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«Los hombres ganan con el feminismo»


Hombre. Del latín, homo. Ser animado racional, varón o mujer, dice la RAE. Para hablar de feminismo, Christina Rosenvinge cree que es necesario pensar también en la masculinidad. Ese es uno de los anclajes de «Un hombre rubio», el disco que acaba de publicar, que parte de la historia de su padre, con el que nunca llegó a tener buena relación y con el que dialoga y al que comprende muchos años después. Canciones potentes en formato de pop directo, tan emocionante como cargado de ideas. Lo presenta en Madrid (mañana), Barcelona (8 de marzo), La Coruña (6 de abril), Vigo (7), Villagarcía de Arosa (8) y, finalmente, en el Primavera Sound de Barcelona (2 de junio).

–En medio del debate que hay sobre el feminismo ha elegido una reflexión sobre la masculinidad y es muy interesante.

–Digamos que he abierto el objetivo pero sigue siendo feminista. Se está haciendo una lectura muy simple del movimiento llevándolo a una lucha de sexos y no lo es. El feminismo propone un orden social de igualdad en el que el género no sea lo más importante a la hora de adoptar un rol en la vida. Pero el debate público en internet y en Twitter solo deja oír con más fuerza las partes más extremistas.

–Canta en primera persona sobre una forma anticuada de entender la masculinidad.

–Es que no se puede identificar machismo con masculinidad. Creo que el machismo es una coraza que se construye encima de los hombres que también se puede deconstruir. Creo que es algo que se ponen los hombres para defenderse fundamentalmente de otros hombres.

–¿Cómo se lo explica a sus hijos?

–De la manera más sencilla. El hombre gana con el feminismo y podrá disfrutar de su paternidad de forma más natural. El varón también tiene un espacio emocional que conquistar

–¿Disfrutó su padre de la paternidad?

–No. Tengo un recuerdo dulce de mi padre en la distancia, cuando era muy pequeña, pero a partir de la adolescencia fue alguien que sufría mucho.

–¿Por su educación?

–Era muy conservador y se encontró agusto en España durante la dictadura, a pesar de ser un hombre del norte. Se instaló en España porque era un admirador entusiasta de la cultura, de los toros, la poesía y el flamenco. Eso le supuso romper con su familia danesa.

–Canta que ningún pariente fue a llorar cuando falleció.

–Lo bonito es que mi padre, que era un gran admirador de Lorca, trabó amistad con una familia gitana y, cuando falleció, ellos sí fueron a velarle. Su vida acabó como un romance lorquiano.

–Dice que usted heredó su soledad.

–Más bien su forma de enfrentarla y de hallar alivio a través del arte. Eso me viene de él.

–También le pareció poético un personaje, digamos, agreste, como «El Cordobés».

–Es bonito cuando encuentras la poesía en estado bruto en la boca de alguien que no es consciente. Un día encendí la tele y vi a «El Cordobés» saliendo del juicio que reconocía quién era su padre y diciendo esa frase tan bonita de «yo tuve un padre de humo y quiero que mis hijos tengan un abuelo de verdad».

–¿A usted le solivianta el masculino como genérico?

–Es secundario. La cuestión es que las mujeres casi siempre tenemos cortado el camino hacia el poder. Estamos representadas por hombres. Si una ministra dice todos, está claro que habla por hombres y mujeres. El problema es que hay pocas ministras.




Fuente: La razon

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