Eran las tres de la madrugada y todos parecían dormir cuando Marie Bovo (Alicante,1967) llegó a un campamento ilegal de gitanos en Les Arnavaux, Marsella. Bajo la oscuridad de la noche aún se distinguían las destartaladas chabolas. En su exterior permanecían a la intemperie algunos objetos y los restos de la cena. Las vías, por las que no hace muchos años recorrían a diario los trenes, aparecían cubiertas por raídas telas. Tras decidir donde posar su cámara de gran formato, y debido a la escasez lumínica, la fotógrafa necesitó tres horas para obtener su primera toma. A medida que avanzaba la noche se extinguía el reflejo de las luces de la ciudad. Llegó un momento en que no podía ver nada. La oscuridad lo invadía todo. “¡Era demasiado oscuro! Trabajé de forma intuitiva confiando en la ‘generosidad de la tecnología’, y en la cámara que no necesita ver”, recuerda la autora en Nocturnes, un monográfico publicado por Editions Xavier Barral que sirve de catálogo a una exposición, que bajo el mismo título puede verse hasta el 23 de agosto en la Fundación Henri Cartier-Bresson de París.

Son 35 las piezas de gran formato que, pertenecientes a cinco series fotográficas y realizadas entre 2008 y 2020, se exhiben en la sala. Junto a ellas, se proyectan dos películas de vídeo. La totalidad de la obra ha sido realizada durante la noche. “La fotografía nocturna implica largos tiempos de exposición, y uno de los efectos de esta larga exposición es que, junto a la luz, el tiempo se convierte en parte de la ecuación”, destaca la fotógrafa. Así, el tiempo se dilata, parece haberse detenido, otorgando a las imágenes un carácter de ensueño dentro de la noche oscura. No es la arquitectura de los lugares lo que interesa a la artista sino su utilización. También aquello que se esconde entre las capas del paisaje urbanizado mediterráneo, “enmarcado con frecuencia entre velos, cortinas y persianas y que difiere mucho de la tradición más aperturista nórdica”, tal y como lo describe la fotógrafa. Es a través de su delicado uso de la composición, impregnado de poesía social, donde se evidencia la poderosa huella de los invisibles actores que a diario habitan estos espacios.

Nació en España, donde pasó su infancia. Ahora vive y trabaja en Marsella, y ha adoptado la nacionalidad francesa. Pero es a las vivencias de aquellos primeros años, que transcurrieron en la residencia de sus abuelos, donde se remonta la mirada de esta artista multidisciplinar. De pequeña quería ser escultora. En su casa no había libros, ni pintura, tan solo una fotografía de una escultura de una máter dolorosa, colgada en la pared del dormitorio de su abuela. “Sería la primera obra de arte que vi”, recuerda Bovo, “lo extraño es que no sabía distinguir si era una escultura o una imagen. Tenía el mismo grado de presencia que la fotografía de una persona real. Parecía estar viva. Hoy cuando cierro los ojos aún la veo. Lo que realmente me gusta de la fotografía es que evoca todas las dimensiones. No alcanza ese carácter majestuoso y excelso de la pintura dentro del arte. La fotografía es mestiza. No es pura. Puede ser un documento o una postal, y ocupa todas las dimensiones. Eso me interesa mucho. No se ha construido un altar a su alrededor sino que se sitúa en el nivel de la vida real”.

“Me considero española de corazón y alma”, asegura la autora. “Estudié arte y literatura en Francia, pero en el arte español encontré una manera de ver y de sentir que creo queda reflejado en mis imágenes. Fue la poesía de Federico García Lorca la que sentó las bases de mi búsqueda artística. Me inspiró su utilización del color como símbolo; en su poesía las cosas abstractas adquieren una realidad concreta”. Sus comienzos artísticos fueron a través de la pintura y de las instalaciones y su interés por la fotografía surgió cuando un amigo le regaló una cámara, hace ya más de 20 años. “Conocía bien la historia de la fotografía, pero soy autodidacta en cuanto a su técnica”, matiza. Sus imágenes nocturnas la han situado dentro del escenario internacional de la fotografía. “Me interesan las limitaciones de la visión y lo que esto implica. Trabajar en la noche ha sido encontrarse de frente con esta limitación y aceptarla. Aceptar que hay cosas que escapan a la mirada, al impulso voyerista y exhibicionista de nuestras sociedades, y a partir de ahí, valorar no solo la importancia de aquello que puedes ver sino también de lo que no ves o se esconde. Para mí esto enlaza con Lorca en cuanto a que en mi obra la oscuridad no se presenta como una abstracción sino como algo que se puede sentir”.

