Salud

Las sustancias tóxicas que inhalamos día a día

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Que los productos de limpieza o los pesticidas son fuente de contaminación es una cuestión más o menos conocida. Que muchos de los materiales que nos rodean en el hogar también resultan tóxicos, no tanto. El caso es que cada vez estamos más expuestos a compuestos químicos, hasta el punto de que el aire interior está incluso más contaminado que el exterior. De hecho, según la EPA (Enviromental Protección Agency) el 72% de la exposición a químicos de las personas se produce dentro de los edificios.

Y si tenemos en cuenta que pasamos el 90% de nuestro tiempo entre cuatro paredes –ya sean éstas las del hogar o la oficina– según estimaciones de la OMS, es como para pensárselo. Porque las negativas consecuencias que todo ello tiene para nuestra salud cuenta cada vez con más evidencias. La última se presentó en la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia celebrado la semana pasada en Washington, Estados Unidos.

Un estudio, de tres años de duración y dirigido por la Universidad de Duke, en Durham (EE UU), ha visto que los niños que viven en casas con determinados materiales tienen concentraciones significativamente más altas de compuestos orgánicos semivolátiles (SVOC, por sus siglas en inglés) potencialmente dañinos en su sangre u orina en comparación con chavales de hogares donde no se encuentran estos materiales. En concreto, estos expertos descubrieron que los niños (un total de 203 de 190 familias) cuyo sofá contenía materiales ignífugos con éter difenílico polibromado (PBDE) en su espuma presentaban una concentración seis veces mayor de este material en su sangre. Además, aquellos que vivían en casas con suelos de vinilo en todas las áreas tenían concentraciones del metabolito bencil butil ftalato en su orina que eran 15 veces más altas que las de los niños que no convivían con este tipo de suelo. Esta sustancia se ha relacionado con trastornos respiratorios, irritaciones de la piel, mieloma múltiple y trastornos reproductivos.

«No debería ser normal mear plástico –dice Nicolás Olea, investigador del Hospital Universitario San Cecilio de Granada y jefe de grupo del Consorcio de Investigación Biomédica en Red de Epidemiología y Salud Pública (CiberESP)–. Me niego a aceptar que hacerlo sea algo normal. No puede haber valores normales para esto y no debería estar ocurriendo». Pero lo cierto es que sí que está sucediendo, y nuestra exposición a sustancias químicas es cada vez mayor. De hecho, como detalla la directora del anterior estudio, Heather Stapleton, química ambiental de la Escuela de Medio Ambiente Nicholas de Duke, «cuantificamos 44 biomarcadores de exposición: a ftalatos, ésteres organofosforados, retardantes de llama bromados, parabenos, fenoles, agentes antibacterianos y sustancias perfluoroalquílicas y polifluoroalquílicas».

Edificios de plástico

En las casas de hoy en día se han abandonado los materiales tradicionales: las paredes ya no son de ladrillo y yeso sino de materiales poliméricos –es decir, de plástico–. Igual sucede con las «tripas» de las viviendas: los cables van recubiertos de materiales ignífugos que pueden integrarse en el polvo que inhalamos, las tuberías tampoco son ya de cobre «y como el PVC está prohibido ahora se instalan de un material que es todo plástico y sobre el que me gustaría ver los estudios de seguridad que se han hecho», apunta Olea, porque otra cuestión es que no se saben muy bien los posibles efectos que sobre la salud puedan tener. De hecho, una evaluación interna de la propia Comisión Europea reconocía que «la mayoría de sustancias o productos se introducen en el mercado sin haber sido objeto, previamente y de forma suficiente, de tests toxicológicos y de estimación de riesgos para el hombre».

