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Mayte Martín, esa maga | Cultura


La cuarta gala de la 57 edición del Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión (Murcia) traía la presencia de dos artistas con distinta visión del cante, edad y hasta procedencia geográfica: la primera, Mayte Martín, nacida en el ángulo norte oriental de la Península, en Barcelona, y la otra, Argentina, en el extremo sur occidental, en Huelva.

Sin embargo, hay entre ellas, como en muchos y muchas de las generaciones post mairenistas, puntos en común que las unen más que la separan. De hecho, la artista onubense, que actuó en segundo lugar, declaró como un honor compartir escenario con Mayte, pues en los discos de la catalana, según confesó, aprendió los primeros cantes, es decir, la reconoció como una de sus maestras.

Fue una noche de excelente flamenco, pero es preciso detenerse un momento, como tantas veces, ante ese estuche de fragancia, ante ese pequeño joyero que es la voz delicada y bellísima de Mayte Martín. Una voz que parece delgada, “amistelada” y dulce, pero que al final resulta de una rotundidad que es difícil de encontrar en el panorama del flamenco. Una voz que te va embaucando, hechizando.

Muy frágil se llamó, precisamente, el primer disco de Mayte, que fue presentado también en este festival a principios de los años noventa. Aquí obtuvo igualmente la Lámpara Minera en 1987, por eso quiso evocar los buenos recuerdos que tenía de este escenario, al que ha vuelto con cierta frecuencia, y agradecer el cariño y calor que entonces tuvo de La cantaora unionense Encarnación Fernández (dos veces ‘Lámpara Minera’ del certamen) y de toda su familia.

Es fatigosa la letanía de una parte de la afición sobre Martín: “es muy fría, es distante…” Está bien, quizás Mayte no es sobre el escenario la alegría de la huerta, no cuenta chistes, no hace gestos fáciles para el público, no va de graciosa; puede que sea un poco árida y poco parlanchina. Pero, visto con rigor, ¿cómo se puede decir que su cante es frío cuando es puro estremecimiento poético, una delicada jondura sin parangón?

Y el público, sea experto o no, así acaba entendiéndolo. Su actuación, engrandecida en cada minuto sumado sobre el escenario, sin aspavientos, sin falsas rasgaduras de camisa, poco a poco, sin prisas pero ensimismada y convencida de su alto valor, acabó poniendo al público en pie. Y esta vez sí, el viejo mercado público se vino abajo.

Y Argentina. Otra concepción del cante y de la música y también otro estar sobre el escenario. Para empezar, la acompañaban varios músicos, entre ellos los magníficos “Los Mellis”, imprescindibles ya para los artistas de Huelva, mientras que Mayte había actuado con el único acompañamiento de un guitarrista, algo ahora difícil de ver sobre los grandes escenarios.

Como buena cantaora joven, algo común en las últimas generaciones, su formación tiene trazos académicos ( por ejemplo, la Fundación Cristina Haeren de Sevilla, donde coincidió con Rocío Márquez), ha bebido de discografía, ha escuchado músicas más allá del flamenco, tiene el gusto por la poesía contemporánea… Y, al margen de todo eso, ha bebido también de su tradición local y, sobre todo, posee una magnífica voz, enérgica y flamenca que se ha ido agravando con el tiempo.

Argentina, que triunfa ya en todas partes con reconocimientos internacionales, ha sacado este año nuevo disco, que, como casi siempre en ella, es temático, en esta ocasión está dedicado a la vida del artista, y en él visita otras geografías, otros sonidos, o moldea con creatividad a los ya clásicos del flamenco.

Algunos de esos temas los fue desgranando sobre el escenario con una conmovedora actitud de amor hacia el cante. Abordó palos que ya no se escuchan mucho, como la serrana, o esa jabera (eso me pareció) con la que cerró la tanda de malagueñas y abandolaos. En fin, Argentina puso un cierre brillante a una noche mágica en La Unión. El hechizo, el señuelo, había sido puesto antes por Mayte Martín.




Fuente: El país

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