Coti piensa que los errores no se eligen, para bien o para mal, y asegura que vive de ellos. Se dio el lujo de cantar a capela en el Teatro Colón (Buenos Aires), en el pódium de los olimpos, en el lugar más venerado y sagrado de la música argentina. Inmortalizó un concierto, único, que no soñó en su vida. Y ahora se encuentra de gira, presentando el disco por España. Suyas son algunas letras convertidas en himnos de tanto corearlas. Suyo es el ingenio y el talento de quienes escriben sin pensar en lo que tienen que contar, de quienes quieren y creen que se puede, de quienes se sienten ligados al mundo a través de sus canciones. «No tengo una profesión, tengo una vida», confiesa. Y lo demuestra cuando contesta.

–Del Teatro Colón de Buenos Aires a media España. ¿Cómo es el camino?

–Es un camino que conozco pero que de alguna manera me sabe a nuevo. Tocar en el Teatro Colón no estaba ni en mis mejores sueños. Es un símbolo en el mundo de la música clásica, de la ópera, de la lírica; pero allí se hacen pocos conciertos de música popular.

–Cuando compone, ¿piensa en lo que tiene que contar?

–No. Pienso en una atmósfera, en un sistema de palabras y energías, en un ambiente que quiero crear; más que en una historia que contar. Las canciones no son crónicas. Son sensaciones. La palabra cantada genera algo diferente que un cuento en prosa o que un ensayo…

–¿Compone para cantar o canta para componer?

–Es un yin y yang. Yo no sé si vino antes el huevo o la gallina. Canto lo que compongo y compongo lo que canto. Una cosa necesita de la otra. Empecé cantando, aunque con los primeros acordes ya jugaba a escribir canciones.

–¿Por qué las escribe ahora?

–Es una necesidad que descubrí de niño, sin darme cuenta. Y en ese juego había una pasión. A partir de ahí comencé a necesitarlo y a darme cuenta de que a través de las canciones me sentía ligado al mundo y podía expresar sensibilidades, visiones, alegrías, tristezas; sacármelas de encima, compartirlas y brindarlas a la gente de mi alrededor.

–¿A qué le gusta escribirle?

–A nada en concreto. Al amor en todas sus versiones. Existe un cómo, no sólo un a qué, que al final también es un qué… La forma y el fondo terminan siendo lo mismo.

–¿Dónde y cuándo queda con las musas?

–En cualquier esquina, en un avión, en mi estudio… Uno tiene ciertas ceremonias sencillas que a veces están relacionadas hasta con la rutina. O con la misma gimnasia de escribir, de expresarse, de que un sentimiento salga del pecho, pase por la cabeza, se vaya al brazo y desde allí fluya a una guitarra o a un papel. Esa gimnasia, que es emocional pero también física, puede realizarse todos los días a las ocho de la mañana o de la noche.

–¿Y cansa?

–Sí. Consume energía desde un punto de vista emocional e intelectual, más que físico.

–Escribir canciones, ¿es un misterio?

–La escritura de canciones tiene un componente de misterio que no se sabe muy bien cuál es pero que resulta lo más importante.

–¿Escucharle es conocerle?

–Si se sabe leer entre líneas, sí.

–¿Qué es lo que más brilla en su vida?

–(Piensa) Mi modo de expresarme.

–¿A qué suena?

–A mi música, y viceversa. No me pongo a pensar en lo que quiero hacer, simplemente lo hago. No tengo una profesión, tengo una vida.

–Canta que los errores no se eligen, pero ¿cuáles son los principales que ha cometido?

–He cometido un montón, pero aprendí de ellos. Todo lo negativo se puede transformar en positivo. Los artistas, los músicos, creamos y vivimos del error.

–¿Qué voz prefiere escuchar antes que ver el sol?

–La de Bob Dylan.

–¿Cuál es su color esperanza?

–No es un color específico. Es una actitud comprometida y profunda que tiene que ver con la voluntad, con cumplir una función para dejar un mundo mejor a mis hijos.

–¿Qué pasa cuando se sabe que se puede?

–Pues que solo hace falta querer que se pueda. Una vez que uno sabe que se puede luego tiene que querer poder. Una cosa es el conocimiento y otra, la voluntad.

–¿Y si no se puede?

–Habría que preguntar que quién dice eso.

–¿Usted es sensible?

–Los habrá más que yo, pero sí, lo soy.

–¿Como todos los que hacéis canciones?

–Hay algunos que no lo son. Todos los que hacemos buenas canciones sí somos sensibles. A parte del misterio, la sensibilidad es un condimento fundamental.

–¿Quién le cae mejor, la fama o el dinero?

–El dinero, sin lugar a dudas.

–¿Comparte usted algo con Messi, además del lugar de nacimiento?

–El mes. Y que los dos somos zurdos.




Fuente: La razon

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