Hace más o menos 14 meses que Metallica batieron el récord de aforo del WiZink Center. El pabellón madrileño recibió durante dos noches a 16.700 personas para ver a la banda de Los Ángeles y, para entender la dimensión del grupo, basta decir que apenas un año después han despachado otros 68.000 tickets en Madrid para su concierto del domingo en el recinto de Ifema-Valdebebas (en Barcelona, con un aforo similar, quedan algunas entradas para el Estadio Olímpico). Aquella gira presentaba un enorme despliegue escenográfico que justificara el desembolso y que incluían un centenar de drones y que estaban relacionados con el concepto de su último álbum de estudio, «Hardwired… to self Destruct» (2017) cuyo mensaje es el de que la tecnología nos somete. Para la presente gira, «Worldwired Tour», el derroche visual será similar, porque el tour se desarrolla en recintos de gran aforo y al aire libre. Por cierto que, en 2018, la banda de metal más importante de las últimas décadas rendía algunos homenajes musicales, entre ellos, a Enio Morricone y en el caso de los ídolos locales, en Madrid eligieron el «Vamos muy bien» de Obús.

Dos polos opuestos

Como ya contaban en el documental «Some Kind of Monster», el equilibrio emocional y psicológico en el grupo de Los Ángeles nunca ha sido fácil. James Hetfield y Lars Ulrich componen los dos polos de la batería que alimenta al grupo. El primero, por su carisma y presencia; el segundo, por su talento y mentalidad germánica (aunque sea danés de nacimiento), pero ambos chocando habitualmente por un gran abanico de razones y con consecuencias que van de la agresión física a retirarse la palabra. La suya es la vieja historia del ni contigo ni sin ti que tanto se da en las bandas más famosas del mundo. Hoy en día parece que esas luchas están superadas y que la madurez del grupo, aunque no se ha traducido en un trabajo al nivel de sus mejores momentos, al menos sí que ha facilitado la armonía interna.

En su gira de grandes recintos mantienen algunos temas de su último trabajo pero dan algo más de espacio a temas clásicos y en su repertorio suelen aparecer «Seek & Destroy», «The Unforgiven», «From Whom The Bell Tolls», «Creeping Death» y por supuesto una traca final con «Sad But True», «Master of Puppets», «Nothing Else Matters» y «Enter Sandman». Metallica surgieron en Los Ángeles como la reacción a la escena «glam rock», que tanta fuerza tuvo en California a finales de los 80. Grupos de heavy con el pelo cardado, pantalones ajustados y purpurina que no encajaban con la mentalidad de los jóvenes que preferían zapatillas de deporte. Pero ni Ulrich ni Hetfield eran proletarios sino hijos de la clase acomodada (el primero de tenista famoso y el segundo de empresario y cantante de ópera), y por ello supieron hacer discos con una oreja en la tradición heavy y con otra en las corrientes y las modas, a veces más cerca del grunge, otras más experimentales. Incluso tuvieron el suficiente buen gusto para pedirle a Lou Reed colaborar para «Lulu», el disco que sus propios fans recibieron de uñas pero que para el resto supuso un experimento más que interesante. El caso es que se han sobrepuesto al despido de miembros del grupo, fallecimientos, adicciones y grandes bajones. Pero están en forma… y nada más importa.




Fuente: La razon

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