La portavoz del Gobierno catalán, Meritxell Budó, el 11 de junio. En vídeo, el momento en el que se niega a responder en castellano. Europapress

Quizás por una repentina nostalgia de mis comienzos periodísticos, en los que me convertí en la primera mujer que entró en el vestuario del Barça (entre los gritos de Cruyff y el susto de jugadores que se tapaban como podían), decidí ver hace unos días el reportaje conmemorativo de la Recopa del Barça en Basilea. Se cumplían 40 años. Con su pelo blanco, renqueantes de tanta patada recibida, aparecían tres ídolos de mi juventud, Asensi, Reixach y Sánchez. Orgullosos de sus correrías, recordaban aquella época. Reían y hablaban, sin pelos en la lengua, entremezclando catalán y castellano.

El mismo año en que ellos ganaron la Recopa (1979), Cataluña consiguió el traspaso de las competencias en política lingüística. Se trataba de acabar con la diglosia, la preponderancia de una lengua dominante (el castellano) sobre otra (el catalán) que desde 1939 había sido condenada al entorno privado. Han pasado cuatro décadas desde la Recopa y el traspaso y caminamos hacia la diglosia contraria. Hoy nos quieren convertir en un país que dejó de existir en el siglo XVI, en una Cataluña monolingüe.

El Gobierno de Torra, empeñado en que los ciudadanos pierdan un idioma y una cultura que nos es propia, quiere imponer el catalán como lengua única, demonizando el uso del castellano; que la portavoz de su Gobierno, Meritxell Budó, se niegue (en catalán) a responder preguntas (en castellano) porque “no se han hecho antes en catalán” cuesta de explicar. Los motivos son tan enrevesados como mi frase anterior.

En 1983, el Parlament aprobó la Ley de Normalización Lingüística, con 105 votos a favor, ninguno en contra y una abstención, la del carlista leridano Joan Besa Esteve. Los ciudadanos de entonces pensamos que el objetivo era salvar el catalán de su proceso de desaparición, asegurar que fuera cooficial y enseñarlo en la escuela a nuestros hijos. Besa, con quien hablé años después, me confesó que nunca creyó que iba a ser el único en discordia. “Esa ley”, me dijo, “ha sido el gran éxito político de Jordi Pujol para nacionalizar el país y avanzar, a través de la educación, hacia la independencia”. Pensé que exageraba.

Ha pasado el tiempo y la inmersión lingüística de nuestros hijos y nietos es absoluta. Todas las clases de la escuela pública o concertada, con excepción de las que enseñan “otras lenguas”, son en catalán. En castellano se dan dos horas a la semana durante la primaria y, teóricamente, una más en secundaria. Todos los nacidos después de los ochenta han sido “normalizados” en catalán.
Mi aprendizaje de esa lengua, en los sesenta, fue absolutamente informal, con la colección de la revista Patufet que guardaba mi abuelo y cantando, con mi abuela al piano, el Cant de la Senyera y el Rossinyol que vas a França. Una tarde cantó tan alto que llamó la portera, la señora Carme, a avisarle de que una vecina se había quejado, temiendo que fuéramos a meternos en un lío. No nos metimos. Ella siguió cantando en la lengua que le daba la gana.

A pesar de la normalización, el 99 % de los catalanes entiende el castellano y el 96,4% lo habla sin ningún problema, somos bilingües; quizás porque el castellano sigue siendo la lengua materna del 55% de los catalanes, mientras que el catalán lo es del 32%. El número de personas absolutamente bilingües continúa aumentando, lo hace en todo el mundo, donde las palabras no tienen fronteras digitales. Y no, no será el inglés nuestra segunda lengua por más que intenten convencernos algunos soñadores de la independencia.

Las lenguas maternas, las que se aprenden y se llenan de acentos, expresiones y vivencias en la infancia, no se extirpan de cuajo de nuestro cerebro ni de nuestros sentimientos, por muchas leyes que se dicten en dictadura o en democracia; como tampoco olvidamos las palabras de quienes se fueron ni los cuentos o poemas leídos en su idioma original.

Decía Fernando Pessoa, escritor portugués que escribía en la única lengua de su monolingüe país, que su patria era el portugués. Mi patria son dos lenguas, el castellano y el catalán, aprendidas de padres y abuelos en un parque de Albacete, en las playas de Casteldefels, en patios de colegios o en mesas navideñas donde las palabras siempre se mezclaron sin normas ni complejos. Seguiré hablando para que me entienda mi interlocutor, porque puedo y sé, sin convertir un idioma en arma arrojadiza o en asignación política. Y rechazaré el despido de un ciudadano o el cierre de su bar, de su vida, por dirigirse a un cliente en español o catalán. No podemos volver atrás y convertirnos en inquisidores lingüísticos.




Fuente: El Pais

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