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Marlango, plastilina de colores


Marlango les parecía demasiado solemne y aburrido hacer una gira de voz y piano. «Pensábamos que era un ”lomo” y que la gente iba a salir espantada del concierto. Nos negábamos sistemáticamente cada vez que surgía la propuesta», cuenta Leonor Watling, la mitad de Marlango junto a Alejandro Pelayo. Aceptaron, a regañadientes, hacer un concierto en ese formato y terminaron saliendo así 140 noches, todas y cada una de ellas diferente de la anterior, sujeta a la sorpresa, abiertos a peticiones, a versiones de temas que ni sabían que sabían tocar (más o menos). Y de tanto salir a actuar sin red surge «Technicolor», el nuevo disco del dúo (que presentan en Madrid, el 23 de octubre; en Huelva, el 25; en Barcelona, el 28 de noviembre y en Valladolid, el 7 de diciembre) en el que, ya de entrada, hay dos víctimas, el bajo y la guitarra. «Esa sí que fue una decisión a priori, porque nos planteamos como objetivo para este trabajo alejarnos del pop. Concebimos el disco como la banda sonora de una película, o más bien como 10 bandas sonoras cortas, como música para unos ”tráilers”, de manera que cada uno tuviera su vida, su estilo y su desarrollo», dice Watling.

Llegar a un lugar mejor

«Al final te vas dando cuenta de que siempre escribes la misma canción, pero que, al colocarla al lado de cosas distintas, es decir, principalmente de las letras, separas cada tema de la gran bola de plastilina de la que sale todo –dice Pelayo–. Son las palabras las que hacen las historias y si quitas a la cantante y letrista, te sale nada más que la misma gran bola de plastilina una y otra vez. Y claro, si además los textos no imponen el significado sino que sugieren algo, te la dejan botando para que marques gol o la tires fuera, pero que siempre sea el que escucha quien decide qué quiere decir una canción». De lo que no cabe duda es de que hay un temperamento que es marca de la casa. «En nuestras canciones existe ese estilo de nostalgia que yo siempre defino como ”está empezando a llover”. Aquí puede sonar a deprimente, pero si eres del norte entenderás que eso no es negativo, sino que a veces llueve, los turistas se van, se abre el cielo, y te queda una tarde preciosa para ti. Son sensaciones que no llevan la pena o la tristeza, sino una temperatura de color que es agradable», explica Pelayo con un símil fotográfico. Por eso, mantienen un propósito que han aprendido después de reinventarse en el dúo en directo sin sentir complejos por lo que el público pueda pensar de antemano. «Trataremos de justificar un recorrido por nuestro repertorio en la gira, que esta vez no estará abierto a improvisaciones, pero en el que se pueda contar una trayectoria, una en la que arranques el concierto en un lugar y lo termines en otro mucho mejor. Nuestro objetivo es que quede abierta una puerta a la esperanza y a la alegría, porque pienso que como músicos tenemos ese cometido. Si no es para estar mejor, ¿para qué vas a un concierto? Es una herramienta muy poderosa para intervenir en el estado de ánimo de la gente», añade el pianista.

La composición del disco obligó al dúo a trabajar por separado. «Para no caer en los automatismos, en los lugares comunes de tantos años haciendo lo nuestro. Nos ayudó mucho Vicent Huma, el productor, a evitar dar el siguiente paso lógico», comenta Watling. Descartaba por sistema la primera idea, la que por naturaleza se presentaba sin ser llamada. «Al final aprendes que muchas canciones que crees que lo son, en realidad son escalones que tienes que subir para llegar a la canción. Son partes, fragmentos, pasos que valen para un tema y que no los tiras a la basura si no los utilizas, sino que vuelven al bol gordo de plastilina y te servirán otro día», añade Pelayo, que aún tiene otro símil bueno para describir su trabajo: «Nuestras canciones en general se comportan mejor cuando no las obligas. Son como esos niños que a su bola están bien y cuanto más, mejor. Nosotros solo las acompañamos… pero no queremos imponerles obligaciones sino que sean libres».

En blanco y negro

El disco se llama «Technicolor» pero el sonido es clásico, de aroma antiguo, de blanco y negro: «A estas alturas todo el mundo sabe que no hacemos música de baile», dice Pelayo. «No pensamos que haya algo que no vaya a entender nuestro público. Les tratamos como a adultos», añade Watling.

Dónde: Teatro Rialto. Gran Vía, 54. Madrid.

Cuándo: martes, 23 de octubre. 21:00 horas.

Cuánto: desde 30 euros.




Fuente: La razon

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