Uncategorized

Lluvia púrpura en tiempos de sequía


Pocos discos en la historia de la música han tenido el alcance de «Purple Rain», publicado en 1984 para acabar convirtiéndose en uno de los emblemas de la década, con un alcance únicamente comparable al «Thriller» (1982) de Michael Jackson. No se trata exclusivamente de cifras (hasta la fecha se han despachado 22 millones de copias), sino de su repercusión posterior y de cómo este álbum de Prince –que ya había publicado antes otros cinco trabajos– supuso un enorme punto de inflexión en su carrera –con el empuje añadido de la película del mismo nombre–, abriendo una época dorada junto a los músicos de The Revolution, con quienes lanzó luego «Around the World in a Day» (1985) y «Parade» (1986), antes de que llegase, ya firmando en solitario, el doble «Sign o’the times» (1987), un nuevo hito en la fértil producción del genio de Minneapolis.

Fue en abril de 2014 cuando el propio Prince Rogers Nelson confirmó que estaba trabajando con la multinacional Warner –superando los visibles enfrentamientos que habían mantenido en los 90, cuando cambió su nombre por un enigmático símbolo y llegó a actuar con la palabra «esclavo» pintada en su rostro como protesta por el trato de la discográfica– en la reedición de «Purple Rain» con motivo de su trigésimo aniversario. Sin embargo, la prematura muerte de Su Majestad Púrpura el 21 de abril del pasado año retrasó inevitablemente el proyecto, supervisado personalmente por su protagonista principal en 2015, al tiempo que lanzaba de forma independiente los dos volúmenes de «HITnRUN», dando cuenta de una inagotable producción. Los temas han sido remasterizados de las cintas originales por Bernie Grundman, el mismo ingeniero que trabajó en el álbum original, mientras que un segundo CD («From The Vault & Previosly Unreleased») contiene además once canciones rescatadas del baúl de Prince en Paisley Park, entre ellas la inédita versión de estudio de «Electric Intercourse», el medley «Our Destiny / Roadhouse Garden», la instrumental «Father’s song» o «We can fuck», diez alucinados minutos que con el tiempo fueron mutando hasta convertirse en «We can funk», mano a mano con George Clinton en el álbum «Graffiti Bridge» (1990).

En la edición «deluxe» aparece un tercer CD con caras B y mezclas de los singles, así como un DVD que recupera un concierto grabado el 30 de marzo de 1985 en el Carrier Dome de Siracusa (Nueva York), reflejo de la energía e intensidad que Prince & The Revolution desplegaban en aquella época. «Éramos una verdadera familia», recuerda Robert B. Rivkin, más conocido como Bobby Z, batería de la banda y uno de los dos únicos miembros de la misma (el otro es el teclista Matt Fink) que trabajó de forma ininterrumpida con el autor de «1999» en los años en que se mantuvo viva, de 1979 a 1986. Ahora, solo unos días después de haber actuado en el «First Avenue» de Minneapolis, el icónico club donde se grabaron distintas escenas de «Purple Rain» –estrenada el 27 de julio de 1984– y también en el que, el 3 de agosto de 1983, sonó por primera vez la canción de la lluvia púrpura, Rivkin rememora al otro lado del teléfono aquella parte de la historia. «Prince llegó con una primera idea, en realidad unos pocos acordes, no mucho más, no era ni siquiera una demo. Nos mostró lo que tenía y todos fuimos aportando algo: el coro, un solo de guitarra, los teclados… Surgió de una improvisación. Luego la tocamos aquella noche, con un calor horrible, y de hecho esa es la toma que está en el disco; consiguió sacar lo mejor de cada uno de nosotros. Es una historia asombrosa para una canción más asombrosa aún». «Era el líder, sin duda; el director, el compositor, pero todos trabajamos juntos en este increíble disco. Desde luego no fue fácil, pero lo hicimos. Confiábamos ciegamente en lo que hacía», señalaba.

Desde hace meses, su legado revive en la gira protagonizada por la formación original de The Revolution en la época de «Purple Rain», que se completa con Matt Fink (teclados), Lisa Coleman (teclados), Brown Mark (bajo) y Wendy Melvoin (guitarra), alternándose todos ellos en las partes vocales. «Es extraño, porque falta el maestro, pero en cierto modo sentimos que estamos tocando esta música para él. No se trata de reemplazarle, porque sería absurdo, pero sí de recuperar el espíritu y el sonido de aquel momento. La pérdida de Prince fue muy dolorosa para mucha gente, y por supuesto también para nosotros, de forma que esto es casi una terapia para que sea más llevadero, además de hacer justicia a su maravillosa obra. Es fantástico poder ver las sonrisas en la cara del público, porque es su música y la gente necesita vivirla. No vamos a estar aquí para siempre, así que lo que queremos es llevar estas canciones con nosotros todo el tiempo que podamos. Él siempre quiso que todo fuera perfecto y lo que intentamos es que suene como le hubiese gustado”.

Individualista, ambiguo, virtuoso del piano y la guitarra –además de tocar más de una veintena de instrumentos–, trabajador obsesivo y reservado hasta el extremo, The Kid (ese fue su alter ego en «Purple Rain», la película) supo rodearse también de una banda brillante, convertida pronto en una máquina de hacer música, recogiendo influencias de James Brown, Sly & The Family Stone, Marvin Gaye, Little Richard, Isaac Hayes, Santana, Jimi Hendrix o Marc Bolan, para crear un estilo verdaderamente único, mezcla de funk, R&B, pop, rock y psicodelia. Fue su tercer álbum, «Dirty Mind» (1980), el que sentó las bases del llamado «sonido Minneapolis», aunque el estallido definitivo llegaría con «1999» (1982) y sobre todo con el álbum reeditado ahora, que nació como banda sonora del largometraje soñado por su protagonista. «Let’s go crazy» es la primera joya, una suerte de reflexión sobre la vida eterna que termina en éxtasis rock antes de dar paso a «Take me with you» o la preciosa «The beautiful ones». También hay espacio para su vertiente más excéntrica («Computer Blue»), para el contenido sexual de alto voltaje («Darling Nikki», la canción que provocó el uso del sello «Parental Advisory» para advertir del explícito contenido de las letras) y para las fabulosas «When doves cry» o «Baby I’m a star», hasta terminar con «Purple Rain», una inmortal «power ballad» cuya indescifrable magia continúa emocionando como la primera vez.

«Conocí a Prince cuando éramos muy jóvenes, él tenía 17 años y yo 19, así que ha formado parte de mi vida de una manera muy estrecha. Hemos pasado grandes momentos juntos, nos queríamos, y eso no ha cambiado nunca. Era una persona realmente inspiradora para todos nosotros. Cuando vi que había muerto me quedé en shock, aterrorizado, no me lo podía creer», explicaba Bobby Z, que en los últimos años ha sufrido varios ataques al corazón y cuya última aparición en un disco de estudio del compositor de Minneapolis hay que buscarla en «Sign o’ the times», aunque más tarde volvería a tocar puntualmente con él en un par de conciertos. «Tenía un talento descomunal; tocaba la guitarra, el teclado, el bajo, cantaba, bailaba… Es el artista más grande de todos los tiempos, un genio como no ha habido otro. Haber estado ahí fue un auténtico regalo».




Fuente: La razon

Comentar

Click here to post a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *