Si te toca pasar el verano en la ciudad y te mueres de envidia cuando aparecen las  imágenes de las playas llenas de bañistas o se te cae la lágrima cada vez que ves a tus amigos disfrutar de las vacaciones no te preocupes, hemos seleccionado para ti unas cuantas novelas que podrán aliviar tu sufrimiento.

Helena o el mar del verano de Julián Ayesta te llevará al cantábrico, un marco delicioso en el que sucede el primer enamoramiento, una novela que desde su aparición en 1952 tuvo una gran acogida en los círculos literarios de posguerra. Las vacaciones siempre guardan aquel recuerdo de la infancia y la juventud, Mirko Sabatino nos transporta al verano del 1963 en  El verano muere joveny a esas amistades que se piensan inquebrantables, Cuatro amigos de David Trueba narra con humor el final de estas sensaciones y frustraciones a través de un verano de desmadre

Un fin de semana de Peter Cameron es otra de las propuestas si lo que queremos es adentrarnos en conflictos ajenos para olvidarnos del nuestro. Houellebecq en este caso tampoco defrauda, en una de sus mejores novelas como es Plataforma viajamos por los resorts tailandeses al tiempo que su ácida mirada disecciona la industria turística en el cambio de siglo. Si eres de los que aborrecen el turismo de masas puedes consolarte con La larga carretera de arena de Pasolini, un viaje de norte a sur por la Italia de finales de los cincuenta, un retrato lleno de una felicidad contagiosa. O escapar al monte como Paulo Cognetti en El muchacho silvestre y dedicarte a dar largos paseos y a leer.

Cuarenta años separan la novela de Teresa Pamies Vacaciones aragonesas de la reciente No cerramos en agosto de Eduard Palomares, pero en ambas pueden verse bien reflejados los cambios acaecidos en nuestro país, desde el mundo rural de Aragón de finales de los setenta a la Barcelona turistificada de ahora. Y si disfrutas con malicia al ver los interminables atascos de la operación salida tu libro es Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, la crónica de David Foster Wallace en un crucero todo incluido por el Caribe.




Fuente: El Pais

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