Unas de las voces imprescindibles de la narrativa chilena, Germán Marín, murió el domingo 29 de diciembre a los 85 años en un hospital Santiago de Chile. De carácter fuerte, como su propia obra, fue un narrador especialmente interesado en las zonas incómodas de la historia reciente, sobre la que nunca dejó de escribir desde que en 1994 –ya a los 60 años– publicó Círculo vicioso, la primera novela de su trilogía Historia de una absolución familiar. De la talla de firmas como José Donoso, Manuel Rojas o Carlos Droguett, la treintena de novelas, cuentos y textos autobiográficos de su autoría componen una producción que ha sido descrita como arriesgada y vigorosa. Con un estilo muy influido por el español Juan Benet, al que admiraba mucho, Marín fue, además, una especie de conciencia literaria para decenas de escritores chilenos de generaciones más jóvenes a los que abrió camino y que en estas horas lloran su muerte.

“Escarbaba en los lugares dolorosos de la memoria”, describe su amigo, el poeta y editor, Matías Rivas. “Era un tipo incorrecto, no estaba afiliado a las modas. No tenía mayores resquemores en expresar sus opiniones. Estaba por la parodia y no por tragarse ideologías de buenas a primeras. Era de los que no plegaba la cabeza a la institucionalidad política de ninguna índole, lo que tuvo un alto precio”, señala Rivas en referencia a lo que se considera una de las grandes injusticias con su obra: Marín nunca llegó a recibir el Premio Nacional de Literatura. Lo escribía a propósito de su muerte el poeta chileno Raúl Zurita: “Las 1.600 páginas que conforman Historia de una absolución familiar hacen de esta novela la más rotunda escrita por un chileno en el siglo pasado y a su autor, alguien que se merecía los más altos reconocimientos que un Estado mezquino como el nuestro, no le dio”. Zurita se declara avergonzado de ser premio nacional en una lista que sin Marín “es espuria y torpe”.

En la Escuela Militar tuvo de instructor a Augusto Pinochet y luego de cambiar las armas por las letras, aprendió de Jorge Luis Borges en Buenos Aires. Publicó su primera novela Fuegos artificiales poco antes del golpe de Estado de 1973 y la edición completa fue quemada por el nuevo régimen. Partió el exilio en México, donde trabajó en Siglo XXI Editores y comenzó a colaborar con Gabriel García Márquez en la escritura de discursos, prólogos y catálogos. Al poco tiempo, sin embargo, se radicó en Barcelona, donde floreció como editor desde Editorial Labor y Seix Barral. Era la época en que Marín escribía Historia de una absolución familiar, con la que regresaría a Chile bajo el brazo al momento del retorno a la democracia en 1990. Por su contundencia, a esta trilogía habitualmente se le compara con El obsceno pájaro de la noche, de Donoso.

En Chile regresó a la edición en grandes compañías, como Sudamericana y Random House Mondadori, donde “iba a buscar los libros que quería leer y no esperaba que llegaran a su escritorio”, como describe el escritor Rafael Gumucio, al que empujó hace 20 años a publicar Memorias prematuras. Mientras, Marín publicaba obras fundamentales de la narrativa chilena de los últimos 25 años, como El palacio de la risa, donde reconstruye la historia del centro de detención y tortura del régimen de Pinochet, Villa Grimaldi. “Es un libro clave para entender la dictadura y la violencia política que marca la historia de Chile”, explica Diego Zúñiga, escritor chileno. “Tenía una obsesión por indagar en la memoria reciente, lo que lo llevó a entrar en zonas incómodas y oscuras”, agrega el autor de Camanchaca. Su juicio es categórico: “Marín junto a Roberto Bolaño son los dos escritores chilenos más potentes en términos narrativos de las últimas décadas y, por lo tanto, resulta llamativo que su proyecto único siga siendo un secreto fuera de Chile”, concluye.

Era un escritor joven de la década de los sesenta instalado en los años noventa y 2000, analiza Gumucio, que advierte que en la extensa obra de Marín existen elementos que parecen premonitorios. “El arranque de Ídola [una novela de culto en Chile, la más oscura de su obra] habla de una caminata por Santiago completamente destruido. Aunque fue publicada en 2000, retrata una ciudad como la que vemos hoy, en 2019”, señala el escritor en referencia al estado de la capital chilena en el marco de las protestas sociales. “Muchos de sus libros hablan de asuntos que podrían explicar el estallido. Muchos elementos de la violencia política desesperada, sin mucha dirección, está contada en varias novelas de Marín. Observó mucho antes esta especie de carnaval un poco violento y al mismo tiempo divertido”, analiza Gumucio. Porque advierte: “A Marín le divertía el desastre, no le preocupaba en absoluto. Muchos de sus personajes retratan este nuevo Chile que no cree en nada ni en nadie”.

La muerte de este autor complejo que evitaba tanto los héroes como las idealizaciones de otras épocas ha sido lamentada desde todos los estamentos de la cultura chilena. Existe coincidencia en que el año termina con un desenlace muy triste para la literatura y empezará con la huella imborrable que deja Marín en sus innumerables cuadernos escritos siempre a mano, sus pasos como de oso y su voz cavernosa.




Fuente: El país

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