Muchas de las imágenes más sensuales que se crearon en la gris España del franquismo de los años sesenta y setenta, como la de la bella amazona semidesnuda a lomos de un caballo blanco para anunciar el brandy Terry o la de las famosas burbujas doradas del cava Freixenet, tienen un origen común, la del fotógrafo y publicista barcelonés Leopoldo Pomés, que ha fallecido este martes a los 87 años. Renovador de la fotografía, junto a otros grandes como Ramon Masats, Oriol Maspons, Joan Colom, Ricard Terré, Colita, Francisco Ontañón, Francesc Català-Roca, Alberto Schommer, Paco Gómez, Gabriel Cualladó y Xavier Miserachs. Pomés estuvo vinculado con grupos de la vanguardia artística como Dau al Set o la agrupación almeriense Afal; su trabajo elegante, sofisticado y hedonista, como a él le gustaba calificarse, llevó al mismo Manuel Vázquez Montalbán a asegurar que «había erotizado a todo un país”.

Pomés junto a una fotografía del popular anuncio de Terry. Cristóbal Castro

El fotógrafo, que fue galardonado en 2018 con el Premio Nacional de Fotografía, “por su contribución a la historia de la imagen en España”, presentó a mediados de junio su libro de memorias No era pecado. Experiencias de una mirada, en la que repasa su vida profesional y personal a modo de menú, con primer y segundo plato, café y copa, reflejando otra de sus pasiones, la de la gastronomía. No en vano era el responsable de varios restaurantes de Barcelona, entre ellos la emblemática tortillería Flash-flash, uno de los epicentros de la gauche divine.

'Eve' de Leopoldo Pomés (1963)
‘Eve’ de Leopoldo Pomés (1963)

En los últimos meses, Pomés, corpulento y siempre coqueto, parecía cansado, caminando con ayuda de un bastón, pero sus ojos recobraban la vitalidad que le ha caracterizado cuando comenzaba a hablar de sus fotografías: “Lo más importante en mi vida ha sido mirar”. Retrató a personajes como Antoni Tàpies, Jorge Herralde, Óscar Tusquets, Eduardo Mendoza, Julio Cortázar, Joan Brossa y Teresa Gimpera, entre otros muchos, pero, sobre todo, a esbeltas y sensuales mujeres. Cuando se le preguntaba por alguna de estas imágenes, Pomés era capaz de relatar las circunstancias y, sobre todo, la luz que había en el momento. Con una de sus modelos y musas, Karen Leiz, formó una familia y fundó un estudio de publicidad, Studio Pomés, en el que crearon, mano a mano, algunos de las producciones más destacadas de las últimas décadas, como la ceremonia de inauguración del Mundial de Fútbol de España 1982. “Estuvo a punto de arruinarse todo cuando del balón que llevaba un niño en el momento cumbre no salía la paloma blanca que tenía que echar a volar. Por suerte el día indicado dio varias vueltas al estadio”, recordaba hace poco con un fino humor que también lo ha caracterizado.

A finales de año en su casa del barrio barcelonés de Gracia se reunió con varios de sus colegas fotógrafos. Recordaron muchos de sus trabajos que cambiaron la fotografía desde los años cincuenta y sesenta. Tras preguntarle Masats si se podía fumar, él le respondió: “Si me das uno, si”. Pomés, pese a tenerlo prohibido acabó fumándose tres pitillos mientras decía: “No hay que perder las malas costumbres”. Pero lo que más sorprendió fue que tras asegurar que de su enorme producción solo salvaría un centenar de imágenes. “Y de ellas, 15 o 20 imprescindibles”, dijo. “Para mí, lo más complicado son los retratos de mujer, ya que me hacen ser más consciente de la dificultad del arte de la fotografía”. Lo dijo delante de Imagen blanca, de 1959, en la que se ve a Karin en bañador tumbada sobre la arena. “Por el tipo de luz y el contraste entre las líneas curvas del cuerpo y el horizonte recto. Tenía que hacerla como fuera”.

Una de las cosas que Pomés echaba más de menos con la fotografía digital era «la magia que suponía ver aparecer en una hoja de papel aquella foto que tenías la esperanza de haber hecho. Cada vez que conseguía una, comenzaba a gritar de tal forma que asustaba a los que tenía cerca. Parecía un orgasmo”, recordaba el fotógrafo.




Fuente: El país

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