El pasado mes de octubre, Kristalina Georgieva estrenaba su cargo como presidenta del Fondo Monetario Internacional (FMI) con malas noticias. La economía global cerraría 2019 con el menor crecimiento desde la Gran Recesión. 2020 no será mejor. Laurence Boome, economista jefe de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), alertaba en su enésima revisión a la baja de las previsiones de que el lento crecimiento “se está consolidando de modo preocupante”.

El comercio se contrae y las perspectivas globales son cada vez más frágiles e inciertas. Pocos se atreven a hablar todavía de crisis o recesión pero parece aceptado por todos que el más mínimo imprevisto, el menor de los sustos, un diminuto cisne negro, podría llevarnos de lleno más allá de la delgada línea de sombra.

Y con el presidente Trump apurando mandato entre el impeachment y los gestos a su grada de animación, la cacareada paz comercial entre las dos superpotencias que no acaba de llegar y medio planeta manifestándose en las calles harto de desigualdades, parece que la probabilidad de sucesos improbables va a seguir creciendo en 2020. El aterrizaje suave del que hablan los economistas va a tener que llevarse a cabo en una pista llena de nubarrones y puede que hasta de tornados. Pero es importante no caer en lo que Albert O. Hirschman llamaba fracasomanía.

Ese prejuicio, generalmente interesado, que impide ver los avances y que suele conducir a la retrotopía de los adoradores del cualquier tiempo pasado fue mejor de la que hablaba Zygmunt Bauman. Algo de eso hay en los que, tras cinco elecciones este año en nuestro país con idéntico ganador, siguen hablando de incertidumbre política. A lo mejor es que no es la certidumbre que ellos querían, pero ese ya es otro tema.

Evitar las profecías autocumplidas pasa por aceptar los avances conseguidos y el ecosistema digital patrio es un buen ejemplo. Los últimos años, con sus luces y sus sombras —como la alarmante falta de diversidad del sector—, han sido muy positivos para el avance de las empresas, las administraciones públicas y la sociedad española. Tras años de aceleración, el aterrizaje suave puede servir para hacer balance y abordar los retos económicos, sociales y políticos pendientes.

Algo parecido ocurre en el entorno emprendedor, al que vendrá bien huir de la euforia. En este país, solo hay una cosa que se nos da mejor que infravalorarnos: sobrevalorarnos. En pocos años hemos pasado de la falsa idea del erial tecnológico a la no menos falsa del paraíso emprendedor, en el que llueve dinero inversor y las buenas ideas crecen en los árboles mientras hadas mágicas te susurran al oído esa estupidez de que no importa fracasar. Cierta ralentización servirá para poner orden y separar el grano de la paja. No todo vale con la excusa emprendedora.

Pero más allá de todo esto, deberíamos plantearnos si la ralentización del modelo no es un síntoma más del principio del fin del mismo. Con dogmas de ese sistema como la globalización y el comercio internacional tambaleándose. Con cientos de miles de víctimas de la desigualdad que ese modelo ha generado protestando en las calles de medio mundo. Con una emergencia climática que no permitirá salvar el planeta sin cambiar el sistema. 2020 puede ser el del aterrizaje lento pero definitivo de un modelo y ojalá el del despegue de uno nuevo más sostenible, igualitario y justo. Puede que aunque se empeñen los agoreros, no sean tan malos tiempos para la lírica.

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Es el fin del optimismo, pero eso no significa que se avecinen 12 meses lúgubres. “Lo peor para la economía y el emprendimiento son las crisis sobrevenidas, y de esta que viene llevamos ya mucho tiempo hablando”, explica el inversor de empresas como Privalia, BlablaCar o Chicfy.

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Fuente: El país

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