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“La vida no es un gran milagro que necesita una intervención divina” | Ciencia


El ecólogo Jordi Bascompte es uno de los mejores científicos españoles vivos. En 2004 ganó el Premio Joven Investigador Europeo, en 2010 fue seleccionado para entrar en el comité editorial de la revista Science, en 2011 recogió el Premio Nacional de Investigación y en 2015, harto de las “insólitas” trabas burocráticas para hacer ciencia en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), decidió hacer las maletas y huir de España. Ahora, Bascompte, nacido en la localidad catalana de Olot en 1967, es un feliz catedrático de Ecología en la Universidad de Zúrich, en Suiza. El investigador busca, con un ojo de biólogo y otro de físico, las reglas matemáticas que subyacen bajo “la arquitectura de la biodiversidad”: cómo interactúan las especies animales y vegetales y cómo esas interacciones funcionan como un motor de su propia evolución.

El naturalista inglés Charles Darwin publicó en 1862 el libro La fecundidad de las orquídeas, en el que derrumbaba la visión de las flores como la obra más sublime de Dios, explicándolas como una mera suma de adaptaciones evolutivas. Las orquídeas, observó Darwin, coevolucionan junto a sus insectos polinizadores. Si en Madagascar hay una flor con 30 centímetros de recorrido hasta llegar a su néctar, afirmaba el naturalista, es porque existe una polilla con una espiritrompa de 30 centímetros capaz de chupar ese manjar. Siglo y medio después, el equipo de Bascompte ha demostrado que esta coevolución detectada en parejas de especies es también muy importante en redes complejas de interacciones entre multitud de ellas.

El ecólogo compara sus resultados con el puzle de la economía mundial. “La última crisis económica cogió a la gente por sorpresa. Los economistas habían hecho mucha investigación sobre los riesgos de compañías, que equivalen al riesgo de un nodo en una red, pero no habían pensado en forma de red. Es un poco la misma limitación que teníamos los biólogos, que pensábamos en la biodiversidad como colecciones de especies, pero no habíamos introducido sus interacciones en la ecuación. Y, obviamente, para entender el riesgo del sistema uno tiene que pensar en términos de redes”, reflexiona. Su analogía entre la ecología y la economía no es un delirio. Bascompte, de paso por Madrid para participar como jurado en los Premios Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA, acaba de ingresar en la red de expertos del Foro Económico Mundial.

Pregunta. En el libro Evolución y complejidad, que usted escribió con el físico Bartolo Luque, recordaban la analogía del relojero del teólogo William Paley y aseguraban que “la obra de la naturaleza no pone en evidencia la figura de un relojero o de un divino artífice, sino la de una magnífica chapucera”. ¿Usted no ve divinidad en la complejidad de las redes que estudia?

“En el ojo tienes los nervios ópticos localizados entre la entrada de luz y las células que reciben esa luz. Es una chapuza”

Respuesta. No, efectivamente. Y, además, es bonito, porque llegas a aprender el valor de la imperfección. La imperfección es mucho más informativa que la perfección, porque la imperfección, la chapuza, te da idea de los mecanismos que han generado un sistema. Como decía François Jacob [premio Nobel de Medicina en 1965], la naturaleza es la chapucera. Eso lo ves cuando estudias evolución. Es muy bonito porque te da pistas para entender cómo se ha generado una determinada estructura. Incluso en redes también lo ves. En redes metabólicas o en redes genéticas ves estructuras que se han ido formando a lo largo de la evolución. Y hay una gran diferencia respecto a cómo un ingeniero diseñaría, por ejemplo, el ojo de un vertebrado o una red genética. Lo haría empezando de cero y de una forma óptima. Cuando tú ves ese tipo de estructuras ves que la forma de construirlas no es óptima. De hecho, a un ingeniero le despedirían. El ejemplo más bonito es el del ojo, donde tienes los nervios ópticos localizados entre la entrada de luz y las células que reciben esa luz. Eso sería una chapuza. Cualquiera pondría primero los receptores y los nervios ópticos por detrás. A mí eso me parece fascinante, porque te da idea de que la evolución es un proceso ciego y oportunista, que juega con lo que tiene y sin ningún tipo de previsión.

