Desde hace tiempo hay una línea de historiadores que sitúan el comienzo del siglo XXI en la represión china de los manifestantes de la plaza de Tiananmen en junio de 1989. Se oponen, por lo tanto, a quienes fijan el inicio de siglo en el derribo de las Torres Gemelas de Nueva York. La controversia tiene su interés, porque son dos formas de aproximarse a los ciclos humanos. Los que optan por el segundo sobrevaloran la capacidad del trauma para torcer las certezas. Es cierto que tras los atentados brutales nos introdujimos en una época en la que regresaron la tortura institucionalizada, el espionaje gubernamental, el control exacerbado y la limitación de libertades, incluida la de expresión. Una regresión provocada por el estado de miedo que se inoculó en los países occidentales. Sin embargo, los que datan el comienzo del siglo XXI en la represión de las autoridades chinas sobre los manifestantes estudiantiles presentan un cuadro mucho más ambicioso a la hora de retratar el tiempo en que estamos. Amplían el foco para incluir la condición más decisiva del momento en que vivimos. Y ese detalle no puede ser otro que el económico.

De todos los traumas que hemos vivido en este cambio de siglo el más sintomático es el del modelo de mercado. La transgresión de los códigos laborales, la frenopatía financiera y la llegada incontrolable de las nuevas tecnologías a nuestro entorno tradicional son los hitos que han reescrito la forma de vivir contemporánea. Y todo ello nace, por desgracia, en la represión que tuvo lugar en la plaza de Tiananmen. Allí, los jóvenes urbanitas chinos llegaron a reclamar libertades frente a los tanques y el control del partido único. El resultado fue una represión salvaje, pero que inspiró la reescritura interna desde los organismos de poder comunista. Se procedió a una brutal transición económica que tuvo más en cuenta los bolsillos que los corazones. Se toleró la inmensa utopía capitalista para frenar cualquier otra ambición utópica. Frente a las libertades de conocimiento y expresión se planificaron las nuevas posibilidades monetarias. El cinismo fue de tal magnitud que glorificó la promesa de enriquecerse frente a cualquier otra ambición humana. El triunfo del comunismo político aliado al capitalismo económico significó el arranque de la triste historia del siglo XXI.

Porque lo que nos caracteriza es el poderío sin precedentes del dinero sobre todas las demás facetas de la vida. La crisis financiera no trajo una corrección del sistema, sino la sumisión completa de los agentes políticos y sociales bajo un poder que los superaba, los dominaba y los ha terminado por acomplejar de manera miserable. La llegada de los populismos autoritarios es tan solo la copia democrática del milagro chino. Caminando hacia atrás es posible que veamos dictaduras personalistas elegidas en las urnas pues entre los factores económicos de más peso se han destacado la estabilidad, el autoritarismo regulatorio y la exacerbación nacionalista. Tres virtudes que siempre encarnarán con mayor tino las dictaduras que los regímenes libres. Para empezar, ahora ya no se puede llamar dictadura a quien posee músculo económico y marca tecnológica propia. Lo apreciamos con el fenómeno chino y las petromonarquías del Golfo sin atisbo de crítica reformadora. Reconozcamos, pues, que nuestro siglo nació con Tiananmen, 30 años atrás, y empecemos a tratar al paciente como manda el oficio médico, con la observación de sus síntomas iniciales.

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Fuente: El Pais

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