Las palabras son estacionales y el verano tiene las suyas. Este verano iremos recorriendo algunas de esas palabras veraniegas que nos acompañan cuando hace calor y desaparecen o reducen su frecuencia cuando llega el frío.

Lo menos que se despacha en ropa es el textil que nos acompaña al bañarnos en lugares públicos. Ahí se reúnen varios vocablos que tienen en común su carácter de palabras desmontables, que parecen reflejar el carácter divisible de estas prendas que solo cubren una o dos partes del cuerpo. En ese grupo entran, por ejemplo, toda la lista de vocablos acabados en kini que nombran a ropa de baño femenina. Lo que escandalizó y admiró a los españoles de los años sesenta fue el bikini, traje de baño en dos piezas que deriva del nombre de un atolón de las islas Marshall donde el ejército americano ensayó en 1946 cierta arma nuclear. El bi de bikini sale, pues, de un topónimo o nombre de lugar y nada tiene que ver con el bi latino que significa doble y que usamos en palabras como biplaza, bicolor o bicampeona.

Pero los hablantes modelan las palabras a capricho, como hacen con la arena de la playa, y así, sobre la base de bikini nos hemos vestido (es un decir) en los últimos años con palabras nuevas como los trikinis (o bikinis de tres piezas: sujetador, braguita y extraño istmo de unión), microkinis (o bikinis nimios), los burkinis (o mezcla de bikini y burka) o los tankinis (del inglés tank top o sea, bikini camiseta o bikini-vamos-a-disimular). Esto es, hemos desmontado la palabra en dos partes que previamente no existían (técnicamente llamamos a esto “falsa segmentación”, como bien explica en este artículo el filólogo David Prieto). Algo parecido le ocurre a la sandalia (plural del latín sandalium) cuando la desmontamos y la convertimos popularmente en andalia, como si su ese inicial viniera de la ese de la palabra anterior (las andalias) y como si fuera pariente etimológico del verbo andar que las sandalias facilitan.

Otra palabra que entra también en el grupo de lo desmontable es meyba o bañador masculino al estilo del que llevaba Fraga cuando se bañó en la localidad andaluza de Palomares en 1966 para demostrar que no había trazas de radiactividad. En este caso tenemos una palabra que viene de una marca (lo que técnicamente llamamos epónimo); la empresa fundada en Barcelona en los años cuarenta por los empresarios textiles Mestre y Ballbé dio nombre a la marca Me y Ba, las iniciales de sus apellidos, con la que se llamó popularmente al bañador masculino. Meyba es palabra del español de España; bikini y su familia se dan en el mundo hispanohablante general y han sido sumergidas desde el inglés al español y constantemente en género masculino, salvo en Argentina, que prefiere decir la bikini.

Como competidoras se encuentran las enterizas traje de baño y su sinónima bañador. En lo antiguo, bañador era quien tenía el oficio de bañar y traje de baño era la prenda con la que, cuando empezó la moda de acudir a la playa, se vestían los pioneros en meterse en el agua. Las costas nos dan los ejemplos de estas palabras y también sus étimos. Si el nombre de bikini viene de un atolón del Pacífico, en la misma familia de ropa toponímica entran las bermudas y los pantalones capri. Estos se llaman también pantalones pirata y acaban en la media pantorrilla; se llaman así por la isla italiana de Capri. Las bermudas, por su parte, sacan su nombre de las islas Bermudas, territorio británico del Atlántico norte donde incluso como uniforme militar era común vestir estos pantalones acompañados de calcetines largos, corbata y chaqueta.

Tan exquisita combinación podría empeorar si la coordinásemos con otro elemento más veraniego que invernal: la riñonera, cuyo origen obviamente está en el nombre del órgano humano pero que merece otros apelativos en el mundo hispánico como cangurera, koala o canguro.

Por último, y llegando a los pies, nos queda lo de andar en chancletas. Antes del plástico, el zapato veraniego era típicamente de esparto y se solía llamar alpargata, palabra que nos hemos calzado en español desde el árabe parġât y cuyo uso, como el calzado, ha sido también a pares: la palabra no se da solo en español sino también en portugués. Hoy se extienden como nombre de las alpargatas desde las revistas de moda las espardeñas, palabra derivada de la palabra esparto. Menos noble material, el plástico, caracteriza hoy a las chanclas o chancletas, vocablo bastante viejo (deriva de zanca o zanco, que llegó al latín desde el persa zanga que significaba pierna) que estaba en uso ya en el siglo XVII aunque no estaba ligado entonces ni a la playa, ni al plástico ni al olor de pies, como hoy.

Hablamos, pues, de todo un conjunto de prendas que un árbitro de la elegancia difícilmente aprobaría pero que, a su manera, nos han ido llenando los diccionarios de costas italianas, olas del Pacífico y destapes explosivos. En otras palabras, la saludable levedad del ser veraniego y sus arriesgadas consecuencias indumentarias.

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Fuente: El Pais

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