La Ruta de la Rueda podría empezar frente al Macba, donde acuden los turistas amantes del skate si no conocen la ciudad y desean relacionarse con individuos de su misma especie. La mayoría de los que se reúnen aquí comparten una tendencia natural a la caída y un uniforme
informal que, de cintura para arriba, tiende al exhibicionismo pectoral tatuado y, de cintura para abajo, a unos pantalones grávidos de influencia grunge.

Poca paridad: una amplísima mayoría son hombres. La temeridad de las piruetas se acompaña de un continuado estruendo de ruedas, tan apreciado en la Barcelona actual como circular sobre la acera.






La temeridad de las piruetas se acompaña de un estrépito continuado de ruedas, muy valorado en Barcelona

Inciso cosmopolita: uno de los momentos más interesantes de recorrer los canales de Ámsterdam en barca es descubrir los rincones subterráneos reconvertidos en espontáneos cementerios de bicicletas. Hay miles, abandonadas y fosilizadas por la humedad y el olvido. En Barcelona, en cambio, los esqueletos de bicicleta aún no se han organizado en multitudes. Se reparten el territorio ocupando los parkings especiales para este tipo de vehículos (consecuencia: las bicis en activo no encuentran aparcamiento adecuado). Solución: cualquier elemento vertical (árbol, farola, señal) es susceptible de convertirse en bici-parking y nos recuerda la potencia estadística de los ladrones de bicicletas, casi tan activos como los ladrones de móviles, scooters y carteras.

No estoy hablando de las bicicletas organizadas del circuito de paradas del Bicing (831.431 usos mensuales), ni de las de los repartidores de Glovo, ni de las aplicaciones que compiten para atender una demanda amparada por el prestigio del vehículo no contaminante. Intentando emular el talento del colega Luis Benvenuty, le pregunto a un ciclista por qué circula por la acera. El ciclista se detiene y me señala a una pareja de turistas que, arrastrando maletas (con ruedas, por supuesto), avanzan por un carril que no les corresponde.


Muy cerca, una parada ilegal de ‘rickshaws’ con chóferes que practican la mirada turística depredadora






El azar provoca que en pocos metros coincidan ciclistas, skaters, patinadores y unos vehículos rechonchos de tres ruedas, amarillos, llamados Go-Car. Definición de la web: “El Go-Car puede ser tu guía personal de la ciudad. Nuestros cochecitos divertidos son fáciles de conducir y te guían por la ciudad visitando los sitios que te interesan”. Como ocurre con tantas actividades no normalizadas, la diversión estriba en una vanidad circulatoria parecida a cuando se utilizaban carros de caballos en la Rambla pero sin humeantes boñigas en la calzada.

Dato inútil: hay más motos mal aparcadas sobre las aceras que bicicletas bien aparcadas. Frente a un supermercado ruso de delicatessen (Troika, calle del Marqués de Barberà), un grupo de mujeres ciclistas escucha las indicaciones de una guía. Muy cerca, un parking de bicis a la espera de ser montadas. Pertenecen a la empresa eBici Compartida, una app que también ofrece modelos eléctricos y scooters. Lucen un lema que define el air du temps con más precisión que cualquier lema electoral: “Ve donde quieras, cuando quieras y aparca allí mismo” (si Batman tenía Gotham, nosotros tenemos Can Pixa). También las hay que presumen de ser eco-bío, e incluso una que declara: “Soy eléctrica”.

Frente a la cigala de Mariscal, en el Moll de la Fusta, le pregunto a un patinador sobre por qué utiliza este vehículo. Hace meses que, si la situación se presta a ello, se lo pregunto a los patinadores y en el transcurso de esta encuesta particular he descubierto que la motivación mayoritaria es económica, por el ahorro que supone. A unos veinte metros, una parada ilegal de rickshaws con chóferes que practican la mirada turística depredadora. Uno lleva el escudo del Barça y otro se define como funky, que no sé si todavía significa lo mismo que cuando yo era joven. Es un taxi de tracción humana que, al no contaminar, goza de impunidad para avanzar a toda pastilla por la zona del litoral, con una gran facilidad para sortear paradas de top manta y patinadores sigilosos.





Cuanto más cerca del mar, más posibilidades tienes de que te atropellen. La realidad no se ajusta al autobombo oficial, que afirma que las nuevas formas de movilidad permiten ganarle territorio al coche. No es del todo verdad: en la práctica, el espacio recuperado para los peatones es el que se ha visto invadido. No se trata de una invasión sutil: pasa una escuadrilla de segways. Sus conductores llevan casco y avanzan ordenados de mayor a menor, como los hermanos Dalton. Su ademán es estirado, altivo, de modo que, sin esforzarte demasiado, deseas que se peguen una leche moderadamente traumática. Hacen juego con el paisaje, monopolizado por el espíritu de pizza y pizarras que anuncian todo tipo de menús, comidas y bebidas y en el que predominan el inglés macarrónico, el italiano aproximado, el mexicano barato y, excepcionalmente, palabras en catalán deforme o refrito. Hay sabios que hablan de la uberización de la ciudad pero sospecho que estamos más cerca de la lloretización desarrollista, abducidos por una ciudad dominada por un laboratorio frankensteiniano de artefactos con ruedas.

Cerca del Fossar de les Moreres, escrito sobre una bicicleta aparcada, leo: ¿“ Estimes Barcelona? Mima-la i utilitza la bicicleta”. Esta, numerada, lleva una acreditación con un nombre de resonancias ibéricas: Jamón. En la calle Sant Pere Més Baix, me detengo ante una tienda que alquila patinetes, motos acuáticas, electric scooters, electric chopper (con ruedas muy anchas), monowhil (la rueda del equilibrista suicida) y overboards (para adolescentes en busca del equilibrio que compense su desequilibrio hormonal). El catálogo impresiona: bicicletas plegables, con tándem, con canasta delantera, sillita para bebés, ruedas anchas… La misma tienda anuncia actividades marítimas con nombres como Flyfish o Jetski, que suenan a marranada porno. Pasa un patinador que, al igual que el que está a punto de atropellarme en el Portal del Ángel, me confirma que los patinadores son los aristócratas de la rueda, la especie más sigilosa y peligrosa de la tribu. Estoy a punto de decirles que en Francia se multará con 135 euros a los patinadores que circulen sobre la acera pero me imagino cuál será su reacción, me muerdo la lengua y vuelvo a casa. En metro, que hoy no hay huelga.








Fuente: LA Vanguardia

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