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La vida es lo que se toca | Ciencia


El camino de nuestra evolución no puede entenderse sin la ayuda de nuestras manos. Debido a su carácter intelectual, podemos decir que nuestras manos son el filo de la mente; apéndices tan capaces para la caricia como para el crimen, lo cual nos revela su estrecha relación con la conciencia.

Gracias a ellas, vamos a conseguir una manera peculiar de relacionarnos con las cosas, una cercanía que tiene su origen en las primeras edades del hombre cuando todavía nos andábamos por las ramas, desplazándonos de un árbol a otro en un movimiento que consta de dos fases; “sujetar” y “soltar”.

Hay una estrecha relación entre la capacidad racional y la habilidad manual, un vínculo que no pasaron por alto los sabios griegos, siendo Aristóteles el que realiza una de las refutaciones más significativas de la historia de la filosofía a partir de la mano. En su obra De partibus animalium, Aristóteles contradice al filósofo Anaxágoras cuando este último afirma que el hombre es el más inteligente de los animales porque tiene manos, cuando lo más lógico -según Aristóteles- hubiese sido decir que tiene manos por ser el más inteligente.

Para Aristóteles, las manos son una herramienta que la naturaleza distribuye, siendo las manos varios órganos a la vez debido a su versatilidad lo que las convierte en apéndices aptos para adquirir muchas habilidades. La mano para Aristóteles es el instrumento de los instrumentos. En su desarrollo, Aristóteles tampoco pasa por alto la función del pulgar. El dedo gordo, según él, completa la mano para poder agarrar. Con tal valoración, Aristóteles nos aproximaría a la primera característica de la mano, que no es otra que la separación del citado pulgar.

Aristóteles contradice al filósofo Anaxágoras cuando este último afirma que el hombre es el más inteligente de los animales porque tiene manos, cuando lo más lógico -según Aristóteles- hubiese sido decir que tiene manos por ser el más inteligente

Porque nuestra primitiva garra se convertiría en mano por la evolución de dicha separación, ya que, el espacio entre el pulgar y los otros dedos es lo que permite ejercer la acción de “sujetar”. En nuestras remotas edades, dicha acción se empleaba para coger bien las ramas de los árboles, siendo este hecho también el principio de nuestra manía destructora que empezaría cuando se logró quebrar la primera rama y el palo resultante dio origen a la primera arma. A partir de este momento, todos los útiles que el hombre inventa en su evolución van a ser prolongación de su mano, desde el arco hasta el cuchillo, extendiendo su resultado a actitudes psíquicas más complejas como pueden ser las del comercio, tal y como señala el filósofo Elias Canetti en su ensayo Masa y poder; una apreciación tan curiosa como significativa y que bien merece un aparte.

Sostiene Canetti en su ensayo que donde se ve el valor de las manos es en los monos cuando trepan, ya que las dos manos no hacen lo mismo a un tiempo. “Mientras una procura alcanzar una rama, la otra sujeta la anterior, siendo esto lo que le impide caer al mono pues de la mano que sujeta, pende todo su peso corporal”. Si dicha mano suelta la rama y la otra mano no ha alcanzado aún la siguiente rama, la experiencia vertical de la gravedad se pone en marcha y el mono cae. Ante tal evidencia, Canetti hace su identificación con el comercio y dicha similitud resulta latente en la misma naturaleza del intercambio donde, por algo que se recibe, algo se da. Así, mientras una mano sujeta la mercancía con la que se va a comerciar, la segunda mano se extiende para recibir otra mercancía a cambio. Si la primera mano, la que sujeta la cosa determinada, suelta su mercancía antes de recibir la otra mercancía a cambio, entonces el sujeto puede verse con las manos vacías o engañadas. Si esta reflexión la relacionamos con el proceso de trepar, podemos decir que el engaño es lo más parecido a caerse del árbol.

Este símil palmario, realizado por Elias Canetti, viene al dedo para hacer crítica a las malas artes del comercio cuando en el intercambio se da más de lo que se recibe, siendo lo dado “todo” a cambio de recibir “nada”. Es entonces cuando la experiencia vertical de la gravedad se pone en acción con el engaño. Si identificamos los términos, bien se puede decir que desde una de las partes negociantes, el filo cortante de la mente ha roto la rama del acuerdo.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.




Fuente: El país

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