Gabriel Mascaro (Recife, 1983) empezó a trabajar, “accidentalmente”, a los 19 años como asistente en una película. A los 22 se dio cuenta de que se había metido de lleno en la industria cinematográfica y que su destino era ser cineasta. Sus dos primeros trabajos en ficción, Ventos de agosto (2014) —mención especial en el Festival de Locarno— y Boi Neon (2015) —ganador del premio Horizonte en el Festival de Venecia— le permitieron hacer un tratado sobre la muerte y la resiliencia, además de retratar el cuerpo y espacio en transformación, respectivamente.

En Divino amor, su más reciente filme que pasó por los festivales de Sundance, Berlín y Guadalajara durante el primer trimestre de 2019, especula sobre el futuro de su país, en el que realiza una relectura del nacionalismo brasileño y su supuesta identidad nacionalista cristiana, actualizada en improbables apropiaciones culturales en una narrativa bíblica y erótica sobre la fe y el poder.

¿Cuál es la última película que le hizo llorar?

La primera es más fácil de recordar: Un cuento americano, con Fivel, el ratón.

¿Qué película cambió su vida?

Five, de Abbas Kiarostami. Es una película con apenas cinco tomas y me tocó la idea de mirar el tiempo puro y simple como generador de tensión.

¿Con qué música escribe?

No es una operación consciente, pero ahora que preguntaste, percibo que escribí mi película más reciente, Divino amor, escuchando la canción Tigresa, de Caetano Veloso. Quizá quería hacer una fábula que incluyera un poco de tropicalismo en la cultura evangélica brasileña.

¿Con quién le gustaría sentarse en una fiesta?

¿Fiesta?… con la directora Claire Denis. El final genial de la película Beau Travail, con el actor Denis Lavant bailando, me hace pensar que a ella le gusta la fiesta.

¿Qué significa ser cineasta?

Compartir experiencias.

¿A qué edad se dio cuenta de que quería ser cineasta?

Con 19 años accidentalmente trabajé como asistente en una película y a mis 22 me di cuenta de que ya estaba metido en el cine por completo.

¿Cuál es su lugar favorito en el mundo?

Itacaré, un sitio en el que hay playa, floresta y cascadas en el mismo paisaje.

¿Qué cambiaría de usted?

Escondo emociones en mi cabeza y mi piel a veces manifiesta eso con manchas. Es una pelea constante entre pensamiento y materia. Quizá hay maneras de cambiar eso. Mientras mis partes pelean, hago cine.

¿Cuándo fue más feliz?

Lo mejor de la infancia es que esta etapa pasa. El mejor tiempo es el tiempo presente.

¿Qué le deja sin dormir?

Una idea que me surge cuando estoy por dormir es como una pesadilla.

¿Qué le diría a su presidente Jair Bolsonaro?

Aunque Brasil sea una ficción, que no le robe ideas a mi película. Dejemos la alegoría para el cine. El país precisa de otra narrativa política urgente.

¿Algún sitio que le inspira?

Cualquiera con una hamaca.

¿El mejor regalo que tuvo?

Un kit de Playmobil de Karate Kid cuando era chico.

¿Su especialidad en la cocina?

Camarón a la salsa de pitanga [un tipo de chile].

¿Qué película le hubiese gustado haber dirigido?

Five, de Abbas Kiarostami. Es una ejecución radical de ingeniería y arte.

¿Cuál sería su superpoder?

Brasil justo ahora flexibilizó la posesión de armas para civiles. Personas como yo armadas me da mucho miedo. Un superpoder es demasiado peligroso.

¿Dónde no querría vivir?

Sería una tortura vivir y tener que trabajar en Río de Janeiro. En Recife trabajo contento.

¿La última vez que lloró?

Lloro un montón a escondidas, pero pocas lágrimas.

¿Lo último que compró y le encantó?

Una patineta que simula surf en el asfalto. Me muero de tanto caer.

¿La última comida que realmente le sorprendió?

Me encanta las comidas con las que todo el cuerpo reacciona. El Acarajé con camarón y pimienta es una de esas comidas que no se come solo con la boca.




Fuente: El país

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