La noche, la atemporalidad de unas imágenes que nos hablan tanto del presente como del pasado, y la ausencia de los pobladores de esos espacios definen este periplo que nos conduce de Marsella a Argel, considerada su hermana gemela al otro lado del Mediterráneo, hasta llegar al poblado de Kasunya en Ghana. La presencia de la artista nunca es intrusiva, tanto cuando trabaja en el interior de las viviendas como en su exterior más inmediato. La cámara enfoca al cielo en la serie Cours Intérieures, justo en el momento en que se encienden las primeras luces que nos alertan de la presencia de los habitantes dentro de sus viviendas. El firmamento queda reducido a un rectángulo —que pudiera funcionar como metáfora del encuadre fotográfico— surcado por los tendales donde cuelga la ropa de los que habitan las viviendas. “Me interesa mucho como la gente organiza el espacio para vivir cuando nada los favorece”, señala la artista. “Estos edificios en concreto pertenecieron en su día a gente burguesa. La zona se empobreció y hoy son los inmigrantes tunecinos y argelinos los que los habitan. Se pueden encontrar familias de ocho hijos viviendo en 20 metros cuadrados y los tendederos de ropa ya no se suelen ver en las casas burguesas, están asociados a zonas más deprimidas”.

'Cour intérieure, 23 avril 2009'.
‘Cour intérieure, 23 avril 2009’. MARIE BOVO

Al caer la tarde, el edificio de apartamentos situado en la Rue Reda Houhou de Argel parece recobrar vida cuando sus propietarios abren sus balconadas, protegidos del sol durante el día por persianas y cortinas. Así, en Alger, Bovo parece transformar estos balcones entreabiertos en escenarios teatrales donde el espacio íntimo se difumina con lo público. El vibrante cromatismo que acompaña a La voie de chemin de fer no merma el drama humano que esconde esta serie realizada en un asentamiento ilegal de romaníes, situado debajo de un puente en Marsella. Protegido a altas horas de la madrugada por la invisibilidad que ofrece la noche, los rastros de los rituales del día delatan la presencia de sus habitantes. La misma sensación nos invade al observar Evening Settings, donde parece que los habitantes del poblado de Kasunya acaban de desaparecer, dejando tras sí en los patios los testimonios de las actividades diarias. Estos artilugios incitan al espectador a imaginar la vida de estas gentes, que transitan entre sus atávicas costumbres y el desarrollo tecnológico. Suisse- Le Palais du roi es la única serie en la que discretamente se percibe la presencia humana, a través del reflejo de un espejo. En ella la artista captura el interior de un local. Construido en 1895, en los últimos tiempos albergó un kebab, hoy destinado a la demolición, y cuya remodelación implicó la desaparición de los mosaicos de sus paredes donde se representan los orígenes mitológicos de Marsella. Bovo inmortalizó con su cámara estos vestigios del pasado donde el paso del tiempo queda reflejado al tiempo que nos habla de la vulnerabilidad del paisaje.

El silencio queda implícito en el acercamiento de esta artista a su exploración de la noche. Un silencio que brota de su atenta observación y de la apropiación no invasiva de la intimidad, e invita al espectador a reflexionar sobre los más desfavorecidos; sobre aquello que no vemos, o no queremos ver. En las imágenes nocturnas de Bovo se esconde un mundo, pero se revela un universo.

Nocturnes. Marie Bovo. Fondation Henri Cartier- Bresson. París. Hasta el 23 de agosto.

Nocturnes. Marie Bovo. Atelier EXB. 160 páginas. 42 euros.




Fuente: El país

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