P. En el libro hablan incluso de un “diseño estúpido”.

R. Lo bonito es que incluso en casos como el del ojo llegas a diseños que, si bien no son óptimos, son preciosos, porque es lo más que se puede hacer con lo que uno tiene. Es un poco la idea del buen bricolaje, de las chapuzas. Tiene la belleza del haber sabido reutilizar las partes que tenías en un momento determinado. Eso lo ves a lo largo de la evolución a todas las escalas: en morfología, en el diseño del ojo humano, pero también lo ves en redes. Por ejemplo, en redes de interacciones ecológicas. Y lo bonito es que a pesar de esa forma diferente de diseñar hay una propiedad que emerge tanto en redes de ingenieros como en redes naturales, que es esa propiedad de ser robustos. Porque los sistemas naturales, sean ecosistemas o el sistema que da lugar al desarrollo embrionario, han de ser sistemas que han de estar sometidos a variación. Son sistemas que van variando. Hay continuamente perturbaciones. Si fueran sistemas que funcionaran solo en una combinación única de condiciones, en cuanto hubiera una perturbación el sistema colapsaría. Lo bonito de los sistemas biológicos, lo bonito de esa gran chapuza, es que es una chapuza que es muy eficiente en ser robusta a pesar de la forma en la que ha sido construida. A mí eso me parece precioso.

“Somos un pedazo de materia y un montón de reacciones químicas”

P. Ponían el ejemplo de las malformaciones. Incluso dentro de las malformaciones hay leyes. Existe la ciclopía, bebés que nacen con un solo ojo, pero no los hay con tres ojos.

R. Efectivamente. Es uno de los trabajos que más me maravilló cuando yo estudiaba biología: el trabajo de Pere Alberch [un embriólogo español fallecido en 1998 que fue profesor de la Universidad de Harvard], que fue una gran influencia para mí. El programa funcionalista está en el ADN del biólogo evolutivo. Ven un organismo o una estructura y tienden a pensar: esa estructura funciona para esto. Ese funcionalismo nunca fue una explicación que a mí me contentara. No era la explicación que tienen un físico o un ingeniero, porque no te decía nada de cómo se origina esa estructura. Entender cómo se origina te obliga a pensar en el desarrollo embrionario, por ejemplo, desde el punto de vista de los sistemas dinámicos. Cuando haces eso, te das cuenta de que un sistema embrionario, al fin y al cabo, es un sistema físico que sigue las leyes de la física y hay una serie de restricciones.

P. El desarrollo embrionario no parece muy relacionado con la ecología.

R. El desarrollo embrionario parece una cosa muy diferente de mi trabajo, pero en realidad está ahora mismo en la raíz, porque la forma en la que nosotros estudiamos la robustez es mediante ese concepto de estabilidad estructural, que es el mismo concepto que utilizaba Pere Alberch. Él se preguntaba: ¿Por qué hay monstruos de dos cabezas pero nunca hay monstruos de tres cabezas? No puedes aducir una explicación externalista, de la selección natural, porque en ambos casos son soluciones absolutamente inviables. Entonces, la única solución es la internalista. Una trifurcación sería posible, pero el rango de condiciones embrionarias es tan estrecho que cualquier desviación la evita. Es una idea de estabilidad estructural. Estamos utilizando esta misma filosofía de Pere Alberch, que es la de René Thom en la teoría de catástrofes o la de Lévi-Strauss en lingüística. Parecen campos muy diferentes, pero nos une esa forma de pensar en la robustez.

“La vida es una extensión absolutamente natural de la física tal como la conocemos”

P. En aquel libro también vinculaban los grillos y la ecuación de Arrhenius, que hace una expresión matemática de la velocidad de una reacción con la temperatura. Ustedes afirman que los grillos son un termómetro que informa con precisión de la temperatura. También vinculan la ecuación con la velocidad de las hormigas, con la frecuencia de emisión de luz de las luciérnagas y, palabras mayores, con la frecuencia de ondas alfa de nuestro cerebro. ¿Hay leyes matemáticas detrás de todo?

R. Totalmente. Al final, nosotros somos un pedazo de materia y un montón de reacciones metabólicas, que son reacciones químicas y, al final, las reacciones químicas dependen de la temperatura de una forma muy predecible. Es, de nuevo, un ejemplo que para mí es precioso, porque nos hermana con el resto del universo, con la materia no viva. Hay propiedades muy distintivas de la materia viva, pero a mí siempre me ha parecido más interesante ver las cosas en común: cómo la materia viva puede entenderse desde el punto de vista, por ejemplo, de la termodinámica de procesos alejados del equilibrio. No somos muy diferentes de algunos fenómenos, como las reacciones de Bénard. Cuando calientas un fluido y hay una diferencia de temperatura, ese marco físico te permite entender la vida no como el gran milagro que necesita una intervención divina, sino como una extensión absolutamente natural de la física tal como la conocemos.

P. Usted se fue del CSIC harto de los obstáculos para hacer ciencia. ¿Qué balance hace de la presidencia de Emilio Lora-Tamayo en el CSIC, desde 2012 hasta hace tres meses?

