Se dice pronto: 15 días de campaña con sus mítines, con sus telediarios, con sus tertulias, con sus horas de radio, con sus cuñas publicitarias, con sus debates, con sus decenas de titulares periodísticos, de editoriales, sin que en medio de tanta palabrería (que ha costado un dineral) haya aparecido ni una sola idea. De haberla visto, habríamos corrido tras ella para atraparla o para que nos atrapara. El pensamiento es una conquista dura y, en estos tiempos de política de vuelo raso, mediocridad y ardores militares, brilla por su ausencia.

Podría parecerles esto injusto a los candidatos. Si les preguntan, aseguran tener la solución para la vivienda, para la economía, para los pensionistas, para la dependencia, para los autónomos, para el alzheimer y hasta para los vuelos tripulados a Marte. No les da ni un poquito de rubor reconocer que podrían haber arreglado todas esas cosas mientras mandaban. Por haber, entonces ya había viviendas caras por un tubo, mileuristas por un tubo y pensionistas pobres como ratas por un tubo. Qué triste resultaría comprobar lo bien que se sienten viviendo del cuanto peor va España, mejor para mi, estén en el gobierno o en la oposición.

No ha habido debate en esta campaña, ni en singular ni en plural. Ocurre cuando se confunde la velocidad con el tocino, pero no importa. El malestar de los electores forma parte del proyecto, igual que las promesas que no se cumplirán. Una vez en el poder, algún asesor especializado en incumplimientos aconsejará a su patrocinado que diga a sus votantes desencantados aquello de “vamos a crear una comisión”. Y a otra cosa, mariposa.

La política de la identidad lo ha devorado todo, y a todos. Han colado la patria, cual sea, hasta en la sopa, en un intento por demostrar que no hay caminos intermedios ni zonas grises en la polarización del dogma constitucional y la autodeterminación. Ni tampoco ni una sola idea al margen. Parece que de lo que van absurdamente estas elecciones es de si tu papeleta es más española o menos por votar a un candidato u otro; de si tu papeleta es más catalana o menos, por ídem.

Sabemos que hay un 30% de indecisos, sí, pero cuántos de estos asustados. ¿Todos? Gente como yo, quizá como usted, sin escudo, ni bandera ni carnet, que nada en un mar de dudas y que confía en no ser arrasada si viene otro tsunami ideológico o económico en los próximos meses.

Sinceramente, la tentación es la de quedarse en casa este domingo. Claro que al final la responsabilidad siempre vence, así que votaremos. Porque en la abstención hay cierta suficiencia, un aire de superioridad que no comparto. Y porque todo es susceptible de empeorar con una extrema derecha crecida y aumentada que ha perdido la vergüenza.

Lo escribía un analista político hace unos días: “De lo que se trata no es de elegir al menos malo sino al que da menos grima”. Pues eso. Solo espero que al día siguiente de las elecciones alguien haga algo porque esto, así, no puede seguir.




Fuente: LA Vanguardia

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