Todo amante de la música atesora el recuerdo de las veces que ha escuchado los inacabables momentos finales del cuarto movimiento de la novena de Mahler, con sus célebres cuerdas fundiéndose en el silencio de la muerte que se extiende tras la última sinfonía que le dio tiempo a concluir antes de que su enfermo corazón se detuviera. No se trata de la imaginación calenturienta de los melómanos: realmente en el compás final de la partitura Mahler escribió «ersterbend», es decir, «muriéndose».

Y no solo se trata de la muerte del propio Mahler. Poco antes de terminar esta sinfonía que nunca llegaría a escuchar interpretada, el compositor había sufrido la muerte de su hija María que le dejó destrozado. En el funeral de la pequeña su suegra sufre un infarto y pierde la vida allí mismo en la iglesia. A Mahler, para entonces, ya le han diagnosticado una enfermedad en una válvula del corazón y nota día a día que cada latido puede ser perfectamente el último: vive tiempo prestado y lo sabe. Por su fuera poco ha sido sometido a un linchamiento en la prensa que le ha obligado a dejar su puesto de director de la Opera Imperial de Viena. El luctuoso cuadro se redondea cuando se entera de que el amor de su vida, su esposa Alma, le es infiel con el arquitecto Walter Gropius.

Uno podría pensar que con un panorama de estas características la rabia está más que justificada y, por lo tanto… ¿qué necesidad hay de acudir al Auditorio y someterse a 90 minutos de la música que salió de un corazón tan atormentado como enfermo? Pues bien, es precisamente cuando se tiene en cuenta este panorama tan desolado, en todos sus detalles, cuando adquieren todo su brillo la tranquilidad, la resignación, la verdadera paz que destila toda esta obra y, señaladamente, su último movimiento. La lección de humanidad que encierra convierte la novena de Mahler en un recodo significativo de la historia «de las ideas estéticas» que diría Menéndez Pelayo, porque no solo se estaba despidiendo Mahler del mundo antes de irse al Más Allá sino que también se estaba despidiendo todo un mundo, toda una Europa, antes de despeñarse en ese abismo de revolución y de muerte llamado siglo XX.

Pero eso es otro tema del que, por cierto, habla Leonard Bernstein (quien tanto hizo por «resucitar» a Mahler) en su quinta Norton Lecture en Harvard en 1973 (https://youtu.be/kPGstQUbpHQ). A nosotros nos basta señalar que, lejos de ser un ejercicio de masoquismo, acudir al Auditorio opera en el alma de una manera parecida a un túnel de lavado del que uno sale, extrañamente, respirando con mayor facilidad y, también, con un recuerdo más de esos que llevarse a la tumba. Como si hubiera pasado cerca nuestro un ángel con el corazón renqueante y el ánimo apesadumbrado, sí, pero también pese a todo con Esperanza.




Fuente: La razon

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