POU. Con la autoridad que le confiere ser un monumental actor, Josep Maria Pou ha comentado este miércoles en Espejo público (Antena 3), a preguntas de Susanna Griso, que los líderes independentistas catalanes “hicieron teatro” (en el montaje teatral titulado El Procés). Pou ha pronunciado con dolor la palabra “teatro”, porque es actor veterano y quiere que el teatro se quede en las tablas del proscenio, no en los atriles de la política. ¡Esta batalla la tienes más perdida que Ahab ante la ballena blanca, estimado Pou! Pou me ha hecho pensar: ¿y qué papel tenemos los espectadores de la función? Entramos en el teatro con ganas de ser bien engañados y colaboramos desactivando un rato nuestra incredulidad: queremos que nuestra alma vibre con algo (que nos parezca) verdadero, sentir íntimamente que los personajes aman de verdad, odian de verdad, matan de verdad, mueren de verdad. ¡Que el engaño nos embargue el alma! Y, ya en la salida del teatro, esperamos al actor –que ni ha amado, ni ha odiado, ni ha muerto, ni ha matado– para felicitarle por habernos engañado tanto. Gracias a Pou he comprendido el alma de dos millones de mis conciudadanos: han pasado toda esta semana aplaudiendo a sus actores predilectos, a la salida de su prolongada función. Excepto al tal Vila, que no quiso salir de gira y dejó la compañía.

ESPADA Y RISTO. El pasado domingo, en Chester (esta noche, 21.30h.), el entrevistador (Risto Mejide) y el entrevistado (Arcadi Espada) acabaron a la greña. Todo encontronazo atrae telespectadores: ¡gana Risto! ¿Y si Espada se hubiese quedado en el sofá, aún argumentando a solas, plantado por Risto?: ¡ganaría Espada! Porque en la tele, como en la vida, pierde el que abandona. El que resiste, gana (Cela). Risto jugaba en casa, claro, y empujó a su entrevistado a dos trabajos de Hércules: Lidia Falcón… y el padre de un niño con síndrome de Down. Todos vimos la emboscada. Y Espada no supo sortearla y argumentar con calma su controvertida tesis de que la sociedad no debiera pagar los costosos cuidados que necesitará una criatura humana si sabemos, antes de que nazca, que los va a necesitar. Esta idea, como todas las ideas, puede y debe ser debatida en la tele. Pero Risto se rasgó las vestiduras y clausuró la entrevista: pierde Risto… ¡y todos!, pues pierde la palabra libre, como sucede siempre que coartamos la expresión de una idea, por muy aberrante, monstruosa e insoportable que resulte. ¡Sopórtala –si te reclamas ilustrado, abierto, valiente, demócrata– y rebátela con palabras! ¿Para qué, si no, la palabra libre? ¿O hacemos una lista de lo que se puede o no se puede discutir? No, no y no. Ojalá ese topetazo en el que ni Risto ni Espada estuvieron a la altura de quienes pretenden ser –dos floretes dialécticos afilados y certeros: ¡cuan romos esa noche!– hubiese continuado, y ojalá Risto hubiese sabido decir esto: quiero que mi sociedad apoye a todos los padres que deciden amar por siempre a quien ya saben que nacerá con mil dificultades, pues por muy alta que nos resulte la derrama… ¡no hay inversión más rentable que el amor: el amor nos salva a todos! Y ahora, señor Espada, diga usted. – @amelanovela




Fuente: LA Vanguardia

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