Un día de 2008, Marie entró en la comisaría de Lynnwood (EE UU) y denunció que la habían violado. Tenía entonces 18 años. Dijo que un hombre blanco, de más de un metro y setenta, irrumpió en su casa, la amenazó con un cuchillo, la amordazó y abusó de ella. Durante la semana siguiente, repitió varias veces sus recuerdos a la policía: ofreció más detalles —su agresor era delgado y llevaba una sudadera gris—, aunque también alguna contradicción. Suficiente para que su madre adoptiva dudara y trasladara su escepticismo a los investigadores. Los interrogatorios se volvieron más agresivos y Marie, más timorata. Finalmente, la joven confesó que se lo había inventado todo, en busca de atención. Se disculpó, su historia acabó en la prensa y un amigo le llamó indignado: “¿Cómo pudiste mentir sobre algo así?”. De golpe, el mundo de Marie se puso del revés: la acusada era ella. Y se enfrentaba a un año de cárcel, por una presunta denuncia falsa. Su relato, sin embargo, no podía ser más verdadero.

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Fuente: El Pais

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