Gordon Sondland entra en la sala y desata una tormenta de disparos de cámara. Traje azul y calva reluciente, el empresario hotelero, cuya contribución de un millón de dólares a la campaña de Donald Trump fue recompensada por el hoy presidente con la representación de su país ante la Unión Europea, mira a su alrededor antes de sentarse en la silla tras el cartel que dice “embajador Sondland”. Con una sonrisa, en contraste con el talante sobrio de quienes le han precedido estos días en la tribuna de testigos, echa un último repaso al testimonio inicial que se dispone a leer, y que contiene todo aquello que la Casa Blanca no quiere escuchar.

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Fuente: El Pais

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