, sino de un país entero. Brasil es bossa nova, entre otras cosas. Es decir, Brasil es Joao Gilberto.

«Mi padre ha fallecido. Intentó mantener la dignidad ante la pérdida de su soberanía. Doy las gracias a mi familia (a mi lado de la familia) por estar ahí junto a él», escribió en inglés su hijo Marcelo Gilberto desde su residencia en Estados Unidos.

El artista es considerado uno de sus impulsores junto a otros genios como Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes. Juntos son responsables de clásicos de la música contemporánea como «Desafinado», «Brigas, Nunca Mais», entre muchas otras. Es decir, canciones que trascendieron más allá del espíritu musical. Porque la bossa nova llegaría a ser casi un estilo de vida, una forma de sentir, una forma de enseñar qué sentía un brasileño.

Lo impresionante de Joao Gilberto fue la forma en que mostró al mundo un género nuevo: aprendió a tocar la guitarra de manera autodidacta e hizo suyos unos acordes y un ritmo absolutamente icónicos.

Nacido en Juazeiro el 10 de julio de 1931, con 19 años emigró a Río de Janeiro, donde comenzó a adquirir notoriedad cantando en la banda Garotos da Lua. Ahí comenzó a ofrecer muestras de su indómito carácter y fue expulsado de la banda por no atenerse a normas. Tanto musicales como vitales. Aprovechó el tiempo para comenzar a trabajar en una visión: la bossa nova. Sus esfuerzos fructificaron al conocer a otro talento mayor, Tom Jobim, un amante del jazz con el que ya terminó de trazar definitivamente el estilo. Y eso incluía una forma de cantar muy sugerente, como en susurro, aportando una extraordinaria calidez.

En 1958 aparecería el disco «Canção do Amor Demais», de Elizeth Cardoso, con composiciones de Jobim y las letras sensibles de Vinícius de Moraes. Un hallazgo. Y poco después Joao Gilberto grabaría su primer trabajo, «Chega de Saudade». La canción que le da título sería un éxito en el país y lanzaría definitivamente al nuevo astro de la canción brasileña.

El estilo traspasaría fronteras y llegaría a Estados Unidos, donde los músicos de jazz quedarían fascinados por un sonido que ellos emparentaron con su estilo. Por ejemplo, con el maestro del saxo Stan Getz, quien en 1963 invitaría a Joao Gilberto y Tom Jobim en para colaborar en una «Getz/Gilberto», con tremendo éxito comercial y crítico. La bossa nova ya era un estilo internacional. Ahí estaba la famosa «Chica de Ipanema», todo un clásico de la música contemporánea.

El carácter inquieto y creativo de Joao Gilberto le impulsaría a expandir los horizontes del género y en la década de los setenta seguiría añadiendo maravillas a su discografía. Por ejemplo, en 1977 publicaría el sensacional «Amoroso», con arreglos de Claus Ogerman.

Otro discos reseñable por su influencia, repercusión e innovación serían «Brasil», junto a Gilberto Gil, Caetano Veloso y María Bethania, quienes a finales de la década de los sesenta ya habían creado el movimiento «Tropicalismo» fusionando la bossa nova y con el pop y el rock. Y en 1991 enseñaría «Joao», un álbum singular al no contener ninguna composición de Tom Jobim. A cambio, contaría con canciones de Caetano, Cole Porter y varias composiciones en español. El trabajo «Joao Voz e Violão», de 2000, marcaría una vuelta a los clásicos de la bossa nova y con la producción musical de Caetano Veloso, otro de esos discos esenciales en su carrera.

Joao Gilberto también sabría explotar su sensibilidad con incontables giras en las que mostraría toda su capacidad de comunicación con la audiencia, que asistía embelesada a sus cálidas y afectivas interpretaciones. Discos en directo como «Live in Montreux», «Prado Pereira de Oliveira», «Live at Umbria Jazz» o «In Tokyo» son excelentes documentos que muestran todo el poder de transmisión del artista y su música.

Sus últimos años fueron penosos. Siempre desordenado, vivió acosado por las deudas y las intrigas familiares. Justo el tipo de final que nadie quiere para sí mismo. Ahora, en su muerte, le corresponde la gloria.




Fuente: La razon

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