P. ¿Por qué le pareció que volver al público con un programa en RTVE sería buena idea?

R. Tuve un montón de propuestas, más que nunca, en los últimos años. Si me gusta una, la acepto. Lo que me gustó de esta es que es un programa matinal sin sucesos ni política; o sea, hablar de las cosas normales de la vida, de actualidad, desde un tono elegante y divertido. Un sueño de programa. Este país está lleno de fuego, de declaraciones, de hablar por hablar. Creo que debemos bajar el tempo y la fuerza del gas.

P. Desde que saltó la noticia de su regreso, se ha publicado su sueldo (46.800 euros por un trabajo de dos meses, algo que por otro lado cae en la media de un presentador del ente público). Otro medio, las enfermedades que ha sufrido desde que dejó el ministerio. ¿Preveía algo así cuando decidió volver a asomar la cabeza?

R. No es lo malo que lo hagan y no me quita el sueño. No es lo mismo la tensión de hace año que la de ahora, como tampoco es lo mismo la atención de hace año que la de ahora.

P. ¿Ha leído que en los mentideros se considera este programa como una recompensa del gobierno por su discreción?

R. No tengo que justificarme. He estado 20 años en televisión, he trabajado en la RTVE de Rajoy y en el Canal Nou de Zaplana y Camps. Decir eso es una osadía.

P. ¿Pensó si habría algún lugar más elegante al que volver que RTVE?

R. ¿Cómo justifico volver a mi trabajo, a lo que he hecho siempre? No me he ido a dirigir el Instituto Cervantes de Nueva York, o de Tokio, lo cual sí sería una recompensa. He pasado 20 años en televisión. Podría volver a escribir libros, con los que me va muy bien y disfruto. Pero vuelvo a lo que he hecho siempre, a la televisión, que es un lugar fascinante. Creo que eso le resuelve cualquier duda a cualquier mente malintencionada.

P. ¿Llegará el día en el que dejen de escrutarle?

R. A mí no me importa que me recuerden que he sido ministro de Cultura y Deporte. Volvería a decir que sí si me lo propusiesen. Que me recuerden que estuve en el ministerio me gusta.

P. Pero le pasan por el rodillo.

R. Sé que todo se cuestiona y se mira más, pero el pulso de la calle siempre es bueno. Las dos España no son de las que hablamos siempre: es una en los medios y en las redes, y otra, que se nos está olvidando, en la calle. Esa es muy generosa conmigo. El público general no es tonto. De eso me he dado cuenta en este periodo de mirar. La calle no tiene esos prejuicios. También creo que prestamos demasiada atención a cuatro hashtags. Hay que mirar más a la calle. Ir al metro, al bar, a la plaza, a ver lo que se habla, no a tirarnos al sofá a leer tuits. Ves titulares como “España arde con este tema”. Y son dos mil comentando. En España somos 47 millones de personas.

P. ¿Considera sobrevaloradas las redes sociales?

R. Hay que volver a los medios; a los hechos y no las opiniones, a elpais.com y no redsocial.com. Estamos creando una sociedad de gente que repite mantras y consignas de otro. Repetir la opinión de los popes de Twitter nos hace perezosos, lacios.

P. ¿Qué más ha aprendido en este periodo “de mirar”?

R. Que me preocupa más la salud de mis amigos y familiares que otra cosa. Vivo en un constante 22 de diciembre: lo importante es la salud. Mi padre murió hace casi dos años y ahí es cuando dices “ya está, no he venido aquí a pasar a la historia, sino a disfrutar”.

P. Ese periodo de digestión de sus seis días de ministro le llevó, según cuenta usted, a sufrir agorafobia.

R. No podía venir a Madrid. Me sentía mejor en mi microcosmos. Luego vine y me di cuenta de que me echaban de menos. El miedo, todos los miedos, está en ti. Pero vamos, estaba mejor en mi pueblo con mi madre, mi perra y mi novela. Quizá porque yo soy de pueblo.

P. ¿Siente que le cuesta esta segunda oportunidad?

R. Todos merecemos una segunda oportunidad, y estar felices en nuestro trabajo y todos merecemos que nos vaya bien, yo, mi amiga la camarera y tú. Merecemos equivocarnos, resurgir, probarnos. Errores y aciertos, eso es la vida.

P. También le cuesta que le recuerden menos por su trabajo presentando el corazón con Ana Rosa y más por estar al frente de los informativos de Telecinco.

R. No pasa nada. Yo sé mi biografía. Tener que justificarme es agotador. He hecho prensa comarcal, local, redactor en Canal Nou, jefe de política. El 11-S me pilló en la redacción, de presentador. He sido corresponsal. ¿Quieren recordarme cómo presentador del corazón? No me importa.

P. En el programa y en su último libro se ha cambiado el nombre, de Màxim a Máximo, lo cual da una sensación de ruptura con el pasado.

R. Me pusieron Màxim cuando empecé en televisión, porque así valencianizabas, era hacer país, fer país. Yo soy Máximo desde 1971, y no me importó aquel cambio. Pero vengo de una racha en la que he estado como un avión sin pista de aterrizaje, y mi familia ha sido mi pista. Así que recuperar la O, para el resto ha sido raro, pero para mí ha sido lo normal. Máximo es mi nombre en el DNI, en los billetes de avión, de tren, en la tarjeta de crédito, en los correos electrónicos. Para mí no ha habido cambio. Además, la gente nunca aprendió a pronunciar Màxim [en valenciano se diría Máxim, cuando a él se le llama Maxím, como el nombre francés].

P. Parece que intenta abrir una nueva época.

R. Sí, no sé, como quieras. A mí me apetecía. Mi padre murió hace casi dos años y me apetecía recuperarme. ¿Es una segunda etapa? Pues ojalá.

P. Entre el cambio de nombre y el título de su programa, A partir de hoy…

R. Bueno, es que reinventarse es sanísimo.

P. ¿Siente que con este retorno tiene algo que demostrar?

R. Entiendo que se me cuestione mucho más. Si yo estuviese en el otro lado, también entendería que anden pendientes lo que hago.




Fuente: El Pais

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