«Giovanna D’Arco» de Verdi. Voces: Michael Fabiano, Plácido Domingo, Carmen Giannattasio, Moisés Marín, Fernando Radó. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. James Conlon. Teatro Real. Madrid, 14-VII-2019.

Concluye una muy positiva temporada del Teatro Real en la que se ha alcanzado el nivel deseado para un teatro de primera fila. Recordemos solo los dos últimos títulos escenificados y los dos en versión de concierto. En «Capriccio» se alcanzó prácticamente la perfección tanto escénica como vocal y en «Il trovatore», con problemas escénicos, hubo un primer reparto difícilmente mejorable hoy día. «Agrippina», en concierto, tuvo sus más y sus menos, pero dentro de un destacable nivel.

«Giovanna D’Arco» es la séptima ópera de Verdi, que ya había escrito obras de tanto relieve como «Nabucco», «I due Foscari» y, sobre todo «Ernani», y que no alcanzaría el nivel de ellas. Compuesta en tres meses durante los bautizados como «años de galera» es hoy, con razón, una de las menos representadas. Verdi es ya muy reconocible, pero el Verdi de oficio y también mucho del de Donizetti. En Bilbao se pudo ver con un buen reparto, encabezado por Krassimira Stoyanova, en 2013 y en La Scala se ofreció en 2015 con Netrebko, Meli y también Domingo. El Real la programa en concierto, lo que parece una idea acertada, pues el libreto ha sido siempre muy denostado. Su autor, Temístocle Solera, fue figura muy pintoresca, no solo responsable también del de «Nabucco» sino empresario del mismísimo Teatro Real y, según rumores de la época, incluso amante de Isabel II. También tuvo influencia en el Liceo, el que por cierto programa en estas fechas la «Luisa Miller» de cuatro años más tarde.

Musicalmente es irregular, respondiendo bastante al belcantismo donizettiano, con momentos de inspirado lirismo y mucha marcha militar. Destacables especialmente y por orden de menos a más el dúo de Giovanna con Carlo, con su padre Giacomo y el concertante final con la muerte de la protagonista por heridas en la batalla y no en la hoguera. Realmente la ópera se reduce, aunque con cinco papeles, a los tres roles de soprano, tenor y barítono. Los tres tienen mucho que cantar. La grabación de 1973 con Caballé, Milness y Domingo en el papel de Carlo con dirección de Levine no ha sido superada y resulta inigualable en vivo.

James Conlon es maestro muy conocido en el Real, donde ha dirigido ya tres títulos verdianos. Muy en sintonía con Domingo es director solvente, que sabe imprimir ritmo y mantener todo bajo control, salvo quizá el coro, que vuelve a pasarse en volumen. No necesita tal exhibición, que además perjudica. Excelente la orquesta, también generosa en sonido. Conlon fue clave en el desarrollo del espectáculo.

Ni es barítono, ni es tenor, es Plácido Domingo y, créanme, merece la pena seguir escuchándole. Es un artista único en la historia lírica por muchos motivos. Artista en el más amplio sentido de la palabra, por encima de cantante, que siempre imprime a sus interpretaciones una musicalidad excepcional, que ama con intensidad a su profesión y que, probablemente, no puede vivir sin ella. Empezó como barítono, pasó a ser uno de los tenores que están en los primeros lugares de la historia operística y termina su carrera vocal como barítono. Sabemos que no posee la cuerda baritonal canónica, cosa que él mismo admite, pero estando en forma siempre hay cosas por las que es capaz de admirar y que provienen de esa categoría artística que, como Barenboim por citar otro ejemplo, muy pocos alcanzan. Sucede con su Carlo. Su fraseo, su línea de canto en la primera parte –evito escribir de la cabaleta– del ya citado dúo con su hija del tercer acto hizo que se me humedeciesen los ojos, porque mostraba una categoría hoy inexistente. Otro mundo y eso que había un estupendo tenor, Michael Fabiano, uno de los más cotizados del presente, como lo es Francesco Meli en el «Trovatore» del Real. Ambos entre lo más granado de hoy, mas la diferencia con la talla de Domingo es patente. Fabiano posee un timbre gratísimo y caudal, pero tiene muchas cosas que aprender del maestro Domingo. Y, mucho más Carmen Giannattasio de Caballé. Todo en mezzo-forte, sin pianos, filados o medias voces, frecuentemente destemplada arriba y, eso sí, con mucho lucimiento de vestuario. No es una mala soprano pero bajó el nivel. No podemos vivir de recuerdos, pero tampoco olvidar. Por eso, sí, hay que disfrutar con lo que tenemos pero, también, con lo que aún nos recuerde el oro de la ópera, cuando ésta llegaba a emocionar a todo el auditorio.




Fuente: La razon

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