Aunque son muchos los contaminantes que se pueden encontrar en las casas, uno de los que más preocupa son los retardantes de llama, compuestos químicos que se añaden a una gran variedad de productos (ordenadores, textiles o muebles como los sofás) para mejorar su resistencia al fuego. Conocidos como polibromados, su problema es que debido al calor que desprenden los aparatos que los llevan, como los electrónicos, se evaporan y, después, caen al suelo pasando a formar parte del polvo de casa. Por eso se dice que son semivolátiles (SVOC). Además, se pueden bioacumular en la sangre, en la leche materna y en tejidos grasos de los animales y del hombre, y se sabe que pueden afectar al desarrollo del sistema nervioso y causar desajustes hormonales. De hecho, un estudio, publicado por el grupo de investigación del doctor Olea, demostró que el 100% de las mujeres que formaron parte del mismo tenía este material en su tejido adiposo. «Esto sucede porque los polibromados son lipofílicos, se acumulan en el cuerpo y resultan muy difíciles de degradar», explica el experto.

Aunque actualmente no hay evidencia de que los bromados sean cancerígenos para el ser humano, muchos causan daños en el ADN, teniendo como principales órganos diana el hígado, el sistema endocrino, el reproductivo y el nervioso. La exposición a los PBDE se ha relacionado en pruebas de laboratorio con retrasos en el desarrollo neurológico, obesidad, trastornos endocrinos y de la tiroides y otras enfermedades.

Otro gran grupo de contaminantes son los perfluorados (derivados del flúor) presentes en sartenes (en el antiadherente) o aislantes de tejidos, como el Goretex. «Son obesógenos, esto es, que contribuyen a la obesidad infantil y podemos encontrar esta sustancia también en el 100% de la población», asegura Olea.

«Se sabe que en espacios cerrados puede haber varias veces más contaminantes que en el exterior de una ciudad con polución. Si tenemos en cuenta que una persona respira cada día entre 15.000 y 20.000 litros de aire y que respirar es, en alguna medida “filtrar”, entenderemos que puede ser bueno hacer lo posible para que en el aire que inhalamos haya la menor cantidad de contaminantes posibles. Sean estos volátiles, como los COVs, o aquellos que, por ejemplo, pueden integrarse en el polvo que inhalamos (SVOC)», cuenta Carlos de Prada, responsable de la campaña «Hogar sin tóxicos» y autor del libro del mismo título.

Algunos cálculos llegan a establecer que el precio sanitario de la exposición humana a sustancias tóxicas contaminantes podría representar nada menos que un coste económico del 10% del producto interior bruto global, según un estudio de Philippe Grandjean y Martine Bellanger publicado en «Environ Health» en 2017.

Uno de los aspectos que más preocupan a la comunidad científica es que algunos de los principales contaminantes de los hogares pueden actuar como disruptores endocrinos, esto es, que pueden alterar el equilibrio hormonal. Como explica Sonia Miravet, responsable de los Grupos de Trabajo de Semergen los disruptores endocrinos «son cualquier sustancia que una vez incorporada en el organismo interfiere en el funcionamiento del sistema hormonal mediante la suplantación de las hormonas naturales, el bloqueo de su acción o el aumento o disminución de sus niveles». «Estas sustancias, como ha recalcado la Endocrine Society, pueden causar efectos a niveles muy bajos de concentración. Especialmente si la exposición se da durante el desarrollo, como en el embarazo o la infancia, por ejemplo», añade Olea.

«Efecto cóctel»

«En los hogares puede haber muchas sustancias contaminantes procedentes de las más diversas fuentes (pesticidas domésticos, productos de limpieza, ambientadores, pinturas, plásticos, productos de aseo personal y cosmética….). Pueden ser como los llamados compuestos orgánicos volátiles (benceno, formaldehído, tolueno…), ftalatos, retardantes de llama, compuestos perfluorados, éteres de glicol, alquilfenoles, fragancias sintéticas… Muy frecuentemente pueden estar a concentraciones bajas, pero a la comunidad científica le preocupa la suma de tantas posibles sustancias conflictivas», explica De Prada.

Porque todos los límites de exposición en el medio ambiente son normales. Sin embargo, el problema radica en el efecto combinado de todas estas sustancias en la salud, lo que se ha llamado «efecto cóctel» y que la regulación no tiene en cuenta. «Considerados uno a uno las dosis de cada uno de los elementos son bajas, pero si los sumamos esa concentración ya no es tan baja. Converge la exposición a diferentes fuentes», señala Olea. Y, por supuesto, a más polímeros más posibilidades de que estos compuestos acaben en nuestro organismo.




Fuente: La Razón

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