En 1952, el primer secretario general de la OTAN, Hasting Ismay, dejó una frase para la historia en la que fijaba como objetivo de la alianza “mantener a Rusia fuera, a los Estados Unidos dentro y a Alemania debajo”. Eran otros tiempos, estábamos en un punto álgido de la guerra fría y desde entonces, tanto el mundo como la trilogía de Ismay han cambiado profundamente. Siete décadas más tarde, Rusia sigue fuera, aunque inmersa en una escalada de agresividad y especializada en la afilada arma de la desinformación. Por su parte, Estados Unidos sigue dentro por supuesto pero, por primera vez, con dudas crecientes sobre su compromiso con los aliados, mientras que Alemania no sólo no está debajo sino que se la critica precisamente por lo contrario, porque la primera economía europea no contribuye en defensa lo que le correspondería.





Si en el 50 aniversario de la OTAN, Bill Clinton aseguró en una cumbre en Washington que el final de la guerra fría no reduciría la implicación norteamericana; y en el 60 Barack Obama participó en la cumbre que se celebró en Francia y Alemania; al cumplir los 70, la OTAN ha preferido no invitar a Trump ni a ningún jefe de gobierno. Se rebajó la reunión de Washington de esta pasada semana a nivel ministerial, en un signo de las fisuras internas que marcan a la OTAN en estos momentos. Todos tienen aún muy presente la accidentada cumbre de julio pasado en Bruselas. Así pues, la reunión de los líderes queda para diciembre en Londres. Esta semana, durante la ministerial de la OTAN, el elefante no estaba en la habitación, pero sí muy cerca, en la misma ciudad, y todos temían que apareciera algún tuit incendiario. Esta vez no fue el caso.


La presión viene de lejos, pero con Trump se pone en duda el compromiso de EE.UU.

Es significativo que en los análisis de los expertos sobre los riesgos de la OTAN actual aparezca como uno de los destacados el desapego del presidente norteamericano. Lo señala Nicholas Burns, antiguo embajador de los Estados Unidos en la alianza, cuando afirma que en muchas capitales Trump “es visto como el problema más urgente y frecuentemente el más difícil”. Según su análisis, el riesgo principal de la OTAN es la falta de liderazgo presidencial de los Estados Unidos.

También dos expertos del Center for Europan Reform, Sophia Besch y Ian Bond, colocan al unilateralismo de Trump, su alergia a las alianzas, como uno de los grandes desafíos que acechan a la OTAN. Trump “nunca ha sido fan de la OTAN”, dicen y comparte con muchos otros norteamericanos la sensación que los europeos no contribuyen en la adecuada proporción a financiar su defensa.





Consciente de las reticencias nunca disimuladas de Donald Trump, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, viajó esta semana a Washington con dos objetivos. Uno era tranquilizar al presidente, con quién mantiene una buena relación que le ha permitido una renovación del mandato por dos años más, y el segundo recabar el apoyo del Congreso de los Estados Unidos, mucho más proatlántico que la Casa Blanca.

Stoltenberg aprovechó su discurso ante una sesión conjunta de la Cámara de Representantes y el Senado para reafirmar unos principios en los que hasta hace poco nadie dudaba. “La OTAN ha sido beneficiosa para Europa. Y la OTAN ha sido beneficiosa para los Estados Unidos”, dijo Stoltenberg que también tuvo que reconocer los problemas: “Hay que ser francos…Se han formulado preguntas en los dos lados del Atlántico sobre la fortaleza de nuestra asociación. Y sí, hay diferencias”. Stoltenberg se refirió a los enfrentamientos en comercio, energía, cambio climático y el acuerdo nuclear con Irán; pero argumentando que no es una situación nueva en la OTAN, que ya conoció diferencias durante la crisis de Suez en 1956, la retirada de Francia de la cooperación militar en 1996 y la guerra de Irak en el 2003. “Superamos los desacuerdos en el pasado y debemos superarlos ahora” concluyó Stoltenberg.






“Hay que ser francos, se formulan preguntas sobre la fortaleza de nuestra organización”

La cuestión es que los congresistas norteamericanos no son el problema. Es el actual inquilino de la Casa Blanca el que ha calificado a la OTAN como obsoleta; el que ha puesto en duda el artículo V, base de la alianza y que garantiza la defensa colectiva; el que ha amenazado con condicionar su implicación a un gasto más elevado de los europeos en defensa; y el que mantiene una inquietante relación con Putin.

En algunas de estas posiciones, Trump no es tan distinto de sus predecesores. El giro en las prioridades enfocando más hacia Asia y menos hacia Europa es compartido por las últimas generaciones de políticos norteamericanos. Su exigencia a los europeos de que inviertan más en defensa viene de lejos. En el 2011, Robert Gates, secretario de Defensa con Bush y con Obama, consideró inaceptable que algunos “disfruten de los beneficios de pertenecer a la OTAN pero no quieren compartir ni los riesgos ni los costes.” También recordemos que fue en el 2014, en la cumbre de Gales, cuando los aliados europeos de la OTAN se comprometieron a subir su gasto en defensa hasta un 2% en el 2024.





Es decir, que la presión a los europeos para que contribuyan más viene de lejos. Lo que cambia con Trump es el tono, y más significativo aún, sus insinuaciones amenazando de desligarse de su compromiso con los aliados.








Fuente: LA Vanguardia

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