Deporte

Lydia Valentín, una campeona de verdad


«Ya lo tengo todo», reflexionaba Lydia Valentín, pasada la tensión, con el oro colgado en el cuello. «Campeona del mundo» es el único apellido que le faltaba en las grandes competiciones. Ya tenía el de «campeona olímpica» y el de «campeona de Europa», éste hasta en tres ocasiones, y ya puede decir que ha cerrado el círculo con la exhibición que dio en Anaheim (Estados Unidos). Sin fallo, levantó todo lo que se propuso para ser la mejor tanto en arrancada (del suelo directamente al «cielo», donde llegó hasta los 118 kilos) como en dos tiempos (del suelo a los hombros y de ahí arriba, en la que alcanzó los 140). Ganó con un total de 258 kilos, 18 más que la ecuatoriana Dajomes y 21 más que la francesa Gaelle Verlaine.

El ritual de Lydia es milimétrico en un deporte en el que la concentración es tan importante como la fuerza o la técnica. No es cuestión de brutos. Matías Fernández, su entrenador y seleccionador, le golpea las piernas y los brazos para despertar los músculos. Después, un pequeño masaje. Lydia entra a competir con los ojos cerrados y así se echa el magnesio en las manos y también por el cuello. Camina hacia la barra y llega un grito para ahuyentar la tensión. Un suspiro, un movimiento de cuello para terminar de soltarse y las manos a la barra, de nuevo con los ojos cerrados, visualizando lo que va a hacer en unos segundos. Dice que sí con la cabeza… Ya lo ha visto, y los 130 kilos que se puso por primera vez en la modalidad de dos tiempos pasaron con suavidad a los hombros y arriba de su cabeza. Una leve sonrisa la acompañó. A la segunda, elevó 135 y entonces fueron los dos brazos los que subieron en forma de victoria, seguidos del gesto del corazón que tanto le gusta: esos 135 kilos unidos a los 118 con los que había podido en arrancada ya le bastaban para ser campeona. No era necesario el último intento, pero quiso cerrar por todo lo alto, con 140. Entonces sí: ya estaba. Abrazó a Matías Fernández. «Nos lo merecemos», le dijo. «No me lo creo», se dijo a sí misma mientras se quitaba las protecciones de las rodillas.

Después le tocaba el ritual del podio que en los Juegos Olímpicos le han robado hasta en dos ocasiones. En un deporte señalado por el dopaje, Lydia Valentín se presenta como el ejemplo de limpieza. Ella sabía o sospechaba que muchas de sus rivales en los últimos años eran unas tramposas y habían tomado sustancias ilegales, pero hasta que los controles positivos no han ido saliendo, nada podía hacer. Sólo sentir impotencia. Con los reanálisis de muestras antiguas se destapó todo, o mucho, y Lydia corrió posiciones hasta ser oro en los Juegos de Londres y plata en los de Pekín. Las que le habían ganado iban dopadas. Por eso Armenia, China, Azerbaiyán, Bielorrusia, Moldavia, Rusia, Turquía, Kazajistán y Ucra­nia no están en este Mundial. Este campeonato es como una catarsis y Lydia es uno de los pilares para el resurgimiento, aunque su momento en el podio casi se lo estropean. Subió tres veces para recibir los tres oros: de arrancada, dos tiempos y el total. Tocaba escuchar el himno y… «Quería sentirlo, lo estaba deseando y de repente no suena y yo: “No puede ser, el mejor momento”. Me quedé como… bueno», admitió la deportista leonesa. Lo que se escuchó fue la sintonía «oficial» del Mundial. «Ése no es el himno», se quejaban los compañeros españoles de Lydia. La organización reaccionó y el final fue feliz: «Lo han puesto y me he emocionado. He disfrutado más por no haber podido hacerlo en los Juegos», explicó.

«Me quedo con que el sacrificio siempre es la mejor opción», continuó Valentín, que ha tenido una buena preparación para este Mundial después del infierno que supuso ir a los Juegos de Río peleando con las lesiones. Una prueba dura que superó logrando el bronce en Brasil. En Anaheim era la favorita, pues la norcoreana Rim Jong-sim, la campeona olímpica, tampoco estaba por motivos políticos, por el conflicto entre su país y Estados Unidos. «Noté la presión, pero supe canalizarla a mi favor», confesó la campeona.




Fuente: La Razón

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