Madame Claude lo tenía claro. “Hay dos cosas que funcionan en la vida, la comida y el sexo. Y yo nunca estuve dotada para la cocina”. La proxeneta más famosa de Francia, la mujer que conoció los secretos más inconfesables de presidentes, reyes y poderosos empresarios de medio mundo, murió hace cuatro años casi olvidada y en la pobreza. Una película que se estrenará en 2020 devuelve a los focos a una mujer que para unos fue víctima y para otros victimario, una pieza clave de un sórdido mundo de explotación femenina en una Francia que unos añoran y otros deploran. En cualquier caso, Madame Claude fue y sigue siendo un personaje que no deja indiferente a nadie y que, en la era de la ola feminista desatada por el Me Too, tiene incluso nuevas lecturas.

“Podría haber elegido contar el destino de Marie Curie, pero el de una heroína negativa como Madame Claude evoca más cosas sobre la condición femenina”, explicó a L’Express Sylvie Verheyde, la directora del nuevo filme sobre Madame Claude que, insiste, no es una defensa de la prostitución. La revista definió la película como “un análisis sombrío y feminista de un combate en el seno de un universo machista”.

No todos hacen esa lectura de la vida de la mujer sobre la que se afirma —y ella no lo desmintió jamás— proporcionó en su época de máximo éxito, en los años sesenta y principios de los setenta, call-girls «de lujo” a John F. Kennedy, el shah de Irán o el patrón de Fiat, Giovanni Agnelli.

Madame Claude, que odiaba el término “proxeneta”, decía verse más bien como una vendedora de fantasías, no de sexo —a sus “chicas”, si bien también contrataba a hombres, las sometía a operaciones quirúrgicas para que se adaptaran a su canon de belleza y las “educaba” para que parecieran de “buena familia”— aunque se quedaba con el 30% de los ingresos de su salón, establecido en el lujoso distrito 16 de París. “Me he pasado la vida ocupándome del placer de los otros”, cuenta en su biografía, publicada en 1975, el año en que empezó su caída y que terminaría con ella, en varias ocasiones, en la cárcel, tanto en Francia como en un Estados Unidos donde intentó reinventarse, infructuosamente, durante una década.

El presidente estadounidense John F. Kennedy en la Casa Blanca en diciembre de 1962. Getty Images

En la semana del pret à porter en París el pasado septiembre, la maison Guy Laroche dedicó su colección a Madame Claude como representante de esa prostitución de lujo que “contribuyó al lustre de Francia”. Fue un desafío a una época en la que “ya no podemos decir ni hacer nada”, dijo el creador de la casa, Richard René, a la Agencia France Presse. “No hay que mezclar las cosas: el Me Too es sobre gente que es forzada, es la agresión sexual. Aquí hablamos de gente que decide vender su cuerpo, es una decisión libre”, defendió la decisión de la colección de Guy Laroche, la casa que vistió a los personajes del primer film sobre la famosa proxeneta de lujo, de 1977.

Madame Claude ni siquiera llegó a ver el estallido del Me Too tras la revelación de los abusos sexuales perpetrados por el productor estadounidense Harvey Weinstein. Tampoco supo de la ley que, un año después de su muerte, cambió en Francia las tornas del mundo de la prostitución para castigar al cliente con multas y no a las trabajadoras sexuales, en un intento de acabar —hasta ahora, infructuosamente— con ese mundo en el que ella tuvo durante las décadas de los años sesenta y setenta un papel estelar, hasta que con la llegada al Elíseo de Valéry Giscard d’Estaing, en 1974, el proxenetismo empezó a ser perseguido con dureza, tras años de mirar a otro lado. ¿Qué habría pensado de todo esto esta mujer dura, manipuladora, con lazos con el mundo criminal, pero también una mujer hecha a sí misma, poderosa, respetada en su mundo y capaz de relacionarse con las más altas esferas del poder? La misteriosa Madame Claude, que se llevó a la tumba tantos secretos, ¿se habría reconocido en estas mujeres que ya no callan? ¿Quién era, a fin de cuentas, Madame Claude?

El empresario italiano Gianni Agnelli en una imagen de 1990.
El empresario italiano Gianni Agnelli en una imagen de 1990. Getty Images

Quizás ni ella misma lo supiera. Al fin y al cabo, se reinventó tantas veces y mintió tanto que nadie sabía dónde acababa el personaje y dónde empezaba la persona real, esa Fernande Grudet que nació el 6 de julio de 1923 en Orléans y que hasta para su nombre de guerra escogió uno que lleva al equívoco: Claude se usa tanto en femenino como en masculino en francés.

“Creo que soñaba una vida diferente. Su vida no son más que mentiras, nunca se sabía realmente ante quién se estaba, quién era, y eso que la conocí durante 22 años”, contaba recientemente en la cadena RTL Philippe Thuillier, que produjo el documental sobre su vida con el que Madame Claude pagó la fianza y pudo salir de prisión tras su última condena, en 1992, por proxenetismo agravado.

Pese a todo, Madame Claude aseguraba que no lamentaba su pasado. “He tenido una vida bastante completa, fuera de lo común”, dijo en una de las escasas ocasiones en que se sinceró ante una cámara. Porque la discreción fue, durante años, una de las claves de su éxito. “Con sus secretos, podría haber hecho saltar la República”, recordó Paris-Match tras su muerte en diciembre de 2015, a los 92 años, en Niza, donde acabó sus días en un pequeño apartamento olvidada de todos aquellos sobre los que, en algún momento, quizás supo más de lo que le convenía.




Fuente: El Pais

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