R. Digamos que la ciencia en España ha retrocedido mucho estos años y yo creo que ha retrocedido más de lo que podría explicarse por una reducción económica. Yo creo que ha sido trágico, absolutamente trágico, porque años atrás había indicios de que España estaba avanzando muy rápidamente. La crisis, no solo científica, sino la gran crisis que vino después de esa, que es una crisis conceptual, que es una crisis política, y que para mí es mucho más importante, ha dado al traste con aquello. Otros países que han sufrido la crisis han invertido más en ciencia porque han entendido que la sociedad del conocimiento es lo que permite moverse a las sociedades avanzadas. Y en España hemos hecho lo contrario: hemos reducido la inversión en ciencia. Pero hay otro efecto del cual no se habla tanto, que es para mí incluso más perverso: hemos incrementado la burocracia, hemos dificultado más lo que se necesita para hacer una buena ciencia, que es tener un sistema flexible, un sistema donde se valore la excelencia sin ningún tipo de complejo. Ahora mismo estamos mucho peor de lo que estábamos antes de que empezara la gran crisis. Mi lectura es muy triste.

“La ciencia en España ha retrocedido más de lo que podría explicarse por una reducción económica”

P. Hace ocho años el CSIC sacó una nota de prensa presumiendo de que el neurocientífico Óscar Marín y usted entraban en el comité editorial de la revista Science. Eran los dos únicos españoles y ahora los dos trabajan fuera del CSIC e incluso fuera de España. Ha llovido.

R. Se han hecho muy mal las cosas. Y lo triste es que se han hecho muy mal las cosas innecesariamente. No había ninguna necesidad, incluso con la condición de los recursos limitados. Muchas veces hablamos de la cantidad de dinero y no hablamos de la eficacia y la forma de invertir el dinero. En España no hemos sabido dar ese tipo de salto: todavía somos una sociedad del café para todos. Somos una sociedad a la que le da miedo la diferencia. Preferimos cuartear los recursos que haya y que todo el mundo tenga poco. Y así no funciona la ciencia. La ciencia funciona sabiendo, por comités externos, quién hace el mejor trabajo y facilitándoselo. Hay gente que en un momento determinado no tira tanto del barco. Por supuesto que esa gente es útil y por supuesto debe tener una cabida, pero esa gente no tiene que tener en ese momento determinado los mismos recursos que tiene la gente joven, la gente con ideas, la gente que está abriendo brecha. Y, en España, el CSIC y las universidades no hemos sabido hacer eso.

P. La red de expertos del Foro Económico Mundial nace para promover el pensamiento innovador sobre el futuro. ¿Usted qué propone?

R. Una cosa que puede parecer un poco trivial es el darse cuenta de que hay que pensar, como dicen los anglosajones, out of the box. Hay que pensar de formas diferentes, porque las formas a las que estamos acostumbrados a pensar son muy limitadas y no llevan a ninguna parte. Eso implica pensar de forma interdisciplinaria, establecer puentes entre disciplinas. Y empezar, por ejemplo, en las universidades. Yendo a algo un poco más preciso, hay dos cosas que me gustaría enfatizar: una es la idea de pensar en términos de redes, porque es una forma de pensar global, de pensar en las interdependencias. Y la otra sería pensar en la sostenibilidad de una forma diferente. A menudo, tanto en economía como en recursos naturales, hemos tendido a pensar en proteger un determinado sistema reduciendo todas sus fluctuaciones. Y, en cambio, hoy estamos aprendiendo que los sistemas tienen que estar sometidos a fluctuaciones.

P. ¿Fluctuaciones?

R. Hay un teorema matemático que lo explica: sería como un colchón de agua. Si tú presionas un lado del colchón para que no suba y baje, lo que estás haciendo es desplazar esa onda hacia otra dirección. En pesquerías, por ejemplo, intentamos reducir las fluctuaciones porque a los economistas les interesa que todo sea muy preciso y tener cada año el mismo nivel de capturas. Lo que estás haciendo es crear fluctuaciones mucho más grandes a escalas de tiempo más grandes, fluctuaciones a las que el sistema seguramente no pueda responder. La idea que hemos aprendido de sistemas dinámicos y de economía es que, para conservar, también en los sistemas financieros, no hay que tener miedo de la fluctuación. Dejemos que los sistemas fluctúen, porque la fluctuación lo que hace es incrementar el espacio de operación segura. Los sistemas entonces tienen mucha más capacidad para moverse por un espacio de posibilidades donde no llegan a colapsar. Es un ejemplo de algo que es consecuencia de intentar pensar de forma diferente, al darte cuenta de que las recetas que hemos venido imponiendo seguramente ya no funcionen en el siglo XXI.




Fuente: El país

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