Moisés Patricio Sánchez no le quiso dar mayor importancia a la celebración, muy poquitas semanas atrás, de su cumpleaños número 40. Prefirió hacerlo coincidir con el lanzamiento de su nuevo disco, There’s always madness, una apelación a la locura como un motor creativo poderoso. Pero él también se siente, a su manera, en crisis. No con la edad en sí misma, sino con estos tiempos alborotados que nos ha tocado vivir. “Supongo que es una percepción muy extendida entre mi generación. Provenimos de la era analógica y yo, al menos, no congenio bien con la bajada del umbral del esfuerzo o la falta de empatía hacia el prójimo. Son aspectos que me preocupan como ser humano. Y mi música, aun siendo instrumental, tiene algo de reacción contra todo eso”.

Sánchez, pianista del barrio de Ventas y firmante de una obra abultada (“supongo que ya soy un hombre con bagaje”, se sonríe), siempre a caballo entre el jazz, la música contemporánea y hasta el rock progresivo, demanda al oyente el bien más escaso e insólito que podemos reclamar en este mundo enfebrecido: tiempo. Persigue que quien decida hincarle el diente a uno de sus discos le dedique sus buenos 50 minutos de escucha concentrada, específica. En el salón, si fuera posible; y sin el móvil ni cualquier otro cachivache al alcance de las manos.

¿Es mucho pedir? “En un mundo en el que los vídeos no pueden superar los 59 segundos, sospecho que sí”, suspira. “Respeto a quien consiga disfrutar de eso, pero yo me niego a suscribirlo. Mi música es un alegato de profundidad, es compleja a propósito. Porque la música –como la literatura, la pintura o el cine– no consiente que aceleres el tiempo. Igual que nadie vería una película saltándose fragmentos, les propongo a mis oyentes una escucha activa en la que no se puedan saltar un corte para llegar antes al siguiente”.

Sánchez es así: intenso, torrencial. Cosas de llevar sentado al piano desde los tres años (leyeron bien: tres) y de embarcarse en su primera gira como músico profesional a los 17. El pianista llegó a estudiar Ingeniería Informática, por si acaso, pero sospecha que sería “profundamente infeliz” si ahora tuviera que llegar a fin de mes trastabillando entre ordenadores. “La llamada que siento de la música es demasiado fuerte”, proclama. Además, disfrutó siempre de un respaldo familiar a ultranza. “Cuando me matriculé en la universidad, mi padre me preguntó, alarmado: ‘No irás a dejar el piano, ¿verdad?’. Me sucedió al contrario que a la mayor parte de músicos: lo habitual es que en casa recelen de tu vena artística y te supliquen que estudies también alguna cosa seria…”.

En su caso, que lo del piano iba muy en serio empezó a quedar claro, ya decíamos, desde tempranísima edad. Y Moisés lleva planteándose casi desde entonces el dilema de si es bueno que un niño se involucre de esa manera en una actividad tan sacrificada, antes incluso de aprender a leer y escribir. “Tocar fue desde el principio una obligación que no me podía saltar”, rememora, “y eso acaba suponiendo un esfuerzo psicológico muy grande. En octavo de EGB, con 13 o 14 años, llegaba del cole a las cinco de la tarde y sabía que debía sentarme al piano, ineludiblemente, desde las cinco y cuarto hasta las ocho. Los conflictos, sobre todo con mi padre, eran inevitables: miradas, enfados, gestos… Pero ningún proceso es perfecto, y hoy a mis padres les estoy eternamente agradecido”.

Por el camino, qué remedio, quedaron orilladas otras facetas. Sánchez fue un futbolista habilidoso, aunque recordarlo le produzca un pudor intenso. Llegó a jugar a los 18 años en categoría Preferente con el Toledo de Mejorada del Campo, pero los viajes a costa de la música le obligaron a colgar enseguida las botas. Y tampoco tiene descendencia, una decisión difícil pero “plenamente consciente”. “No me ha dado tiempo a ser padre. Mi pareja tiene una hija, pero yo no me he visto encauzado en esa dirección”, se sincera.

Con la música, sin embargo, sí que ha contraído un compromiso vitalicio. Y de dimensiones abrumadoras. Además de su media docena de trabajos en nombre propio, le contemplan adaptaciones muy valientes de Bach o La consagración de la primavera (Stravinsky), un sinnúmero de colaboraciones en álbumes ajenos y la producción de obras muy diversas, incluso inesperadas: desde la canción andaluza de Valderrama (Ambrosía) a Los viajes inmóviles, del rapero alicantino Nach. “El eclecticismo es necesario. No tengo líneas rojas por géneros musicales, sino hacia aquellos mensajes en los que no creo”, argumento. “Por eso no podría trabajar con el reguetón, porque no me gustan sus letras. Y tampoco, en general, con ningún artista en el que prime lo visual sobre lo auditivo. Yo amo la música; los videoclips o las vestimentas me dan más igual…”.

En estos cuatro días en el Café Central (hasta el domingo 2), un escenario que frecuenta desde hace cuatro lustros, ha preferido centrarse casi en exclusiva en ese nuevo elepé con el que decidió soplar sus 40 primeras velas. Su propio título (traducido: “Siempre nos quedará la locura”) ya constituye toda una declaración de principios. Y un buena argumento para finiquitar la charla con nuestro apasionado interlocutor. “Al ser humano siempre le fascinó y aterró la locura: es imposible la indiferencia. La locura ha propiciado los momentos más atroces de la humanidad, pero también alguna idea maravillosa. Mira El jardín de las delicias, de El Bosco: ¿cómo alguien pudo mirar el mundo con semejante clarividencia en torno al año 1500?”. Y concluye: “La creatividad enloquecida es casi una salida de emergencia, una reacción a los tiempos que vivimos”. Esos mismos que a Moisés P. Sánchez, y a quién no, le tienen tan confuso.

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Fuente: El Pais

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