Theresa May ha sobrevivido a la pérdida de la mayoría en unas elecciones, a dos rondas de dimisiones ministeriales, a una moción de confianza de su propio partido y a una moción de censura de la oposición, y ha llevado las tribulaciones del Brexit con un estoicismo que según muchos raya en la irresponsabilidad. Más como un asunto de escalera de vecinos que la mayor crisis de la política británica desde Suez en 1956. Pero ahora le llega inevitablemente la hora de la verdad.

Con la fecha de salida del Reino Unido de Europa (29 de marzo) a la vuelta de esquina, si no hay prórroga, las cosas han empezado a precipitarse como en esas películas en las que no pasa nada y de repente se acumulan los cadáveres. Las dimisiones de nueve diputados laboristas (ayer se sumó uno más, Ian Austin) y tres conservadores no han sido más que los primeros disparos del tiroteo. Un centenar de parlamentarios tories han advertido a su líder que no piensan permitir de ninguna manera una salida desordenada de la UE, y cuatro ministros proeuropeos del Gabinete la han desafiado a que los cese si ese es el rumbo que desea tomar. El final de la cinta, que en cualquier caso no será feliz, está tomando forma.






La premier, a la hora de la verdad, ha de escoger entre los ‘brexiters’ y los ‘remainers’

La mayor o menor cantidad de sangre va a depender de si el compromiso entre Londres o Bruselas sobre la “salvaguarda irlandesa” (garantías para evitar una frontera dura en el Ulster) recibe o no la bendición del Parlamento, que en su versión original lo derrotó por la cifra récord de 230 votos. May se va a pasar el fin de semana en Sharm el Sheij (Egipto), con ocasión de la cumbre entre la Unión Europea y la Liga Árabe, y aprovechará para vender su caso a los colegas europeos. Pero fuentes oficialas de Downing Street han adelantado que no se espera ningún acuerdo milagroso en el desierto. En todo caso sería un espejismo.

Mientras tanto, tiene destacados en Bruselas a su ministro para el Brexit, Stephen Barclay, y al de Justicia, Geoffrey Cox, negociando un “codicilo”, “declaración adicional” o “instrumento interpretativo” que ponga énfasis en la naturaleza temporal del backstop o salvaguarda irlandesa (que significa que todo el Reino Unido permanecerá dentro de la unión aduanera hasta que suscriba una nueva relación comercial con la UE). Bruselas ha rechazado incorporar los cambios al acuerdo de Retirada, o dotar al compromiso de una fecha de expiración, o que Londres lo pueda abandonar unilateralmente (lo cual le negaría todo valor como póliza de seguro).


Los euroescépticos tienen que elegir si se conforman con un Brexit “impuro”






La cuestión es si las declaraciones bastarán al DUP norirlandés y los brexiters duros para dar por bueno el compromiso, aunque sus reservas no queden satisfechas, porque cada vez está más claro que los Comunes se disponen a impedir una salida sin acuerdo, y la alternativa sería la solicitud de una prórroga más corta o más larga, que no sólo retrasaría el Brexit sino abriría la caja de Pandora, pudiendo llevar a un segundo referéndum. ¿Hasta dónde están dispuestos a arriesgarse los euroescépticos en la búsqueda de la pureza de su causa?

De todos modos, el pacto con Bruselas –sea aceptable o no para los halcones– no estará listo la semana que viene, cuando May ha de regresar a los Comunes y se votará otra vez una enmienda bipartidista, suscrita por el tory Oliver Letwin y la laborista Yvette Cooper, imponiendo una prórroga si el acuerdo de May con Bruselas es derrotado de nuevo. Es ahí donde los remainers conservadores quieren hacer valer su poder, tras dos años agazapados. Donde los parlamentarios amenazan con ignorar la disciplina de voto y los ministros, con el desafío a ser cesados. La premier, en los momentos clave, siempre se ha decantado del lado de los brexiters. Ahora, con el árbitro a punto de pitar el final y el resultado del partido en el aire, su dilema se complica.






Poco a poco, Corbyn se acerca a respaldar el referéndum

Las dimisiones de diputados laboristas y conservadores, con la consiguiente aparición de un grupo parlamentario informal que ya tiene doce miembros y es el cuarto de los Comunes, complica las decisiones de los líderes de los dos principales partidos en la fase decisiva del Brexit. El plan ideal del euroescéptico Corbyn era dejar que los propios tories se cargasen el acuerdo de May con Bruselas, con lo cual él se lavaría las manos y no tendría que dar cuentas ni al sector leave ni al remain de su grupo. Pero si la estrategia no era ya insostenible antes de las dimisiones, ahora desde luego lo es. Un par de diputados del Labour proponen que el compromiso entre Londres y Bruselas, una vez resueltos los últimos flecos en el tema de la salvaguarda irlandesa para impedir una frontera dura en el Ulster, sea sometido a referéndum en el caso de que los brexiters den marcha atrás en sus objeciones y lo aprueben. Para que su enmienda tenga posibilidades de éxito, necesitan que Corbyn imponga la disciplina de voto, dado que hay una treintena de diputados euroescépticos de circunscripciones del norte de Inglaterra, temerosos de perder sus escaños, que ya votaron con el gobierno en el último duelo parlamentario, a cambio de promesas de inversiones en infraestructura para paliar los efectos de la recesión en sus circunscripciones. Si May se enfrenta por un lado a la ira de unas decenas de brexiters radicales y a la rebelión de un centenar de remainers, Corbyn está expuesto a que las dimisiones de diputados, circunscrita hasta ahora a nueve, se convierta en un auténtico tsunami.








Fuente: LA Vanguardia

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