Cinco parejas en diferentes puntos de su relación deciden ponerse a prueba. La experiencia incluía estancia en una paradisíaca playa del Caribe en resorts de lujo. Eso sí, la permanencia tenía que ser por separado, hombres por un lado, mujeres por otro. Y ellos debían convivir con 10 solteras y ellas, con 10 solteros. La cosa se pone peliaguda. Las cámaras fueron testigo de todo lo que ocurría. Y ahora tienen a más de tres millones de españoles enganchados a sus aventuras y, por supuesto, desventuras.

La isla de las tentaciones se grabó hace meses, pero Mediaset lo guardó para el espacio comprendido entre el final de GH VIP y Supervivientes. Pocos podían prever que el programa, heredero de aquel Confianza ciega que emitió Antena 3, con éxito, en 2010, se convertiría en la primera gran revelación televisiva del año.

Su estreno el 9 de enero ya suscitó interés y reunió a 2.743.000 espectadores sumando Telecinco y Cuatro (se emitió de forma simultánea en las dos cadenas). Dos semanas después, ya era todo un fenómeno que saltó más allá de la pantalla. La presentadora del programa, Mónica Naranjo, anunciando que «tenemos más imágenes» y, sobre todo, el grito desesperado de Christofer tras ver cómo su pareja («¡Estefanía!»), sucumbía a la tentación con Rubén, uno de los solteros, se colaron en conversaciones del día a día. «El programa está en la calle. Todo el mundo habla o ha oído hablar de él y tiene su opinión sobre lo que están viviendo los protagonistas», dice Jaime Guerra, director de la División de Contenidos de Mediaset España.

¿Qué ha ocurrido para que La isla de las tentaciones haya provocado esta fiebre entre los televidentes? «Su éxito radica en una idea muy perversa: situar al espectador por encima del personaje televisivo», dice Diana Aller, guionista de programas de entretenimiento. «El programa hace una parodia de las relaciones heteronormativas de pareja. Automáticamente, los espectadores nos situamos desde una mirada superior y nos reímos de todo eso que en el fondo es un reflejo de nosotros mismos. Porque todos hemos sido alguna vez Fani y Christofer, todos hemos sido alguna vez malas personas, hemos sido infieles o hemos tenido el deseo de hacerlo, hemos sufrido por amor, no hemos sido correspondidos o hemos tratado de seducir infructuosamente a alguien. Eso nos hace comprenderlo y darnos un guiño y un codazo cómplice entre nosotros y reírnos de ello: lo vemos como una parodia pero en realidad es nuestra vida», añade Aller, que ha trabajado en realities como Alaska y Mario, Las Campos o ¿Quién quiere casarse con mi hijo?

Aunque desde Mediaset aseguran que tenían plena confianza en el buen funcionamiento del espacio, ha sorprendido el renacer que ha supuesto de la telerrealidad con participantes desconocidos. El último Gran Hermano sin famosos en España data de 2017. Poco después, el propio Jorge Javier Vázquez reconocía a EL PAÍS que «se está llegando al fin del ciclo de los realities con anónimos. Hemos perdido la paciencia para familiarizarnos con perfiles desconocidos». Tres de las parejas participantes en La isla de las tentaciones se habían conocido en Gran Hermano, First Dates y Mujeres y hombres y viceversa, pero solo eran rostros familiares para los iniciados en el universo de Mediaset. El resto son desconocidos para el público. Aun así, sus andanzas han interesado a una audiencia que ha crecido semana tras semana. Parece que es imposible prever por dónde irán los gustos de la audiencia en la televisión.

«No ha importado que estuviese grabado, el espectador ha vivido las historias de las parejas como si estuviesen sucediendo ahora mismo y se ha posicionado a favor o en contra generando un debate que ha superado los platós o las redes sociales y se ha instalado en los hogares y lugares de trabajo», añade Guerra. «Ha generado un debate social: todos nos hemos preguntado qué haríamos en esa situación, nos hemos puesto en la piel de los protagonistas, hemos empatizado con ellos, hemos reído y hemos sufrido. Eso es básico para que un producto funcione», añade Juan Ramón Gonzalo, director general de Cuarzo TV, productora del programa.

Diana Aller también destaca la espontaneidad e inocencia que han trasladado unos participantes que no sabían que sus frases saltarían a las conversaciones diarias y que sus actos serían juzgados por millones de ojos y llegarían a generar, desde su estreno, 1,3 millones de comentarios en las redes sociales. Ni siquiera el hecho de que estuviera grabado ha hecho que perdiera ese halo de espontaneidad que acompaña a los participantes de las primeras ediciones de los realities. Al contrario, Aller considera que ser un programa grabado ha jugado a su favor: «se le ha podido dar un guion y una narrativa. Si hubiera sido en directo, habrían quedado demasiados flecos sueltos y no estarán las historias tan bien hilvanadas», explica.

Tampoco se han ocultado críticas al formato, como la homogeneidad de sus participantes, todos ellos con cuerpos 10, o la heteronormatividad que refleja. La separación entre hombres y mujeres ha dejado al descubierto cómo son ellas las que llevan la voz cantante en los formatos de telerrealidad. «Ellas son las que llevan el peso narrativo de todas las tramas, son las que hacen y deshacen, y los varones son secundarios. Eso sucede en todos los realities, y aquí se ve muy claro por la segregación», destaca Aller.

En vista del resultado, ahora lo complicado va a ser que Mediaset no caiga en la tentación de hacer una nueva edición. Mientras tanto, ya está calentando motores para regar su programación con el regreso de Supervivientes. El ritmo de los realities no puede parar.

Crecimiento continuo de audiencia

Desde su estreno el 9 de enero, las diferentes emisiones del programa, tanto en Telecinco como en Cuatro, han cosechado grandes datos de audiencia. A falta de su semana final (terminará el jueves 13), La isla de las tentaciones ha hecho líder a Telecinco cada jueves con una media de 2.743.000 espectadores (21,6% de cuota de pantalla), con una evolución ascendente desde el 13,7% de su estreno hasta el 25,1% del pasado jueves. Destaca el share que alcanza entre el público joven (de 16 a 34 años), con un 38,7% de cuota.

Además, el programa ha servido para revitalizar las audiencias de Cuatro, canal que ha liderado su franja en la noche de los martes con una media de 2.475.000 espectadores y un 19,8% de cuota, cifra que aumenta entre los jóvenes hasta el 39,1%. También Cuatro ha acogido El debate de las tentaciones en las noches de los viernes, con una media de 1.442.000 seguidores y un 11,2% de cuota.




Fuente: El Pais

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