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Medusa Sunbeach: la ciudad de los niños perdidos | Cultura


Una amiga trabajó durante un tiempo de payasa en cumpleaños infantiles. Una tarde, una vez terminado su show, se dispuso a comer un bocadillo a solas, sentada en la parte trasera del chalet en el que se celebraba la fiesta. Un grupo de niños, llevados por el juego, la sorprendieron allí, y, por hacer la broma, tiraron de su peluca de payaso. Cuando esta cedió, y bajo los rizos verdes apareció lo que a sus ojos era una mujer normal, el espanto fue mayúsculo. Un niño, aterrado, gritó: “¡¡¡Es una madre!!!”. Y todos salieron corriendo despavoridos. Ese es el terror que me atenaza nada más cruzar el cañaveral y el infinito camino de polvo embarrado que llevan al País de los Niños Perdidos. Sé que este festival me pilla mayorcísima, casi anciana. Siento mis huesos crujir mientras, a mi alrededor, pandillas que rozan los 15 se dirigen hacia La Luz con los torsos adornados de símbolos dorados. Cuando finalmente, tras pasar por descampados y humedales repletos de chiquillada magreándose —y dos directamente follando— entro en el recinto del Medusa Sunbeach, soy oficialmente una abuela. Y solo espero que no me arranquen la peluca.

En realidad, pese a los diez años de diferencia que me separan de los miembros más mayores del Medusa, estoy en el estado perfecto para asistir a este tipo de festival: he cruzado en diagonal en el Sonorama, la zarzuela de Madrid y un diminuto festival cuasisecreto en un pueblo de Soria. Estoy curtida en kilómetros y estímulos dispares. He presenciado cómo una señora defendía a capa y espada que lo que Diego el Cigala bebía durante el concierto del Sonorama era Aquarius, he recibido emails amenazantes por haber dicho que la zarzuela era un género que estaba en los estertores, he pillado pulgas en el campo. Y he llegado hasta aquí indemne. Es el momento perfecto para la destrucción.

Cullera es un reducto de turismo desaforado, una ciudad excesiva, que, sin embargo, se menea con orgullo y salero. Cullera es el gofre más grande que rezuma el sirope sintético más dulce y con más E-330, un cartel luminoso obsceno que anuncia algo muy gratis, un helado de varias bolas en las que todas saben un poco a lo mismo, un señor defendiendo con retranca que las letras blancas que rezan “CULLERA” en una de las colinas que se ven a la entrada de la ciudad es muy anterior a las famosas letras hollywoodienses. Y el Medusa es el festival que coge el gofre gigante, el sirope, el letrero luminoso, la energía desaforada de la gente, el optimismo sin límites y el instinto sexual depredador de la chavalada y los comprime en un solar, en casi 70 horas de música electrónica, techno y remezclas que rozan lo inaudito (¿Es Bella Ciao lo que oigo corear a estos quinceañeros de torso desnudo y bandanas en la frente?). Esta mezcla germina alimentada por el vapor denso de los humedales que lo rodean y da lugar a una orquídea que huele a Red Bull y sudor.

Hay escenarios que surgen del interior de la boca de un inmenso pájaro de cartón piedra, hay varios ritmos que se entremezclan y hacen vibrar el polvo del suelo, que nunca llega a posarse y se queda suspendido hasta la altura de nuestras rodillas. Y hay, como no podía ser de otra manera —aunque parezca un Marina d’Or para niños malcriados, es puro Valencia— atracciones de feria extremas, fuegos artificiales estruendosos, escenarios que expulsan llamaradas al mismo ritmo al que retumba la música. Al fondo, se alza el imponente escenario principal del Medusa (100 metros de largo por 30 de alto), una catedral de futuro distópico regido por ministras medusas. Y, como toda ciudad, tiene su alcalde tirano, su pequeño genio que aparece y hace estremecer al pueblo. Esta suerte de Mago de Oz es David Guetta, con su rostro filtrado en luces verdes siendo proyectado en las inmensas pantallas del escenario al mismo tiempo que pincha. Y 300.000 oompa loompas en shorts, bien alimentados a base de bebidas energéticas, siguen sus órdenes.

Guetta no deja de ser un sofisticado dj de bodas quinceañeras, un mago listo que sabe cómo dirigir a los cerebros de la cultura de la inmediatez y el TDAH. Los ciclos entre tema conocido (los temas van del Bang bang de Nancy Sinatra a The Cranberries, pasando por hits más actuales como el One more time) e intermedio rítmico de subidón son muy cortos. Subida y bajada van casi juntos, no hay tiempo para esperas. Pero están tan contentos. Si los miro fijamente, casi puedo sentir todos los tatuajes de los que se van a arrepentir. Solo en las cuatro primeras horas he visto versiones permanentes de tinta sobre piel de las tres carabelas de Colón (?), una cobaya metida en un tarro (??) y una tribu entera de indios americanos avanzando por una espalda musculada de menos de 18 años de edad (???). Entonces Guetta introduce en su mezcla I got a feeling, de Black Eyed Peas y una chica grita: “¡Eh! ¡¡¡Esta es de la infanciaaa!!!”. Me río a carcajadas. Yo estaba terminando la carrera cuando se puso de moda esa canción. La pinchaban en las bodas en las que trabajaba de camarera. El cocinero nos daba Ritalin para que nos concentráramos estudiando. Pero las dos nos emocionamos de forma parecida. Me toma la mano, me la alza y bailamos juntas. Y, de pronto, tengo amigos.

Cuando abro los ojos, amanece y estoy en el infierno, que se parece sorprendentemente a la playa de Cullera. Una madre runner y su hijo de cinco años, que la sigue vestido de la misma guisa que ella, me miran al pasar. Cuando se alejan un poco, el niño pregunta: “Mamá, ¿qué le pasa a esa señora?”.




Fuente: El país

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