Narendra Modi va a repetir curso, con todas las asignaturas pendientes de su primer mandato. Los indios han decidido darle una segunda oportunidad, pese a que casi nada de lo que prometió hace cinco años se ha materializado. Como en otras latitudes, el populismo identitario, la polarización sectaria y el derechismo más militarista y desinhibido, han sido premiados por una parte importante del electorado. El sistema electoral copiado del británico -en el que sale elegido el candidato más votado de cada circunscripción- poco apropiado para un país con tantas minorías, ha hecho el resto. En estados como Rajastán, donde el BJP perdió las elecciones hace cinco meses, ahora se ha llevado todos los escaños en juego, 26/26, por la disgregación de la oposición.






Incomparecencia del adversario

Mientras tanto, el Congreso Nacional Indio (CNI), con casi el 28% de los votos obtiene poco más del 9% de los escaños. Aunque el bloque anti Modi suma el 55% de los votos, el BJP se ha llevado el gato al agua con claridad. 300 diputados -a los que hay que sumar medio centenar de aliados- de un total de 543. Y ello gracias a la ausencia de grandes pactos preelectorales, más allá del suscrito por el BSP de los parias de Mayawati con el Partido Samajwadi (Socialista) de los Yadav -que no quisieron extender al CNI- con el que han aguantado el chaparrón en Uttar Pradesh. Si la penetración del BJP en este gran estado fue la noticia de hace cinco años, esta vez lo es su buena entrada en Bengala Occidental, con el Trinamul de Mamata Banerjee a la baja y los comunistas definitivamente desaparecidos en combate.

Con todo, el sur del Sur -Tamil Nadu, Kérala, Andhra Pradesh- se le sigue resistiendo al BJP, como algunos pequeños estados del Nordeste, el Panyab y el valle de Cachemira. Aunque India es un patchwork, si durante décadas el CNI fue lo más parecido a un partido panindio, desde hace más de un lustro el BJP ocupa esa posición, porque su columna vertebral, los brahmanes, también lo son.

Dicho sea de paso, Narendra Modi repite curso, en parte, por incomparecencia del adversario. El CNI, firmemente en el poder a principios de esta década, lo tenía entonces todo a favor para pilotar un relevo generacional sustantivo. No fue así. De hecho, Sonia Gandhi, que ganó contra pronóstico las elecciones de 2004, instaló en el poder a un anciano economista, con poca voz y sin hijos varones, Manmohan Singh, para calentarle el asiento a Rahul Gandhi, que sin embargo, formalmente, ni siquiera era cabeza de lista. Todo aquel que pudiera hacerle sombra al nene fue puesto en su sitio por la Mamma. Si se descuida un poco, el joven Gandhi se estrena ya cincuentón.





El antiguo mozo de tetería, Narendra Modi, ha ganado porque se parece mucho más al indio medio que Rahul Gandhi, hijo, nieto y bisnieto de primeros ministros -el instinto político de la saga Nehru-Gandhi, además, parece haber disminuido un grado con cada nueva generación. Modi les habla en su lengua y con gran eficacia. Sus prejuicios son los suyos. India para los hindúes.

Si la política india siempre tuvo algo de partido de cricket, en la era de los canales de información 24 horas -en India los hay a decenas, en todas las lenguas- esto se ha acentuado. A Modi la pelota de partido le llegó en el momento oportuno, casi en el arranque de campaña. Cabe recordar que entre finales del año pasado y principios de este, el BJP era un muerto viviente, después de ser desbancado por el Congress en un solo día en tres de sus feudos, en las elecciones en los estados de Rajastán, Madhya Pradesh y Chhatisgarh.

Pero en febrero, con el atentado contra antidisturbios en Cachemira -más de cuarenta muertos- habría de llegar el desquite. Al cabo de pocos días, un caza indio penetraba en territorio de Pakistán -algo que no sucedía desde 1971- y lanzaba algunos proyectiles en tierra de nadie, pero cerca de lo que era, desde hacía más de una década, una mezquita usada por los fedayines de Jaish-e-Mohammad. En cuestión de minutos, los medios indios empezaban a dar la cifra de “trescientos veinte terroristas” abatidos durante el ataque, sin ninguna prueba. Quien las pedía en un plató era automáticamente tildado de traidor y acallado a voces. Sin embargo, era todo mentira. Mientras, el abatimiento por error de un helicóptero indio por parte del propio ejército indio -seis muertos- era maquillado, mientras que el abatimiento de un caza indio por parte de los pakistaníes -que devolvieron al piloto en veinticuatro horas- terminaba convirtiéndose en la consagración televisiva como héroe del perdedor.





La densa neblina de una guerra de laboratorio y con gaseosa. Oportuna porque Modi prometió crear decenas de millones de empleos, pero en realidad, ha destruido empleo, sobre todo industrial. El paro está al nivel más alto en cuarenta y cinco años, especialmente entre los jóvenes. Por no hablar del trauma de retirar de la noche a la mañana del curso legal los billetes de 500 rupias -probablemente para evitar la compra de votos por parte de sus rivales en las elecciones de Uttar Pradesh, pocas semanas más tarde.

Modi ha recortado los ya exiguos presupuestos educativos y sanitarios, en provecho del escasamente supervisado sector privado, mientras inflaba el presupuesto de Defensa, hasta convertir a India en el primer o segundo importador de armas del mundo, según el año -también en este caso de forma polémica, en provecho, por ejemplo, en lo que se refiere al manoseado “contrato del siglo” de adquisición de cazabombarderos Rafale, de la empresa de Anil Ambani, partenaire impuesto pese a su falta de experiencia en el sector.

El BJP ha ganado porque es el partido más rico, con gran diferencia -y en muchas partes de India los votos están a la venta- y es el partido más rico porque el dinero de Bombay y de la exportadora Guyarat están con Modi. Como lo está la ultranacionalista diáspora india en EE.UU., a menudo guyaratí y más a menudo todavía perteneciente a las castas altas profesionales pero sin formación humanística que adoran el pim pam pum de Modi.





Pese a los cohetes, la Bolsa de Bombay terminó el día peor que como lo empezó (-0,76%), lo mismo que la rupia. E igual que la India. Sin un proyecto de ciudadanía, la brecha con China seguirá agrandándose -en la calidad y esperanza de vida, en el nivel educativo, en la igualdad entre sexos- y con ella, el desprestigio de la democracia en Asia y en el Sur global.








Fuente: LA Vanguardia

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