El lujo en el Port Vell de Barcelona está al alcance de todos los bolsillos y hay que ser pobre para no aprovechar la ocasión. Pasen y vean: el dinero no es excusa.

¿Dispone de 480.000 euros para pasar una semana navegando este verano? Invite a 12 amigos bien avenidos –son seis camarotes dobles– y alquile el Maltese Falcon, el yate más llamativo –tres grandes mástiles en forma de viruta– de los 30 fondeados desde el miércoles hasta ayer sábado en el Port Vell.

¿Dispone de 20 euros? Yo le aconsejo un modelo rojo sospechosamente calcado a la mochila Sorbonne de Louis Vuitton –1.820 euros en la web de la marca– a la venta en una de las decenas de tenderetes que tanto el jueves como el viernes tomaban el paseo Joan de Borbó.





No cerramos al mediodía.

¿Qué hacemos con los manteros? Al parecer, nada.

Hay manteros en muchas ciudades de Europa, pero sólo en Barcelona protagonizan la postal. La estampa del Port Vell esta semana ha sido espectacular.

Mientras los candidatos a la alcaldía de Barcelona explican sus recetas sencillas y saludables para acabar –es un decir– con los manteros, el lujo más auténtico y el lujo más postizo han convivido en el Port Vell, con una naturalidad pasmosa.

En los muelles, treinta grandes yates en venta o alquiler han recibido las visitas de quienes pueden pagar 480.000 euros por una semana de navegación y alquiler del Maltese Falcon o los 22 millones de euros que cuesta adquirir el Grand Rusalina, un yate como dios manda. Barcelona ha acogido la segunda edición del exclusivo –y, por tanto, discreto– The Superyacht Show.
–¿Tiene acreditación? ¿Invitación? ¿Entrada?

Lo único que tiene el periodista es curiosidad.

–¿Venden entradas?

– Sí, 195 euros cada una.

Es el momento de volver al otro lado de la verja, al paseo, donde se desarrolla el zoco cotidiano de una venta ambulante muy poco ambulante, de hombres africanos fáciles de compadecer.

Uno barrunta que, puestos a prohibir, el actual Consistorio prohibiría antes el Superyacht Show que la venta ilegal de productos, no sólo falsos, sino también espantosos en plena calle de Barcelona, exonerados por la gracia divina de pagar impuestos, tasas, licencias, tributos y cuantos trámites –nada ágiles, por cierto– están obligados a satisfacer los ciudadanos ordinarios.





Junto al Port Vell, está el Palau del Mar, cuyos restaurantes han ganado espacio para evitar el tapón humano que provocaban los manteros y –no se lo pierdan– algunas de esas filas tan simpáticas de ciclistas que no ponen pie en tierra ni que los maten.

Los puestos artesanales al otro extremo del Palau de Mar, los más próximos a Colón, tienen otro trato. Y, por tanto, se sienten agraviados, un sentimiento bastante comprensible cuando explican su situación y el perjuicio de la competencia desleal de los manteros.

He aquí la versión del propietario de uno de estos puestos donde los bolsos, las carteras o las mochilas son artesanas y oscilan entre los 5 y los 160 euros. Prefiere el anonimato: los manteros de hoy no son tan respetuosos como los de hace diez años.

“Muchos turistas compran por capricho, de forma aleatoria. ¿Me hablas de una mochila falsificada de 20 euros? Pues eso, las carteras que vendo estan a doce euros. Las han hecho personas en Europa que pagan impuestos y cotizan. Abrir este puesto supone un fijo diario de 100 euros. Y obtener todos los permisos municipales no fue nada sencillo. Casi un año de papeleo”.

Ya sería triste que un día terminasen enfrentados unos y otros, con fondo de yates de recreo, turistas al sol y agentes de la Guardia Urbana, cuya presencia parece limitada a la observación.





Los turistas pasean entre las dos filas de puestos, desde camisetas del Barça hasta zapatillas deportivas de vida incierta, bolsos falsos de las marcas más notorias y prendas deportiva dignas del más hortera de los raperos de Estados Unidos.

–No tenemos un mercado parecido en Munich. He comprado un par de camisetas del FC Barcelona para regalar y unas Nike y un bolso de Chanel para mi. Menos de 80 euros…

Olga está contenta. Si no lo estuviese, probablemente evitaría este paseíllo del lujo vulgar. ¿Alguien puede creer que imitaciones de bolsos de 1.500 euros darán el pego si el resto de la indumentaria carece de gracia o es anodina? ¿Estamos ante un autoen­gaño? Nuestra vulgaridad se alía con los intereses de los manteros, que no siempre arrastran vidas tristes. La citada fuente explica que, desde hace al menos cinco años, aquí desembarca cada verano “el mantero australiano”. Se casó con una australiana, reside en Australia y vuelve para hacer la temporada estival, el tiempo de las grandes riadas humanas que dan aires de zoco a este zona del puerto.

Naturalmente, todos se compadecen de los manteros y los años pasan al grito humanitario de que hay que insertarles en el mercado laboral, una fórmula cada vez más desgastada porque el efecto llamada existe –ya nadie lo discute– y los meses pasan sin que disminuya el número de vendedores. Quizás Manuel Valls recupere algún día la frase célebre de Michel Rocard, su mentor y ex primer ministro socialista: “Hay demasiada miseria y pobreza en el mundo para que Europa y Francia puedan asumir la que se les viene encima”.





Y, mientras, los turistas terminan por pensar mal cuando se les explica que los manteros son objeto de gran debate. “Me parece increíble, porque acabar con esto es sencillo. Y si no se acaba es porque detrás hay producción en China –estos productos sólo se sostienen con la venta a escala–, distribuidores y otros intermediarios. Algo casi mafioso”, cree Fernando, un empresario argentino del textil.

Y, entre los dos mundos, el One Ocean Club, restaurante y bar, más acogedor que en sus inicios, donde por tres euros el refresco puedes permitirte el lujo de mirar los yates más caros del mundo.








Fuente: LA Vanguardia

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