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Madrid absorbe, por Enric Juliana

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Unos cien mil catalanes viven en Madrid, aunque no todos ellos figuran en el censo, según estimaciones de la delegación de la Generalitat en la capital de España. Hará unos cinco años, en tiempos del alcalde Alberto Ruiz-Gallardón, la municipalidad efectuó un muestreo y descubrió que no eran pocos los catalanes residentes en Madrid que siguen empadronados en Catalunya, por distintos motivos: familiares, profesionales, sentimentales y jurídicos, para no perder, por ejemplo, la vinculación con el derecho civil catalán.

Hay un montón de catalanes trabajando y viviendo en Madrid, dedicados a actividades de la más diversa índole, con claro predominio del sector privado. Muchos profesionales y pocos funcionarios. No es ningún secreto: escasean los altos funcionarios de la Administración central del Estado de origen catalán. Hay pocos catalanes en la Brigada Aranzadi. Pocos abogados del Estado, pocos técnicos comerciales, pocos inspectores de Hacienda y muy pocos mandos militares. Prácticamente no hay ningún apellido catalán en la sala de gobierno del Tribunal Supremo. Entre los novecientos diplomáticos del servicio exterior, los catalanes apenas llegan a cincuenta. Josep Borrell Fontelles dirige el Ministerio de Asuntos Exteriores, sin ningún embajador catalán en las principales capitales del mundo. Los hubo –Carles Casajuana en Londres, Eugenio Bregolat en Pekín, Raimundo Bassols en Rabat, Delfí Colomer, diplomático y compositor, que murió siendo embajador en Seúl, Eudaldo Miralpeix en Tel Aviv…– pero hoy son pocos los catalanes en la primera línea de la carrera diplomática.

El ingeniero Ramon Boixadós, que fue presidente de Renfe en los años ochenta, solía contar que fue el único de su promoción, allá en los cincuenta, que buscó trabajo en Madrid al acabar la carrera. La industria y el comercio absorbían el joven talento catalán. La aspiración de un puesto en La Caixa llegó a ser un verdadero mito social. Y con Jordi Pujol llegaron las oposiciones a la Generalitat. Nacía un gran cuerpo catalán de funcionarios. Con más de doscientos mil empleados públicos, la Generalitat ha generado una tecnocracia que ya funciona como vivero político. Ahí tenemos a Elsa Artadi, cruzando estos días la plaza de Sant Jaume

Los catalanes en Madrid son en su mayoría profesionales del sector privado. Hay, también, artistas. Catalunya es hoy fuerte en las artes escénicas, así en las salas de teatro como en la tribuna del Congreso. Josep Maria Pou y Gabriel Rufián. El gran Pou ha presidido este invierno la cartelera madrileña enfrentándose él solo a Moby Dick.

Muchos catalanes en el AVE a Madrid, pocos catalanes en el puente de mando de la Administración central del Estado. Esta disfunción, con hondas raíces históricas, ayuda a explicar la crisis política en curso. La sociedad catalana no acaba de conocer bien el funcionamiento del Estado español y el Estado no dispone de buenas antenas para entender mejor Catalunya. El fallo de esas antenas explica el naufragio de Mariano Rajoy en la tormenta catalana. Le explicaron mal lo que estaba pasando. Le quisieron convencer de que todo se resolvía empapelando a los Pujol.

Los vascos entienden mejor el funcionamiento del Estado, y en Madrid conocen bastante bien el País Vasco. Bizkaia no tardó en enviar jóvenes a la capital. Hay vascos en los engranajes estatales desde los tiempos de Felipe II. El juego del mus, obsesiva horma mental de la política española –órdago va, órdago viene– lo llevaron a Madrid jóvenes vizcaínos empleados en la corte.

El catalán tiende a sentirse inseguro en Madrid. “¿Cómo lo ves?”. “¿Vamos bien?”. El periodista que firma esta crónica –quince años en Madrid– fue preguntado ayer varias veces sobre la consistencia de la manifestación que tenía lugar en el paseo del Prado por personas que participaban de manera entusiasta en ella. Eran muchos y no se lo acababan de creer. El constante lenguaje de la tensión impone en este país un marco mental restrictivo. Las redes sociales alteran la serenidad necesaria en los momentos complicados. Y el catalán suele ser así: enfático e inseguro a la vez.

Fue una manifestación importante y tranquila en un momento tenso. Una manifestación sentimental. Se cantó L’Estaca en Cibeles. Muchos abuelos lo contaran a sus nietos. Los abuelos son muy importantes en la movilización independentista. “¡Estamos aquí!”. Ese fue el mensaje. El independentismo recordó que sigue teniendo capacidad de convocatoria y la democracia volvió a funcionar en España. El Ayuntamiento de Madrid y la Delegación del Gobierno hicieron un buen trabajo, encapsulando la manifestación en el eje de la Castellana, con un despliegue de quinientos policías. Pedro Sánchez y Manuela Carmena enviaron a Europa un mensaje de serenidad y tolerancia. Esa será la clave final del 28 de abril: la España viable.

La derecha también ha dejado pasar la manifestación, aunque algunos no se lo crean. Conviene prestar atención a este punto final. La agresiva verbosidad de la política española en ocasiones impide ver la cautela en los movimientos. Las tres derechas, en fase de insomne competición electoral, podían haber calentado el sábado independentista en Madrid con declaraciones explosivas a lo largo de la semana. Podían haber convocado incluso una contramanifestación en el centro de la ciudad, que habría provocado un auténtico quebradero de cabeza al Gobierno. Ni siquiera Vox ha querido dar ese paso. Un exceso de tensión no interesa a la derecha en estos momentos. No le interesa a nadie. Hubo ayer las declaraciones de rigor –“¡con Casado presidente, esto no volverá a pasar!”–, pero el sábado independentista no fue calentado con antelación.

Madrid absorbe.




Fuente: LA Vanguardia

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